¿Y si los dejas jugar?

Por Astrid Perellón

Los niños pasan en la escuela el tiempo proporcional al que uno pasa en una oficina con un espacio mínimo para el recreo. ¿Y por qué recrearse ameritaría menos tiempo que cualquier otra materia?

Algunos maestros dirán que lo compensan en clase estableciendo dinámicas y juegos, o que se desquitan en Educación Física. La realidad es que nunca será lo mismo el juego dirigido por un adulto que la libertad de elegir entre aburrirse o recrearse. Tales niños llegan a casa, tras la escuela, y ya tiene la agenda repleta; comer, hacer la tarea y evadirse viendo tanta televisión como les permitan. ¿Y el juego? A decir verdad, unos niños sí se rebelan y juegan frente a la tele pero inmediatamente les indicamos que deben estar en los sillones de la sala dispuestos para verla de manera cómoda (estática).

Creemos que ya tendrán tiempo para entretenerse el fin de semana, o cuando lleguen las vacaciones, o cuando terminen de cumplir con sus responsabilidades escolares… al cumplir 18. Y añoran esa edad prometida sólo para toparse con que tampoco está bien visto entonces. Se emplean y vuelven a tener el mínimo de espacio para hacer nada comparado con el espacio para cumplir con todo.

Siendo honestos, sólo está bien visto jugar por largas horas cuando uno tiene sus propios bebés y, pronto el remordimiento te hace dejar el juego libre para buscar un sitio de estimulación donde te dirijan el juego. Buscas sentirte productivo y no vivo.

Todo esto es como subirse a un volantín del que te da miedo bajar. ¿Sabes qué te espera si te bajas? ¿Si los dejas jugar? Movimiento, creatividad, autoconocimiento, socialización, procesos complejos de pensamiento, exploración emocional y corporal, autoestima, mecánica de grupos, prácticas de liderazgo, pensamiento lateral, afinación de los sentidos y la coordinación, reconocimiento espacial, aprovechamiento de los espacios recreativos y de los que no lo son… Si toda esta lista no te ha convencido de dejarlos jugar más de lo que tu agenda les concede, quizá es porque piensas que todo lo anterior equivale al deterioro de los muebles, las jardineras, los juguetes y la ropa.

Siendo así, sólo me resta contarte una fábula del aquí y del ahora donde una bacteria se quedó en una caja de Petri cerrada. Transcurrió su vida entera sin que pasara nada. En cambio, un solo microorganismo unicelular fue dejado en una caja de Petri abierta e inmediatamente se puso a jugar con el aire, recreándose. Es decir, creando más vida.

 

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