La posibilidad de morir era real (Cuarta y última parte)

Por Rivelino Rueda

Ilustración: Camila Rueda

Después del electrocardiograma se vino lo bueno. El doctor Gustavo Hernández sugiere “una sonda para drenar el estómago”. A esas alturas ya no importa nada. Que vengan más inyecciones, que vengan más tubos, que vengan más analgésicos. Ya no importa no tomar líquidos, no comer, medio dormir. Lo vital, lo verdaderamente importante en ese momento es que el dolor no regrese.

El verdugo es el médico que había tomado el primer diagnóstico. El que unas horas antes notó algo extraño en esa palidez de lirio. Sus ojillos son los de un perro famélico, la barba rala a medio crecer, las bolsas oculares harto hinchadas por el cansancio. Pocas palabras de un lado y de otro.

Las herramientas son sencillas. Una bolsa transparente de plástico y una extensión de aproximadamente un metro y medio. Ayuda a incorporar mi cuerpo hasta quedar sentado. Retira el oxígeno y sólo da una simple instrucción:

“Esto va a entrar por tu nariz (muestra la pequeña manguera incolora). Traga mucha saliva para que no se vaya por la vía respiratoria. Necesitamos que esto llegue a tu estómago”.

Cuando el pequeño tubo se desliza por la mucosidad nasal y luego toca la primera pared de la garganta el pensamiento se nubla. La náusea es poderosa y los espasmos contorsionan todo el cuerpo.

“¡Traga saliva! ¡Traga saliva!”

El deseo en ese momento es que regrese el dolor de estómago y que termine ese episodio.

Los largos hilos de saliva y la espuma viscosa, como la de un perro rabioso, corren por las comisuras de los labios.

“¡Más saliva! ¡Más saliva!”

Lo sujeto desesperadamente del brazo, en una especie de súplica de que pare.

“¡Ya terminamos! ¡Ya terminamos!”

Me derrumbo en la cama. La astilla es filosa, extraordinariamente molesta. Ahí permanecerá en los seis días siguientes.

***

El pinchazo no duele, más bien arde, quema en la zona del aguijonazo… Y ese ardor incontrolable se extiende por casi media hora.

El tercero y el último es el más potente, el más doloroso, el que desmorona por largos, larguísimos minutos. Las tripas reclaman, los intestinos reclaman, la piel que recubre el estómago reclama… El ombligo parece salirse de su órbita.

–Te voy a poner una inyeccioncita en el estómago. Duele uno poco– advierte Lourdes Bautista, la enfermera de turno.

–¿Para qué es?—pregunto y observo una pequeña jeringa que se corona con un insignificante aguijón.

–Es un anticoagulante. Te vas a sentir mejor. Ya lo verás—responde con esa voz que tienen las madres al mentir a los hijos sobre el sabor del aceite de hígado de bacalao, la famosa Emulsión de Scott, esa que provocaba desconfianza en la infancia desde la imagen del pescador cargando a sus espaldas a su gran presa de los mares nórdicos.

–¡Puta mmmm…!—grito cuando la insignificante puntilla de acero penetra la piel. Ya sólo se escucha el rechinido de los dientes y las muecas de dolor por el azote profundo, certero, lastimoso.

–Te dejo el algodoncito para que descanses un poquitín—comenta Lourdes y prácticamente huye del lugar.

Los dientes siguen rechinando, como si se frotaran dos piedras para hacer fuego. No abro los ojos sino hasta treinta minutos después.

***

Unas palabras tranquilizan al señor Memo, el vecino del lado izquierdo. Le sigue una promesa que también tranquiliza a su hija, una niña de unos 14 años.

Las secuelas de un infarto cambian el semblante y parece que orillan a las personas a una reflexión profunda.

Don Memo sufrió un infarto hace unos días, a sus 55 años, y ahora es un hombre que no deja de mirar el techo de la habitación, que no deja de reflexionar, que no deja de cumplirle una promesa a su pequeñita.

–¿Me prometes que vas a estar bien papá? ¿Me prometes que le vas a echar ganas? ¿Me prometes que vas a ser fuerte y que juntos vamos a salir de ésta?

–Lo prometo mi amor. Te lo prometo—contesta Don Memo y sus palabras iluminan el rostro de la muchachita.

Pasa la noche junto a él, acostada en una incómoda camilla. Don Memo no deja de ver al techo. Las primeras luces del alba lo sorprenden reflexionando.

***

Jalo aire al cruzar la pequeña plazoleta del hospital y también al bajar los cuatro escalones para abandonar por completo ese centro de salud. Fueron once días con sus noches las que arrastro por Xola y por la calle de Enrique Rébsamen.

Todavía permanece el eco de esas palabras pronunciadas por la trabajadora social del IMSS hace unos minutos. Esas de “Recibo con vida al paciente…”

Son siete u ocho kilos menos. La debilidad es latente, sobre todo en las piernas. Y sí, en ese momento es cuando se piensa que la posibilidad de morir era real… La posibilidad de haber salido no por esta puerta, sino por alguna otra de este hospital.

Se viene a la mente una frase que pronunció nuestro Gabriel García Márquez en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 1982, pero es difusa…

Es hasta que llego a casa y hasta que me encuentro completamente solo, cuando la leo en voz alta.

Y sí, lloro profundamente… Tenía mucho que no lloraba.

“Frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte”.

 

 

La posibilidad de morir era real (Primera parte)

La posibilidad de morir era real (Segunda parte)

La posibilidad de morir era real (Tercera parte)

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