La voz de Marichuy en la UNAM

Por Argel Jiménez

Foto: Fabiola Garduño

Como en cada proceso electoral desde el 2000, el movimiento indígena en México visita la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ya no es el subcomandante Marcos el que esta vez se hará presente. El cambio generacional en los liderazgos del EZLN se ha llevado acabo.

Hoy, la vocera que no fue elegida por encuesta, dedazo o autodedazo, sino democráticamente por el Congreso Nacional Indígena, (que busca unificar a todos los pueblos indígenas en una sola lucha) se hará presente en el recinto universitario. Su nombre es María de Jesús Patricio Martínez, Marichuy.

Son las 2:20 pm. El clima de la Ciudad de México es ya invernal. El sol calienta poco y la sombra enfría mucho. Las afueras del Metro Copilco son las de un típico día normal de escuela. Jóvenes saliendo a toda velocidad para llegar a clase se topan de frente con los que ya cumplieron sus labores del día y caminan apaciblemente.

Los puestos fijos y ambulantes que hay entre el Metro y las entradas más cercanas a Ciudad Universitaria lucen llenos, unos para sacar copias, otros para comer las diferentes variedades de comida que ofrecen: hot dogs, chilaquiles, comida japonesa, hamburguesas, tortas, entre otras cosas.

2:25 pm. A la altura de la Facultad de Medicina (ya adentro del Campus) un contingente de unos veinte o veinticinco indígenas se dirigen a escuchar a Marichuy. Predominan señoras que van con sus hijos e hijas, ellas con faldas largas y sus blusas típicas de la región Mazahua, los hombres vestidos con ropa citadina.

Algunas de esas señoras cargan cajas de cartón repletas de dulces para ofrecer durante  el evento y otras traen cargando un palo grueso que sostiene manzanas con chamoy de a diez pesos.

Les van siguiendo  sus pasos dos policías de la UNAM, que eufemísticamente  les llaman de Auxilio UNAM. Las familias indígenas no les hacen caso. Ellas van platicando amenamente con un caminar pausado, mientras patrullas de la misma corporación policiaca universitaria no dejan de pasar lentamente para hacerles saber a esas indígenas gorditas y apacibles que no permitirán que rompan con la “paz” y “armonía” que siempre priva en el campus.

El hostigamiento se extiende a lo largo de las cinco facultades que hay para llegar al pie de la Biblioteca Central. Al llegar al estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras un policía desaliñado se comunica con sus superiores. “El contingente que seguimos desde Medicina ya llegó a Filos”. Así, la alta burocracia académica de la Máxima casa de estudios recibe a sus visitantes fugaces.

El templete instalado para la ocasión ya se encuentra listo. Los trabajadores de la extinta Luz y Fuerza del Centro hacen los últimos arreglos para el sonido y las dos lámparas que alumbrarán a los oradores.

A la altura del templete, en una de las paredes de la Biblioteca Central, hay una manta colocada para la ocasión: “Venimos a hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se ha dicho demasiado”.

Poco a poco empiezan a llegar los grupos de estudiantes o personas solas. Esperan parados o sentados en el pasto, algunos otros observan libros, discos y películas que se ofrecen en el piso, o se registran en una de las cinco mesas que hay a lo largo de la explanada para recabar las firmas que pide el INE. Los menos comen tacos de canasta que ofrece algún señor en una bicicleta.

Mientras, un grupo de danzantes baila sin cesar al ritmo de tambores y cascabeles que traen en los pies y manos, y lo “novedoso” es un danzante que ha integrado al baile un tipo de guitarra pequeña que toca al unísono de la música.

La gente a esta hora todavía es poca y alguien desde el templete da las gracias a los danzantes, para así empezar a las 3:50 pm con los grupos musicales.

Las caras conocidas poco a poco se empiezan hacer presentes. El ex estudiante Omar García, egresado de la Normal Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, llega y le pregunta a uno de los asistentes reunidos que si ya habló Marichuy. Su interlocutor le dice que no, que antes están programados tres grupos de música  y apenas va el segundo.

Omar le contesta que ha de ir retrasada por el recorrido que está haciendo por las facultades del campus universitario. En ese mismo instante se acerca otro estudiante de la misma Normal. Platican cualquier cosa y se despiden. También se despide de mano de su otro interlocutor y se va.

A esa misma hora llega Martín Esparza, dirigente del Sindicato Mexicano de Electricista, rodeado de seis acompañantes que caminan cerca de él.

Son las 5:00 pm y los organizadores de la logística del templete, todos ellos estudiantes, reciben la indicación por radio frecuencia  que la vocera indígena  esta por llegar. Un grupo de cinco de ellos apresura el paso  para pasar lo más rápido posible el estacionamiento  de la facultad de Filosofía y Letras y llegar al circuito vehicular que ya luce cerrado por tres patrullas  atravesadas.

La caminata se alcanza a ver a lo lejos. Van a la altura de la Facultad de Economía. Su caminar es pausado, avanzan y se detienen.

A la cabeza del contingente se observan unas cinco o seis personas vestidas de blanco que van tocando un caracol y otras quemando copal. Unos metros atrás, una banda de pueblo toca melodías algo tristes y, hasta atrás de ellos, empieza el doble cordón de seguridad  de personas que obedecen las órdenes de “alto” y “avancen”.

Varios de los integrantes de la valla de seguridad denotan en su cara cansancio. El sol y el caminar han machacado fuerte.

En la primera fila, donde comienza el contingente, viene Marichuy vestida con una falda negra y una blusa blanca. Lleva en la cabeza una corona con arreglos florales y en sus  manos dos ramos de flores de colores. A un lado viene la mamá de la joven asesinada Lesvy, la señora Araceli Osorio, y del otro lado una mujer de pelo cano.

El rostro de las tres mujeres es serio, casi como de luto. A la altura de la Facultad de Derecho varios jóvenes con celular en mano sacan fotos y videos  que captan el momento único e irrepetible. El “ni una más, ni una más, ni una asesinada más” se escucha al lado de otras consignas.

El avance sigue siendo lento. Ya a la altura de la Facultad de Filosofía hay un poco más de gente. Varios estudiantes  se suben a una barda cercana a tomar fotos. Los periodistas a pie de calle sacan las placas que más tarde mandarán a sus redacciones. Mientras, un niño y su papá ven el pasar pausado.

El papá le dice a su hijo: “Mira, ahí está Marichuy”. El niño le contesta “no la veo”. Al señor no le queda de otra que cargar al niño de unos ocho años en brazos  y señalarle con el dedo índice quién es. El niño por fin la ve, pero no le provoca ningún sentimiento, todavía es muy chico para entender algunas cosas.

Otros, muchos más grandes que el menino, le gritan “esta es tu casa Marcichuy” o “la UNAM es tu casa”, a lo cual la vocera indígena voltea  para ver de donde viene el grito y, con una amplia sonrisa sincera, asienta con la cabeza, para inmediatamente después volver al gesto serio de su cara. A ella no le interesa sonreír como político hipócrita en campaña de cualquier partido, ella sabe que su mensaje es más profundo  y que las sonrisas pueden salir sobrando.

A las 5:35 pm, en medio de música festiva de la banda y celulares de los jóvenes registrando varias tomas para la posteridad, la vocera por fin llega al escenario. “Levantemos los corazones llenos de alegría porque aquí está Marichuy”, dice una voz femenina para que después la gente grite el Goya universitario.

Los cuatro oradores que anteceden a la oradora principal hablan de las diferentes realidades innegables que vive el país, despojos para favorecer mega proyectos en las zonas indígenas y en las ciudades, impunidad  por feminicidios en todo el territorio nacional, presos políticos por defender territorios sagrados, violencia sistemática contra los pobres, crítica a un modelo capitalista depredador que saquea la riqueza natural de México y que exprime  la fuerza laboral de los trabajadores, y de la necesidad de estar hoy más unidos que nunca.

La hora por la que todos estamos aquí llega y la algarabía se hace presente. Toma el micrófono la hija de campesinos de Jalisco. Su voz pasa por el micrófono  de una manera endeble, casi imperceptible. Nadie dice nada. Todos tratan de alcanzar a escuchar lo más que pueda, pero en algunas zonas es imposible escuchar su voz. Algunos que están arriba en el escenario  tratan de acomodar el micrófono varias veces para solucionar el problema, pero el resultado es el mismo. Su tímida voz le jugó una mala pasada.

Pero en las partes donde sí se escucha su discurso habla de una educación que debe ser “crítica, científica y acorde a la realidad de esta nación multicultural en el que las culturas originarias siempre han sido negadas”. Llama a la urgencia  de “lograr que la generación y transmisión del conocimiento en las universidades  y escuelas… esté al servicio de los de abajo”.

Agrega que la propuesta del Concejo Indígena de Gobierno es sencilla: que “rompamos con las inercias viciadas que nos mantienen divididos”. La lucha de los pueblos originarios y en las ciudades debe ser a la par, ya que si una falla no será posible el cometido, todo esto bajo una “alegre rebeldía y resistencia  anticapitalista, buscando golpear al monstruo (capitalista) en su corazón”.

Termina el evento. La noche ha caído en Ciudad Universitaria, la gente se empieza ir poco a poco y el aire no pega tan fuerte como otros días.

La tarea de recabar las más de 800 mil firmas que pide el INE bajo un procedimiento discriminatorio y clasista resulta casi imposible.

En la próxima boleta electoral aparecerán los hijos de una clase política de todos los partidos lejana a la población. El discurso anticapitalista todavía causa miedo en la mayoría de los  mexicanos faltos de teoría política.

Las luchas en contra de injusticias seguirán aisladas, hasta que los mexicanos sepamos resolver la pregunta nada fácil de ¿CÓMO organizarnos?

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