La tonadita desquiciante que ya le “mortificó el alma” a Capistrán

Por Rivelino Rueda

Fotos: Camila Rueda Loya

Todo eso oyes. Pienso que llegará el día

en que estos sonidos se apaguen.

Juan Rulfo/Pedro Páramo

A las once de la noche de cualquier día del año; a las tres o cuatro de la madrugada de cualquier mes; en el “cagadero” que comparten veintiocho vecinos a la hora de la penumbra más cerrada; en el núcleo bíblico del caos de las seis de la mañana en la estación del Metro Pantitlán, Capistrán Olmedo Reséndez, “El Tambor”, suplica a nadie, a todos, que le saquen del cuerpo, de una vez por todas, “esa pinche tonadita que ya me mortificó el alma”.

En los minutos que podrían ser un descanso, una tregua a los tapones de cerumen amarillentos, viscosos y nauseabundos que cuelgan de sus oídos, Capistrán percibe en lo más profundo de las mandíbulas, en la mollera de sacerdote fanatizado, en la nuca, en las sienes, la amplificada y desquiciante vocecilla de mujer de altavoz viejo, oxidado, pero siempre poderoso, aturdidor, inclemente.

La tonada está enraizada en los tímpanos. Crece como la enredadera en pared de adobe. Se ensaña puntual, de las ocho de la mañana a las siete de la noche. Todos los días del año.

Capistrán se sumerge en una hipnosis famélica. Trata de distraerse. Cualquier cosa sirve. Los chupamieles de pechos metálicos y aletazos armónicos. La señora que provee de alimento a agua a la desquiciante manada de los gatos de la casa abandonada. Las granadas carmesí que se despanzurran con un golpe seco en el pavimento. Los otros ruidos infernales de cada día. No puede. No sabe cómo.

Tiene cuarentaiocho años pero parece de sesenta. Capistrán Olmedo es un ánima en pena que levanta los brazos cuando se abre una puerta, una ventana; cuando alguien, algo, husmea sus macetas desde un balcón; cuando el crujir demencial de la bocina de segunda mano, comprada en el tianguis del domingo de la Colonia Buenos Aires, vomita el “o fierro viejo que vendaaaannn…”

***

“Se-compran-colchones-tambores-refrigeradores…” Para casi todos los capitalinos el 1 de mayo no se trabaja. Es día feriado. Para Capistrán Olmedo no. Ascensión Bustos, su patrón, siempre argumenta que en estos días la gente aprovecha para deshacerse de sus “tiliches y cachivaches”. Quizá en su infancia, Ascensión Bustos estuvo influenciado por las composiciones de Francisco Gavilondo Soler, “Cri-Cri”.

Y sí. Navidad, Año Nuevo, Aniversario de la Independencia, Día del Trabajo, Aniversario de la Revolución, el Día de “Don Benito”, Semana Santa y demás puentes vacacionales, son una “minita de oro” para el señor Bustos.

El hombre de espeso bigote de obsidiana, de aspecto amenazador, espalda cuadrada, bajo de estatura, semblante de madreador de barrio y chusca vocecilla de silbato descompuesto es, ni más ni menos, el dueño de esa desvencijada camioneta roja tipo Pick-Up, con placas de Michoacán.

Pero además es el que la conduce el viejo amasijo de chatarra y el que tiene el poder absoluto del infernal ruido que escupe implacable el “…estufas-lavadoras-microondas…”

Capistrán rechina los dientes amarillentos, resquebrajados por el tiempo. Observa a un lado y al otro de la calle. Nadie a la vista. Aprovecha para empinarse la botella de tres litros de Coca-Cola, su único alimento a la una de la tarde.

Hasta esa hora sólo han caído a la caja del vehículo cuatro tubos oxidados de una vieja cañería, un ventilador inservible de aspas de plástico y el tambor de una cama individual… “tambores-refigeradores-estufas-lavadoras…”

Ya no se distingue si el crujido de tronco viejo proviene de las tripas hambrientas de Capistrán Olmedo, del motor maltrecho de la camioneta y del golpeteo incesante, esquizofrénico, de los metales recaudados durante la jornada.

Ese sonido apocalíptico, ese ruido demencial, acompaña al chalan de los “fierros viejos”, oriundo de Tlalmanalco, Estado de México, en los últimos tres años.

Hay veces que Don Ascensión anda de buenas y, por ahí de las tres, “se discute” unas tortas, unos tacos de canasta o un pollo frito. El refresco corre por cuenta de Capistrán. Hay veces que no. Y es la mayoría de las veces. Cuando eso ocurre –porque el ñor lleva comida en unos topers–, Olmedo Reséndez compra en cualquier tiendita unos Chetos medianos (que son sus preferidos), unas Donas y otro refresco de tres litros de Coca-Cola para lo que resta del jale.

Las niñas y los niños salen de la escuela. El calor arrecia. Los sudores desentumen un poco la ropa tiesa de sal y polvo. La gaseosa fría de color negruzco bombea el corazón, alborota la sangre, inyecta dosis exactas de veneno.

El ruido no para. No para ni un segundo. La rítmica vocecilla de mujer se atraganta en la infinita paciencia, en la infinita necesidad de cobrar “ese billete verde de a doscientos de la monjita Juana”.

***

Tuvieron que pasar dos semanas desde su primer día de jale para que Capistrán estuviera convencido que no era cábula, que no lo estaban haciendo pendejo, con aquello de que los “tambores” que adquiría el ñor Ascensión no eran redondos, de madera, de piel en su circunferencia, ni que estaban acompañados de “dos palos con bolita en la punta”. De ahí el apodo de “El Tambor”. De ahí la tonadita del “ro-po-po-pón-ro-po-po-pón” que le tatarean los que lo conocen.

Y sí. Capistrán Olmedo no es de los que se va con la finta a la primera de cambio. Por eso ofrece de veinte a treinta pasos, no más, por una lavadora en buen estado, por una pantalla o televisor, por un boiler en desuso, por un microondas que ya no fue funcional, por unas persianas tiznadas de sangre y de mocos, por unos archiveros grises de metal que fueron suplantados por un ordenador moderno comprado a cómodas mensualidades, por un triciclo Apache que se deshecha con todo y recuerdos.

Lo más que ha pagado este cabroncete que ya entendió el negocio –dice el ñor Ascensión—son doscientos varos por una bicicleta de montaña que, en la tienda, está arriba de los dos mil. Se la agarró a un morro que tenía la mirada desorbitada, las manos temblorosas, la mandíbula trabada, las comisuras de los labios llenas de baba amarilla. Necesitaba su pase. Le urgía el dinero. Así son estas cosas. Te apendejas y te carga la chingada.

“… refrigeradores-estufas-lavadoras-micooondas-o-algo-de-fierro-viejo-que-vendaaaaa…”

***

Un tufo de histeria se apodera de la calle Cádiz, en la Colonia Álamos. Capistrán Olmedo opta por masticar el amargo ácido acetilsalicílico, por limpiarse con la legua los trocitos que quedan asentados en muelas y dientes frontales. La cabeza punza a esta hora. Los párpados se cierran en cascadas soñolientas, agrestes, letales. La tonadita detona en hastío, en demencia.

“El Tambor” se sostiene de los barandales laterales del amasijo carmesí. Los decibeles se multiplican, se traslapan en la materia, general un cosmos aparte, un universo paralelo. La mirada aletargada de Capistrán es la de un espectro deambulando en un circular desierto onírico. No hay principio. No hay fin en este recital de millones de infiernos… “Se-compran-colchones-tambores-refrigeradores…”

Apenas ayer fue niño. Apenas ayer, en Tlalmanalco, arrullaba sus sueños con el murmullo de los volcanes. Apenas ayer levantaba la vista y de la tlalli manalli emanaba la fumarola estática y rojiza del Popocatépetl y, a su izquierda, el gemido poderoso de la “mujer de blanco”, de la descomunal y milenaria belleza de la Iztaccíhuatl. La mujer dormida. La mujer que lo acurrucaba en el silencio estelar.

La pobreza. Siempre la pobreza. Esa que lo obligó a él, que obligó a ellas, a Juliana, a Natalia, a Teresa, a Albertina; que obligó a ellos, a Dámaso, a Esteban, a Solorio, a Lázaro y a Martín, sus amigas y amigos, sus primas y primos, sus hermanas y hermanos, a irse todos los días a la Ciudad de México, todos los días, a ganarse algo para completar el estómago. Y regresar todas las noches a Tlalmanalco, todas las noches, a buscar reponer, entre sueños que no son, las jornadas de abusos, maltratos, injusticias y discriminación.

Los amigos, los familiares, los cercanos de siempre, ahora no son más que ruidos coléricos, machacantes; son nítidos estropicios en el jicarazo helado del alba; en el orín fulminante de riñones soñolientos, fermentados en el fuego lento del hambre, de la fatiga.

Ahora todas ellas, todos ellos, son espectros distantes, cotidianos, que hablan poco, y lo poco que hablan no es legible. Algo se antepone a ese ruido gutural, casi humano. Y es la misma tonada, la misma melodía que punza como punta de maguey, que taladra profundo, que es droga, pero también adicción… “…estufas-lavadoras-micoondas-o-algo-de-fierro-viejo-que-vennnndaaaa… Se-compran-colchones-tambores…”

***

A las ocho menos diez de la mañana del lunes 3 de junio Capistrán Olmedo ya espera, donde siempre, a la camioneta roja de Don Ascensión. En la esquina del Eje Central Lázaro Cárdenas y Eje 3 Sur, del lado de la Buenos Aires, “El Tambor” olfatea un vaso con atole de fresa y devora en tres mordidas un churro lloviznado de azúcar. Hoy se dio ese lujo.

Como todos los días, Capistrán luchó cuerpo a cuerpo con decenas de personas para ocupar un lugar milimétrico, una ranurita de piso, en los trenes de holocausto de la estación del Metro Pantitlán. A esa hora son más notorios los hoyuelos profundos, en mejillas, pómulos y mentón, como diminutos cráteres lunares, de un sarampión en la adolescencia.

Observa nervioso a un lado y a otro de la avenida. Parece que desconfía que el ñor no pasé hoy por él. La Pick Up roja aparece trece minutos después de las ocho de la mañana. Gira de Eje Central hacia Eje 3 en una maniobra suicida. Nadie está para actos circenses de cafre a esas horas. Peatones y automovilistas le mientan y le remientan la madre a Ascensión Bustos.

Nada más aminoran los ve y rechinga a tu puta madre y los eres un pendejo, pinche indio mal parido, y nada más el ñor Bustos divisa a “El Tambor”, estalla nítida, implacable, desquiciante, la tonadita de voz chillona de mujer. Hueca, electrificada, letal…

“Se-compran-colchones-tambores-refrigeradores-estufas-lavadoras-micoondas-o-algo-de-fierro-viejo-que-vennndaaaa-Se compran-colchones-tambores…”

Capistrán sube a la caja de la camioneta de un brinco bien aprendido en los últimos tres años. No derrama ni una gota del aromático atole color rosa mexicano. Se acurruca, en posición fetal, en el rincón de esa caja de metal cacarizo, en el universo de un ruido monótono, en el cosmos de una melodía rutinaria que, dice, ya le mortificó el alma.

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