La Rambla, la inspiración etílica de López Velarde

Por Paloma Takahashi

Ramón López Velarde escribió alguna vez: “La Patria es impecable y diamantina”.

Con esta frase, el poeta zacatecano conquistó al pueblo mexicano concluida la Revolución Mexicana. A Ramón Modesto López Velarde Berumen se le encargó crear un poema que enalteciera el orgullo mexicano, que alimentara el nacionalismo y que adornara con sus versos la Suave Patria.

Y así fue. Escribiéndola como nombre propio, desde ese detalle se siente la belleza del poema.

Eugenio del Hoyo, cronista de Zacatecas, mencionó una vez que López Velarde gustaba del Lambrusco.

“Vamos en busca de un paraíso perdido”, mencionaba Velarde al descorchar la primera botella de este vino rojo espumoso, que fue parte de su gran personalidad y de su enorme genialidad. El anís también formó parte de su constante deleite, pues como cualquier artista, su vicio era el dueño de su inspiración, dejándolo a él sin ser dueño de su propio ser.

Ramón López Velarde frecuentaba una cantina llamada La Rambla. El sitio, abandonado y desgastado, se encuentra en la avenida Bucareli número 79, esquina con Avenida Chapultepec.

En sus tiempos de bella juventud, esta cantina gozaba de ser visitada por grandes personalidades, desde periodistas, políticos, escritores reconocidos, cantantes de renombre, maestros de la poesía, personas que acudían a este lugar para conversar de temas profundos, brindar por el simple hecho de poder disfrutar la compañía del otro, perderse en el licor para después encontrarse en la tierra en dónde las palabras significaban más que sólo letras plasmadas en una servilleta, en dónde las letras jugaban a coordinarse de una manera sincronizada, siguiendo la rima, meciéndose de verso en verso y apilándose para construir un poema perfecto.

La Rambla, una cantina cualquiera en su época, por los años veinte del siglo pasado, era un albergue de grandes pasiones, con su típica entrada compuesta por dos puertas de vaivén, mesas y sillas sencillas de madera, un lugar, mientras me-nos lujoso, más visitado.

Con una barra repleta de todo tipo de licores, unos más fuertes que otros, pero todos con el mismo propósito: disfrutar el momento. Sitios como éste no se dan a conocer por su estética, se conocen por su ambiente, la música, las carcajadas, los bailes, las riñas, los sabores y las bajas pasiones que se desatan constante-mente.

Ramón López Velarde, un muchacho de origen humilde, fue criado bajo la religión católica, esto influyó en su manera de desenvolverse en el mundo, creó para sí mismo un mundo lleno de timidez y pasión, en donde la poesía le dio la libertad de liberar su alma de la manera más noble.

Tiempo después ya siendo reconocido, cuando se le preguntaba si creía en Dios, él solía responder:

“Creo en el Rabí, porqué el Rabí es poeta”.

El amor fue clave para el inicio de su legado poético. A muy corta edad tuvo un amor no realizado con Josefa de los Ríos, a la cual toda su vida se entregó, le dedicó su primer poema A un imposible. Todo poeta tiene una musa y él bautizó a la suya con el nombre ficticio de Fuensanta.

Estudió leyes como muchos escritores y poetas de ese tiempo. Al venir a la gran capital, Velarde vivió momentos importantes en la historia de nuestro país. Padeció la dictadura de Porfirio Díaz, fue cercano a Francisco I. Madero, formó parte del movimiento antireeleccionista, estuvo durante la traición y asesinato de Victoriano Huerta a Madero, lamentó la muerte del mismo.

En los tiempos que gobernaba Álvaro Obregón, se publica “La Suave Patria” en la revista que pertenecía a la Secretaría de Educación, El Maestro. La idea del primer secretario de Educación, José Vasconcelos, quien contaba con una amplia gama de temas para fomentar la cultura de la lectura en el país.

Se dice que un día, teniendo poco tiempo para entregar el poema, al salir del La Rambla en un estado de “alta genialidad”, al pisar la calle se inspiró y comenzó a recitar en la plena cotidianidad de la vida misma.

Ahí, en esa esquina nació “La Suave Patria”, que en su momento llenó a la nación de orgullo, sencillez y belleza. Se dejó llevar, creando lo que en un momento efímero cualquiera, se convertiría en una de sus más grandes obras de la cultura en México.

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