Los aromas del asfalto

Por Gonzalo Sánchez Toledo

Estimada Valentina:

Esta carta la comienzo tiempo después de mi llegada. Esperé juntar algunos días antes de comenzar a escribirte. Desde mi arribo a la Ciudad de México, he corroborado cosas que son simplemente únicas, no las he visto y no creo que existan en alguna otra ciudad del mundo. No conozco muchas. Sólo algunas. Importantes, pero sólo unas cuantas. Ya te iré contando.

Una de las primeras cosas que impresiona, ya recorriendo las calles, es lo casi incomprensible que resulta constatar cómo vive tanta gente junta, cómo conviven entre tanto cemento, sobre un lago seco, en un valle con cada vez menos agua, más autos, más tráfico. Ya casi andan unos arriba de otros. Y es acá, por estos barrios por donde ando, uno más entre casi veinte millones de seres humanos sin contar perros, gatos, ardillas, ratas y quién sabe cuántos otros seres que daría para llenar un país entero.

Fácilmente puedes darte cuenta del país en que estás, con los ojos cerrados y tus fosas nasales atentas. Al poco  andar desde el aeropuerto percibes el aroma a maíz, a la tortilla fresca, todo un símbolo de este país. Debería estar en el escudo nacional en alguna parte entre el águila y la serpiente.

Es una ciudad que vista desde el aire o desde el horizonte parece algo gris por sus construcciones especialmente a las orillas de la ciudad, pero que al meterse dentro emergen los colores, en la ropa, los mercados, las flores, las paredes, las casas. Hasta la comida es colorida, lo que intensifica su placer. La experiencia del color sin duda marca esta cultura, es como una voz silenciosa que te grita, te atrapa como si te dijera aquí estoy, acá estamos, de acá somos. Ciertamente es una identidad que a veces me da la impresión de ser también un arma de defensa contra el vecino del norte con su acelerado avance de la cultura del fast food.

El color para los mexicanos es como la piedra de David, aunque la comparación resulte algo exagerada. Llenarse de colores invita a la vida, a la fiesta, la alegría, porque el color es luz y sin luz no hay colores y de alguna manera ése puede ser un mensaje, que a pesar de las conquistas, imperialismos, revoluciones, pérdida de territorio y, sobretodo desapariciones forzadas de personas que le dan comezón a ciertos gobernantes de turno, desean ser vistos, conocidos y queridos pese a la adversidad.

Valentina; este lugar te encantaría por su belleza, su comida, su gente. También por sus contrastes. Hay quienes son muy alegres, demasiado tal vez, y dispuestos a todo. Al mismo tiempo pueden ser sumisos y resignados a su destino, como si trajeran ese gen desde épocas pasadas, desde la colonización o quizás más atrás. Acá todo se celebra, todo es motivo para comer, beber, bailar. Si alguien nace o alguien muere. Si se ganó o se perdió algo. Incluso existe la celebración previa del evento. Y no puede faltar, como un  mantra obligado, la pirotecnia. Todo se sumerge y confunde con abundantes fuegos artificiales. Un buen rezo a la virgen de Guadalupe, a los santos patronos y a tirar cohetes.

Y ni hablar del clima, aunque ya revuelto en todo el planeta. Te das cuenta que ya es primavera en la ciudad de México gracias a las flores de los jacarandá. La ciudad toma un color azul violeta que me inspira una cierta melancolía. Acá el año se la pasa entre poco calor, calor y mucho calor. Y la época en que llueve, se dejan caer unos aguaceros a los que tú y yo no estamos acostumbrados; son como noviazgos juveniles; intensos y breves. Además mantienen un ambiente fresco y húmedo. Esos días no sabes cómo salir a la calle, si vestirte de primavera-verano o de otoño-invierno. Las cuatro estaciones te visitan en un instante.

Y así me he ido adaptando, viviendo mis días descubriendo rincones a veces perdidos, personas y personajes que hacen de esta ciudad un lugar único.

Ya te iré contando.

Un fuerte abrazo y hasta la próxima.

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