Las jacarandas

Por Karenina Díaz Menchaca

 

La llegada de la Primavera es acaso el solsticio más esperado por nosotros, habitantes de este planeta.  Acostumbrados a los procesos cíclicos que durante milenios, sin las variaciones como las que estamos viviendo en el siglo XXI, gracias, entre otras cosas, a los cambios climáticos, las estaciones nos han marcado tiempos de cosecha, de fertilidad e incluso de muerte y de renovación. La naturaleza, un verdadero testigo de la reencarnación.

Pero en esta ciudad recientemente llamada Ciudad de México con sus siglas CDMX, las Jacarandas nos hacen ver la manifestación más clara de la Primavera.

Cuando era niña, enfrente de las dos casas que albergaron mis travesuras, la de mi abuela y la de mis padres, había una jacaranda. En la de la casa de mi abuela, aquel árbol de la familia de las bignoniáceas, comenzaba a ponerse frondoso un poquito antes de la celebración en la escuela del natalicio de Benito Juárez, aves que seguramente serían zorzales,  tórtolos, golondrinas y gorriones me despertaban antes que el disco de Cepillín y Anita la Huerfanita, por cierto, acetatos que acompañaron esa tornamesa de madera, elegante y perfectamente horizontal que iluminaba la sala de esa habitación de luz amplia.

Las flores lilas tapizaban la calle que barría mi abuela madrugadora. Medio se quejaba de esa faena, pero lo hacía como casi todas las señoras de esa cuadra de la calle Lerma. Las campanas de la iglesia anunciaban la primer misa, ella iba y a veces yo. Me imagino que por acompañarla, me regalaba una historieta de la vida de santos, o vírgenes de la editorial Novaro, una serie que se llamaba ‘Vidas Ejemplares’.

Al regresar de misa, ahí estaba: alta, espigada, desbordada, con sus ramas sin orden. La jacaranda ya había “ensuciado” nuevamente la calle, nomás había que ver la expresión de la abuela, pero lo dejaba pasar. Aquellas florecillas en forma de una pequeña casa de hada, hermosa y breve, se multiplicaba sin aparente razón en lugares externos a su raíz, lo cual me ponía de cierta modo un poco triste, muere pronto.

La jacaranda de mi casa era la que más molestaba a los vecinos, ya había agrietado la banqueta, pues sus raíces son fuertes y necesitaban desperdigarse.  Montículos de ese cemento urbano levantado, estorbaba ciertamente cuando patinábamos fuera de casa y sus florecillas se nos hacían chiclosas entre las ruedas de ese par móvil.

Ahora, enfrente de la oficina una jacaranda se esparce en el auto y en mis zapatos y sin duda, me hace recordar la bella estampa de una ciudad que pierde árboles, sobre todo en este sexenio de torpes decisiones. Las jacarandas siempre me hacen escribir poemas,me enamoro de su color y de su imponente llamarada de la Primavera.

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