La poesía atrae a la poesía

Karenina Díaz Menchaca

Somos niños. Contemplamos el pasto morado, el cielo verde. Los animalitos hablan, los muñecos también. Las cortinas son hadas que revolotean las estancias. Las olas del mar son brazos de dioses ocultos y las camas en la noche esconden por debajo figuras de cabezas amorfas, cicatrices, manos peludas. Somos niños, pero algún día crecemos o lo vamos haciendo. Llega el día en que alguien, un adulto, tenía que ser, nos revela que el cielo no es verde y que nunca lo fue.

Pero si tenemos la maña de no hacer caso comenzaremos a mirar de otro modo. Si somos lo suficientemente obstinados pintaremos la realidad desde un telescopio diferente y nos llamarán locos, torpes, daltónicos, autistas. Descubriremos algo superior… La poesía.

Ese perro viejo que nos acompañaba en la calle ya no será el perro hambriento que sólo nos tiene en la mira por un pedazo de carne, será el alma perdida que busca consuelo con nosotros. Será aquel familiar que se nos fue o quizás un ángel.

La poesía atrae poesía y cuando comenzamos a enamorarnos, – el niño de la maestra, la niña de sus compañeritos, el niño de la abuela que lo espera con el postre favorito, la niña con el padre quien siempre le lleva regalos-  quedará en el inconsciente para comenzar a crear sobre los objetos, las personas, las vivencias, las desgracias de las que siempre nos quedamos anclados, a algo más que palabras.

En ese mundo, podríamos estar tú y yo, cualquiera, hombre y mujer. Al borde siempre, también de los semejantes, pero con la visión de un principiante que busca desesperadamente un lenguaje con qué entender sus emociones, sus anhelos y sus fantasmas.

De pronto ya no somos niños, el chico pronto se acerca a la secundaria y comienza balbucear: “Poesía eres tú”. Y así, entre las oscuras golondrinas y “Si tú me dices ¡ven!, todo lo dejo”, pasa de un curso escolar a otro, de la existencia y de las normas sociales, de un extremo a otro.

Conoce a Bukowski y el lenguaje hace pareja con las hormonas. Ya no hay pudor sino rebeldía. Una nueva forma de ver los colores del cielo, de los cuerpos, de la naturaleza. Salta a Baudelaire, a Arthur Rimbaud.

La chica hace lo propio, buscando a sus iguales, de Rosario Castellanos a una Anaís Nïn. Falta un poco todavía para aterrizar en Sylvia Plath y sobrecogerse con Anne Carson.

Pero ambos buscan y sin conocerse se dicen a la distancia: No te quedes inmóvil/al borde del camino/no congeles el júbilo/no quieras con desgana/no te salves ahora/ni nunca

Y ya es hora de que él pueda cantarle a ella, a esa pequeña que vio en la escuela y que está madurando: Mujer el mundo está amueblado por tus ojos/Se hace más alto el cielo en tu presencia/La tierra se prolonga de rosa en rosa/Y el aire se prolonga de paloma en paloma

Van agarrando vuelo- y años- del amor apasionado a otras esferas que también nos ocupan:  Vivo sin vivir en mí/de tal manera espero/que muero porque no muero. 

Descubrimos que tenemos otros ojos, otros oídos para mirar el mundo. Los años no detienen su paso. El rostro se endurece.  La sonrisa es pasajera, ya hemos visto demasiado, quizás. Hay poesía para todo, también para los malos momentos. La poesía es fácil, pero ser poeta es otra cosa. La poesía está en todas partes. Nos la ha regalado el universo. Caemos en la cuenta y es entonces cuando nuestra existencia cobra un valor diferente.

El poeta le canta a la vida, a la muerte, a la mujer, a la musa. Y cantar no es otra cosa sino nombrar. Para cuando descubrimos a José Gorostiza es que ya comenzamos a ir armando una maleta para otro plano. No sé cómo explicarlo sin que suene a metafísica barata. No hablo de la muerte en medio de un funeral. Es que ya podemos entender la voz de los profetas. Sí, como los evangelios. Así la vida del hombre (y de la mujer, claro está).

MUERTE SIN FIN

Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
por un dios inasible que me ahoga,
mentido acaso
por su radiante atmósfera de luces
que oculta mi conciencia derramada,
mis alas rotas en esquirlas de aire,
mi torpe andar a tientas por el lodo;
lleno de mí -ahíto- me descubro
en la imagen atónita del agua,

Related posts