La otra cara del Barcelona vs Real Madrid

Por Tofi Zonana

BARCELONA.– Hablar del FC Barcelona vs Real Madrid es referirte a la máxima expresión del futbol. Alguna vez un niño le preguntó a su abuelo: “¿Qué se siente ir al teatro? Y le respondió: “Sólo hace falta cruzar la calle y sentarte en el Camp Nou”. No hay mejor actuación que ver a Messi haciendo tales regates capaces de erizarte la piel y sacarte un par de lágrimas de la emoción.

A seis horas de Barcelona, cruzando la carretera de Zaragoza, llegamos a la capital española, donde la pasión por el color blanco sobrepasa niveles de racionalidad.

Los hinchas del Real Madrid esperan ansiosos el Derby. Un aficionado escribe una carta para su equipo pidiendo que dejen el alma en la cancha y dobleguen a un equipo que parece invencible. Su escrito termina con una frase conmovedora: “Si desgarran sus uniformes contra el fango y llevan su juego hacia el horizonte, como pidiendo una plegaria divina, seguramente ganaran el partido”.

No hace falta hacer una revolución o dar un anuncio de carácter mundial, sólo se necesita que llegue la fecha de este partido para paralizar al mundo. Todos los ojos están puestos en la inmensidad de un campo que se ilumina con las estrellas que bajan desde cielo para convertirse en futbolistas.

Es un duelo no solo futbolístico. Se suman incluso factores políticos que le ponen un toque todavía más especial. Es una batalla por la supremacía de una España llena de cultura, que va desde la Castellana hasta la Sagrada Familia.

A los lejos, entre los kilómetros que dividen las dos ciudades, se pueden escuchar la estrofas de Joan Manuel Serrat cantando “Barcelona y yo”, y de Placido Domingo, que alcanza una nota tan alta que hace temblar el Santiago Bernabéu, como pidiendo que Alfredo Di Stefano regrese a las canchas.

Son tantos los nombres que rodean este partido que nuestra cabeza no llega a concebir tanta grandeza. Son los 90 minutos más largos que existen porque los recordarás toda tu vida y cada vez que siga pasando seguirás recolectando cada capítulo, como si se tratara de un álbum familiar. Son las grandes fotografías que inundan tu corazón de sentimiento.

Ya nadie puede esperar. Los sueños de un planeta entero esperan que se escuche el silbatazo inicial y que Culés y Galácticos se midan en un nueva historia, de esas que quedan en la eternidad.

Pero por qué les cuento todo esto. Precisamente es por eso. Cuando me mudé a Barcelona me dijeron que un silbatazo paralizaría mi vida y entendería que no hay tal situación que me pudiera causar más emoción.

Me desperté un día por la mañana y me serví la clásica taza de café que me servía todos los sábados recién despertara. Vivía en la calle de Gran Vía de les Corts Catalanes, un nombre que hasta la fecha me cuesta pronunciar. Lo que viene a mi mente enseguida es el olor que salía de la panadería de abajo del 322. Ese panqué que salía del horno como pidiendo que lo comieran de forma instantánea. Mi prima Marion, con la que vivía en Barcelona, compraba uno cada fin de semana.

Después de desayunar tomé un baño y, cuando me vestía, escuché la voz de mi amigo Jordi que ya esperaba con ansias el partido. A su lado estaba Vedran, un croata que vino a estudia a la Universidad de Barcelona y se había vuelto muy cercano a mí. Era muy alto y su tez rozaba en apariencia al color de Gasparín.

Jordi era un catalán común y corriente que repartía panfletos en la calle en busca de la separación de España. A diferencia de Vedran, él era petizo. Tenía ojos verdes y los labios ligeramente caídos de los costados. Era extraño ver que un ser tan inofensivo fuera el líder de movimientos que aprobaban la separación de Catalunya del país.

Bajé y ya estaban ambos con la camiseta puesta. Antes de cualquier movimiento hacia el Camp Nou nos fuimos a “Chupitos”, un bar que se volvió parte de nuestra vida habitual. Su nombre lo adoptó por que vendían pequeños tragos y la idea es que la gente probara de todo. En ese momento del inicio de la tarde una paella es lo único que buscábamos.

No era la primera vez que iba a un partido del FC Barcelona, pero sí era la primera vez que tal descarga me recorría las venas. En las calles ya se notaba el sentimiento de locura de un partido como este. Desde los edificios la gente colgaba banderas con la estelada, otros tantos, con el escudo del club y los más extremos con la leyenda de “INDEPENDECIA” en primer plano.

Tras un rato en el bar nos dirigimos hacia el Metro y tomamos la Línea 5 hasta el colosal Camp Nou. En el metro se vislumbraba lo pintoresco de un duelo de está manufactura: sombreros, camisetas, trompeta y unos cuantos pintados de la cara.

Llegamos. Lo primero que vi fue un pequeño puesto de comida con butifarra, por el otro lado estaba el Jardins de Bacardí. Nos fuimos a sentar y a esperar la hora de entrada. Un aficionado del Real Madrid se paseaba tranquilamente enseñando la piel madridista y Vedran lo puteaba en croata. Por suerte no entendían nada porque su semblante no mostraba nada bueno.

Llegó la hora. Entramos y tomamos nuestro lugar en el estadio y les confieso que ese día aprendí que el Clásico Español era como una reflexión, porque es un libro abierto que nunca olvidarás.

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