Lore, la secretaria

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Eréndira Negrete

Yo tengo una secretaria muy eficiente
Yo tengo una secretaria sensacional
Que siempre llega al trabajo a las 9:20
Al cabo el señor gerente esa todo dar

 

Lorena era la secretaria que trabajaba en mi primer trabajo, mi ex compañera. Todos deben de conocer a Lorena o al menos a alguien parecido a ella.

En las mañanas llegaba con un gorro en la cabeza que cubría su despeinado y húmedo cabello. Se lo sacudía así como un comercial de shampoo. Sacaba su plancha de cabello y se lo alaciaba.

Después sacaba una bolsa con cierre, del cual extraía varios tipos de tubitos, frasquitos, pomitos, cepillitos, esponjitas, estuchitos, lapicitos, etc., todo un arsenal de la belleza que acomodaba estratégicamente sobre su escritorio para empezar a ponerse varios tipos de maquillaje sobre su rostro, un rostro con algo de arrugas y unas marcas de la adolescencia.

Uno de los instrumentos más importantes que utilizaba era una cuchara de metal, como la que usas para comer pastel. Decía que ella había inventado la manera de enchinarse las pestañas así. No sé, pero tal vez eso no se pueda patentar, ya que las cucharas sirven para otra cosa, según yo tengo entendido.

Lorena se maquillaba, platicaba con su compañera de cubículo, tomaba café y masticaba una dona de chocolate, todo al mismo tiempo. Ese rostro blanco sin ninguna expresión ya se había transformado en el de Lorena, la secretaria.

Ya no tenía tenis para andar en el Metro, ahora traía sus zapatillas con un tacón de 10 centímetros. La verdad no sé cómo se mida eso de los zapatos, pero el tacón era inmenso. En el Metro parecía una chica que va a la preparatoria, pero después de llegar a la oficina y meterse dos cigarros, cafeína y arreglarse, ya parecía esa señora de 42 años que era.

En los cajones, en donde se supone tendría que estar la papelería, oficios y cosas correspondientes a sus actividades, había pastelitos, frituras, chocolates, cacahuates, cigarros, chicles, refrescos, una gran variedad de botanas y bocadillos.

Encima de todo el parque había un cuaderno que la mayoría de sus clientes o compañeros le decían «La lista negra». Ahí estaban los nombres de todos los que no pagan al momento de solicitar algún producto y pagaban todo lo que consumían en una quincena.

Obviamente, el día de pago, cuando Lorena no estaba en su lugar y a alguien se le olvidaba anotar lo que había tomado, o simplemente no lo quería anotar, cuando hacía las cuentas y se percataba que había un faltante, lo dividía entre todos y así no había pérdidas, sólo ganancias. Cuando era el día de pago llegaba a tu lugar con «La lista negra» y con su voz chillona te decía:

–¡Bueeeeenas! Aquí vengo de cobrona, jijijiji.

Lore, la secretaria, tenía esa risita cagante, penetrante y aguda. Sacaba un marcador rojo perteneciente a la empresa donde laboraba y escribía con letras grandes sobre tu nombre: «PAGADO«. Te daba las gracias y te daba un anuncio de las próximas temporadas, algo así como:

“Ya viene el Día del Amor y la Amistá y voy a traer unos chocolatitos en forma de ositos perfectos para tu novia, esposa o amante, jijijiji”. Y otra vez su pinche risita…

También tenía los catálogos de cuanta madre te puedas imaginar: bolsas, maquillaje, zapatos, envases para guardar comida, o sea tupper. En esa jungla Godín esos tuppers son básicos y muy importantes, sobre todo cuando está por terminar la quincena. Todo lo que necesites, Lorena lo consigue.

Cuando dejé la casa de mis padres, Lorena me consiguió un departamento pequeño cerca de la oficina. Yo no aguanto vestir de traje, pero en algunas ocasiones en la oficina era necesario. ¿Y quién creen que me consiguió un traje a pagar en cómodas quincenas? Sí, ella.

Vivía con un tipo que la había embarazado algunas veces y el mismo había pagado para desembarazarla. Simón González se llama, o sé llamaba. Lore le había conseguido trabajo de chofer ahí con ella, pero lo corrieron al poco tiempo después por golpear a un compañero con el teclado de una computadora.

Simón a veces se ausentaba por semanas de su casa y Lore llegaba con ojeras y enferma. Se cubría la nariz con un pañuelo y decía que tenía una alergia

–Esta pinche gripita que no se me quita. Ya no me las voy a tomar con hielo, jijiji.

Era lo único que decía.

Al principio les dije que Lorena “trabajaba” en mi primer trabajo porque un miércoles no fue, y nunca volvió a ir. Simplemente desapareció, así como muchas personas que desaparecen y no se vuelve a saber de ellas.

Apareció su foto en varios carteles en el Metro y dicen que en la televisión. Yo nunca vi nada en la tele. Me hubiera gustado que hubiera huido a algún lugar lejos, sola, sin las carreras de las mañanas y todo su ritual de embellecimiento, aunque era una mujer muy guapa, y creo que no huyó a ningún lugar porque en su cajón encontraron lo de la tanda, integro.

Yo me quede con su encendedor y con una deuda de 54 pesos que ya nunca le pagué.

De Simón tampoco nunca se supo nada.

 

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