Las cosas de las que nadie quiere hablar

Por Karenina Díaz Menchaca

 

No es una lista tan larga, pero ¿por qué postergamos?

Mis respetos a todo aquel ser humano que no conoce el verbo procastinar.

Hace meses asistí a un funeral, iba nerviosa , pero sobre todo pensativa. Llegué a una de estas sucursales de velatorios que están a lo largo y ancho de la ciudad como la Casa de Toño ( ¿qué no los conoce?; ¿en serio?), pero como no tenía el dato exacto del salón me dirigí al mostrador. Por preguntar el dato preciso dejé que me abordara una amable vendedora quien me hizo llenar una hoja con mis datos – aunque pensándolo bien  en el fondo, yo hacía tiempo para no acercarme a dar el pésame, un pésame muy triste a tan amada amistad – se los di sabiendo de antemano el propósito de ésta, pero lo olvidé.

No tardó ni una semana en llamarme, me preguntó si me acordaba de ella, obvio no, así que comenzó con su speech de venta de aquella funeraria conocida, aunque no tan conocida como la más conocida que todos ya conocemos (si me entendieron ¿verdad?). Muy enfática le contesté, no sin antes mencionarle que yo estaba en mi oficina y no podía hablar mucho, pero ella insistió, así que yo en el tono más seguro: “Señorita, yo no me pienso morir en los últimos diez años o veinte años”.  Su risa me lo dijo todo. No fue tan irónica como yo lo hubiera sido si hubiese sido ella, pero fue una risita caída de la realidad. La más profunda realidad (ñaca ñaca).

En realidad, cuando ya somos adultos, ¿de qué somos responsables?, ¿ o de quiénes? Pienso, que mínimo, de nosotros mismos, porque las criaturas como sea, pero ¿y uno? Si al menos en estos tiempos les dejamos menos problemas a quienes nos rodean, creo podremos irnos de este mundo, parafraseando al gran Amado Nervo, con el derecho de decir: ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Pagar desde denantes un servicio funerario es, me parece, de los aciertos más apremiantes, pero luego uno piensa matemáticamente: ¿Cuánto cuesta? Lo que cueste, querido lector, para eso el mercado es grande. No tenemos que caerle en estas funerarias conocidas, es el hecho del llamado ahorro. Palabra de terror: Aho-rro.

Así como el pago de los seguros, que nadie quisiéramos tener que costear, ni mucho menos para un coche, ¡auch!, pero que con esa lógica de que tener un seguro es para no usarlo, pues así anda la vida ahora querido lector. Nos tenemos que ir desmenuzando entre:  El ahorro para el retiro (porque ya no somos pensionados del IMSS), que el ahorro para el chamaco para su universidad (luego para que te salgan con que quieren ser youtubers), el seguro de gastos médicos (que siempre terminas comprando cuando ya tienes 5 meses de embarazo y ya valió queso), seguro para esto, para el otro, cuando lo único seguro es morir, esto sí es lo único seguro: Morir. Pero ¿a costillas de quién?

En México, tanto la cultura del ahorro, como hablar de la muerte y de este tipo de imprevistos que luego arrojan a las pugnas familiares por no hacer una herencia a tiempo, “porque de eso no se habla en esta casa”, “porque se ve mal”, “porque van a pensar que sólo quiero dinero”, “porque qué van a pensar de mí  fulanito o fulanita si hablo de que qué haremos el día de la muerte de alguno de nosotros”. El hablar de dinero, es bien jodido para algunos ¡Carajo!

Señoras y señores, sí se tienen que hablar de estas cosas en vida. Ya lo dije. Por cierto, yo sí voy a planear mi funeral, como si yo fuera a estar ahí. Así será,  aunque espero que éste sea en unos… muchos años más. Por si les llega la invitación. ¡No falten, se va a poner bueno!

 

@kareninadiaz

 

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