La rebelión de los estambres

Historia de un yarnbombing en el metro de la Ciudad de México, cuya felicidad duró sólo un instante….

Por: Miriam Mabel Martínez

Fotos: Brian Urrutia Lozano

Tejo desde los ocho años. Tejer para mí es otra forma de contar historias, pero también, otra manera de compartir, de investigar, de aprender, de hacer comunidad. Es parte de mi vida.Un lenguaje como lo es la música. Al tejer hago música y pienso matemáticamente. Un derecho, un revés que se multiplican, se disminuyen, forman círculos, cuadrados, hexágonos… Es geometría y escritura. Al contrario de lo que muchos piensan no me significa un “hobby”, como me lo han sugerido con displicencia; tampoco es una actividad que me avergüence; al contrario, me enorgullece por múltiples razones, la principal es porque a cada punto prolongo la historia de la humanidad a través de la continuidad del tejido con todos sus hombres, mujeres y niños que han encontrado en este oficio no sólo una vocación, sino la recompensa de mejorar la sinapsis y la tranquilidad; así como la fortuna de hacer comunidad y de abrazar al mundo. Y eso fue lo que hicimos un grupo de tejedoras el Día internacional de tejer en público (domingo 14 de junio). Nuestro objetivo: un yarnbombing en el metro. ¿Por qué? Nos preguntaron. ¿Por qué no? Es y será nuestra respuesta; así de simple y clara y así de compleja teje una cadena de preguntas: ¿por qué no tejer “algo” sin destinatario?, ¿por qué no hacer más bonito un espacio público, extender cubrir con nuestros tejidos el día a día, suscitar la curiosidad y divertirnos mientras ejercitamos nuestra inteligencia?

¿Por qué no?, así sin más.

Y sin más nos lanzamos con nuestras armas a la rebelión de los estambres. Ahí estábamos el colectivo Lana Desastre y la dupla Tejer es punk (dos bandas que no representamos ni siquiera el .0000001 por ciento de las guerrilleras del crochet y de las agujas que pululan en México, ya no se diga en el mundo), puntuales a las ocho de la mañana en la estación Observatorio de la línea 1 (rosa), cada una llevaba tiras de todos los largos y de sólo dos anchos (7 y 13 centímetros) para realizar nuestra “acción”. El propósito: forrar los tubos del último vagón donde, cuenta la leyenda urbana, al oscurecer se transforma en punto de encuentro de la comunidad gay; nosotras quisimos que sus citas tuvieran una mejor escenografía.

Arrancó el tren y sacamos las agujas. Debíamos –a contrarreloj– conseguir nuestro cometido. Usuarios subían, otros bajaban, algunos nos miraban curiosos y uno que otro se atrevían a preguntar. Todos nos miraban y sonreían. Cada sonrisa desconocida valía la pena, así como su colaboración: unos nos detenían las tiras o nos cedían el asiento para lograr nuestro fin.

¿Cuándo descansa la gente? ¿Adónde irán? Mientras “vestíamos” los tubos del vagón, estas preguntas me acompañaban tan fraternalmente como la compañía de Sally y Cuca, parte de Lana Desastre, a quienes admiro porque ejercen la profesión de tejedoras de tiempo completo.¿Adónde va esta gente? No importa cuál es su destino, nosotras queríamos acoger esas ilusiones domingueras.

No es fácil hacer yarnbomning con el metro en movimiento. No, pero es muy atractivo imaginar sus trayectos parte de un rizoma, una red orgánica que se expande en las entrañas de la tierra integrándose al palimpsesto sobre el cual hoy se erige la Ciudad de México. Pensé en cómo esta primera línea ha crecido hacia sus extremos, cómo ha sido una pasarela, de 12.660 kilómetros de largo (Zaragoza-Chapultepec),desde su inauguración, en 1969, con minifaldas y pantalones de pata de elefante, hasta el presente con sus 18.828 kilómetros que recorren, desde Observatorio hasta Pantitlán, hipsters, patinetos, tatuados, comerciantes, enamorados y familias que deambulan en el verdadero circuito interior de la metrópoli.

Entre estación y estación fuimos transformando la atmósfera recuperando la vecindad entre desconocidos. Una puntada, una sonrisa. Otra puntada, una pregunta. Un derecho y un revés para unirnos en una complicidad anónima.

Observatorio: en sus marcas. Tacubaya: listas, estambres y agujas cargadas.Juanacatlán: al ataque. Chapultepec: colores brillantes para los pasamanos. Sevilla: los tubos superiores.Insurgentes: empiezan las fotografías. Cuauhtémoc: “¿de qué es el proyecto?”. Balderas: “Mi mamá también teje”. Salto del Agua: tubos superiores casi acabados.Isabel la Católica: “¿Quiere que le ayude?”. Pino Suárez: “¡Qué bonito!, ¿por qué lo hacen?”. Merced: ¿Cuánto falta? Candelaria: acelerar la acción. San Lázaro: los viajeros se suman a nuestra travesía. Moctezuma: la ciudad no deja de extenderse como nuestros ánimos. Balbuena: tubos laterales completos. Boulevard Puerto Aéreo: ¿cómo vamos? Gómez Farias: falta poquito. Zaragoza: ¡Lo logramos! Abrazos. Felicitaciones… y la presencia del chofer del convoy: “¿Quién les dio permiso?” Usuarios y yarnbomberas en silencio hasta que un usuario se alza: “¿En qué afecta?”. El chofer no sabe qué responder. “¡Quítenlo!”, ordena y regresa a su cabina. El tren en marcha, otro usuario nos sugiere bajarnos en Zaragoza y esperar que el vagón de vuelta en U en Pantitlán y abordar distintos vagones para “despistar” y luego, unas cuatro estaciones más adelante, abordar otra vez el primer vagón con nuestra “escenografía”, como la llamó atinadamente. La belleza del acto, la rapidez y la complicidad con los usuarios nos hipnotizaron. No hemos hecho nada malo, ¿por qué tendríamos que abandonar la escena del crimen? Pantitlán: destino final.

8:45 am. El vagón se vacía y mi mente toma otra rumbo, se me escapa. En un momento, como a Johnny Carter, protagonista del cuento El perseguidor de Julio Cortázar, hago un recuento, tejo mi memoria.

A lo largo de los años, el acto de tejer me ha servido como una herramienta de análisis, he aprendido más sobre el sexismo, la diferencia de género, las apatías de la izquierda y de la derecha, la relación entre mujeres, el capitalismo, lo orgánico, el new age, las nuevas tecnologías, la globalización, lo local, la modernidad, la posmodernidad, las diferencias ideológicas, el método científico. He logrado trazar una antropología del tejido y un rizoma en el que se entrelazan distintas disciplinas y comunidades. Tejer me ha servido literalmente para tejer una red social en la que caben mujeres y hombres de todas las edades, gruesos, colores, tamaños, religiones, profesiones, clases sociales. Ha sido, sin duda, la comunidad más democrática a la cual he pertenecido, en la que siempre pesa más la complicidad tejedora que las diferencias. No importa si somos de izquierda o de derecha, los juegos con el derecho y el revés son sugerentes para las liberales, para las más conservadoras o las socialistas. Discutimos, entre un punto y el otro, de política, de los derechos humanos, de la igualdad social, de la falta de estado de derecho. Tejemos argumentos mientras tejemos prendas en las que escribimos nuestra cotidianidad y hacemos, a veces, contundentes declaraciones de amor. Esta es quizá la parte que más me gusta: la entrega al otro.

Todo esto lo reaprendí ese día.

Vuelta en U. Las puertas se abren, la gente –más de la imaginada- se arremolina para ganar un asiento. Antes de que el convoy se ponga en marcha se empiezan a escuchar las exclamaciones. Nos miramos: estamos tan felices como esas personas que se sujetan de pasamanos camuflajeados de crochet y puntos de agujas. Ver los gestos de sorpresa de la gente, la curiosidad de los niños, la hermandad de las mujeres, el respeto de los hombres, eso sí no tiene precio. Pero la felicidad siempre es un instante, y ese día también lo comprobamos.

Próxima estación: Zaragoza, y nosotras gozosas seguíamos ahí creando nuevos y anónimos lazos. Se abren las puertas, cinco policías –tres hombres y dos mujeres– acechan al fotógrafo: “Me vas haciendo el favor de quitar tus madres”. Silencio. “¡Quién te dio permiso!”, añade otro. Nadie señala, nadie dice nada. “¡Que te digo que lo quites!”, sube el tono una mujer policía. “Bájense los culpables o no se irá el metro”. Otro camarada insiste: “¿en qué te afecta? No hicieron nada malo.

Los policías, con una violencia desproporcional, con una ira contenida, rasgan con navajas nuestro yarnbombing. Alguien más dice: “Ya lo van a quitar, tranquilos”. Nada detiene la crueldad. “Lo quitaremos, pero marchemos para que la gente no se retrase”, dice Annuska. Nadie se va hasta que esto no esté limpio.

“Deberían mejor agarrar a los rateros y no molestar a mujeres que nos hacen el viaje más agradable”, grita alguien más. La gente nos ayuda. Sé que el yarnbombing es un penado en el mundo, se considera un grafiti, lo que nunca esperé fue la reacción tan violenta, sobre todo de las mujeres. En otras acciones públicas, los policías hombres hasta nos han ayudado o tomado foto, nos dejan terminar, tomar fotos y luego nos dicen que hay que quitar los evidentes. A ellos también les gusta el cobijo; pero a ellas parece que les molesta. Pensé, una vez más en lo poético del acto de tejer, en la rebeldía implícita que la mayoría es incapaz de ver.

Tejer me ha enseñado a aprehenderme en la diferencia. Me ha enseñado, también, a ser rebelde. ¡Ah, porque a tejer es rebelión! Rebelión contra quienes creen que es una actividad de viejitas, rebelión contra la diferencia de género (tejemos hombres y mujeres por igual), rebelión contra lo hecho en serie y la manufactura. ¡Viva lo hecho a mano! Rebelión contra lo estandarizado. Nos rebelamos y tejemos con orgullo y creatividad para perpetuar una de las primeras formas de escritura. No somos anticuadas ni raras ni sumisas ni hipster ni extravagantes y tenemos mucho que hacer y que tejer.

Sí, tejer es una forma de vida. De mi vida

 

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