La sospechosa casa de enfrente

Por Mariana Cerda Madrid

Foto: Eréndira Negrete

La fachada blanca y las cortinas rojas. Un aspecto común para una casa del fraccionamiento, nada aparentemente fuera de lo normal. Sin embargo, uno puede ver todas las fachadas de la colonia, sacar a pasear al perro y no notar nada, pero precisamente eso es lo que el dueño de la casa quiere que todo el mundo piense.

Había sido una casa con muchos cambios. Demasiadas mudanzas. Varios vecinos. Muchas apariencias. Pero este aspecto era diferente. Una casa con fachada blanca y cortinas rojas, ese tipo de cortinas que sólo se aprecian en las películas y, más específicamente, que sólo se aprecian en las escenas románticas.

Rojas, con detalles bordados, y al parecer era de satín, bueno, al menos eso es lo que uno llegaba a apreciar desde abajo. Otra cosa que se podía notar de esa característica casa eran las visitas. A veces llegaban en autos del año, ya saben, de esos autos que uno nunca espera ver por su colonia, con vidrios polarizados y asientos de piel, con chofer y dueños vestidos con trajes caros.

Otras visitantes llegaban en Metro, pero eso sí, siempre había un “chalan” que les iba a recoger a la estación, y al llegar al domicilio, simplemente los dejaba en la puerta y se retiraba. Después de un rato regresaba para llevar a los visitantes otra vez al Metro, y así, una rutina.

Pero a pesar de todo lo anterior, uno ya no veía nada de una forma extraña, además, se tiene la cabeza tan llena de ocupaciones, que esa era otra casa más.

Todas las mañanas llegaba una joven, a veces dos. Nada extraordinario o extravagante en su vestido, incluso había veces que un simple pants bastaba para llegar. Después de algunas semanas de verla arribar a esa casa, el único pensamiento que recurría era que se dedicaba a limpiarla o que quizá había un enfermo e iba a cuidarlo, pero jamás se le tomó importancia.

Los vecinos habían conocido tantas “personalidades” en esa pequeña colonia, a la que llaman fraccionamiento, que pensaban que nada los podía sorprender.

Desde el señor que vende cohetes, hasta el ayudante del narcotraficante “La Barbie”, entonces nada era nuevo para los vecinos, incluso los jóvenes borrachos que se dedicaban a hacer el “banquetazo”, debido a falta de dinero para un bar estable o a falta de permiso de sus padres para echar la fiesta en casa.

Todo normal, todo común, nada más allá de lo aparente. Pero como todo, un día cambió. Un lindo día, un viernes en la tarde. Con un clima agradable, ni frío ni calor. Pero como toda buena historia con inicio agradable, todo cambia por algo que a simple vista puede parecer insignificante.

Una tarde tranquila en casa y de repente el grito de una mujer. Al principio se piensa que puede ser la tele, pero después de programar el botón de mute, uno se da cuenta que el grito desesperado de la mujer no viene de la tele, viene de afuera, y que en realidad sí es un grito para pedir auxilio.

Al salir a la calle sólo se ve una mujer completamente desnuda, corriendo por la calle, con los ojos llorosos, además de hinchados y rojos, pidiendo ayuda, y claro, a todos los mirones, que nunca hacen nada, pero son los vecinos excelentes para enterarse del chisme.

Casi al llegar a la esquina, un hombre sale de su casa y le proporciona un abrigo para cubrirla de su desnudez. A los pocos minutos se ve una patrulla arribando a la entrada de la casa. Después no se ve nada, no se sabe nada y, aparentemente, todo acabó y sólo fue un escándalo que perturbo un viernes tranquilo por la tarde.

Pero, como buena colonia, todo se termina sabiendo, tarde o temprano. Ya saben, como dicen las abuelas: “pueblo chico, infierno grande”. Y sí, eso siempre es cierto. Casa de citas es lo que las voces murmuran, y al cabo de una semana del incidente, confirman.

Después de saber eso, la razón de las cortinas rojas y la chica que llegaba todas las mañanas cobra sentido. Y una casa de citas de personas adineradas, por eso los autos de lujo con chofer, aunque siempre existen los que quieren aparentar menos y no levantar sospechas, y por eso optaban por el Metro, pero siempre con alguien que los recogiera y los llevara de vuelta, y que no era sólo el “chalan”, era un guardaespaldas entrenado. Bueno, al menos eso es lo que la vecina que trabajaba en la delegación, se enteró.

La casa vacía unos meses, sin más cortinas rojas, sin más mujer en la mañana, sin más visitas de hombres a toda hora del día.

Meses después el enorme letrero de “En Venta”, y cuando por fin se ve un nuevo camión de mudanzas y los vecinos se sienten en confianza, la historia tiene desenlace.

Un cliente que se quiso pasar de listo, que quiso más de lo que había pagado, que al parecer quiso algo extraño, o al menos algo mal visto y a la “señorita” no le pareció. Así que salió asustada de la casa, porque sólo quería que alguien la ayudara. Por eso su desnudez. Era tanta su desesperación que no le importó mostrar su cuerpo, sólo quería una voz de ayuda y de aliento.

Jamás se sabrá qué fetiche o gusto extraño gustaba aquel cliente, pero sí sabemos que por ese cliente el negocio se acabó y las autoridades iniciaron una investigación que duró un par de meses, antes de que la propiedad se pudiera vender.

Los vecinos de las casas de los pisos superiores nunca notaron nada. Aquellas cortinas rojas siempre estaban cerradas, ya sea de noche o de día, con frío extremo o con calor ardiente, siempre cerradas.

Pero después de todo, del grito de auxilio de la chica, de las cortinas rojas que en todo el tiempo nunca se cambiaron, de las patrullas arribando a la casa, uno se da cuenta que, a pesar de llevar toda una vida viviendo ahí, jamás se terminan las historias ni las cosas por conocer en esa pequeña colonia llamada Coyuya.

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