Los pedazos de uno que van quedando en el camino

Por Rivelino Rueda 

Foto: Mónica Loya Ramírez 

Don Manuel ya no pudo ver la lluvia horizontal del jueves en la tarde, la tormenta huracanada de siete minutos que arrancó árboles, aplastó autos y rompió cristales. El hombre de 72 años sonrió con la franqueza que lo caracterizaba al pie de la escalera. Hizo una inclinación tenue de cabeza en forma de reverencia y luego esfumó para siempre. Quizá las súplicas de sus hermanos Hilda y Javier no se escucharon en los siguientes diez minutos por el sonoro aguacero de septiembre. El infarto fue fulminante. Murió quince minutos antes de las nueve de la noche del martes. 

No fue práctico colocar el banquito blanco de plástico frente a la puerta del edificio, entre dos automóviles de polvo y hojarasca. Don Erasmo no calculó que el sol ahí era escaso, sin chiste alguno. El abuelo hizo una rabieta en los primeros días que estableció ese huequito de calle para establecer su guarida matutina y accidentalmente rompió una ventana del departamento de su hija Azucena. No midió su fuerza cuando aporreó de coscorrones al cristal para pedir su manzana. Fue regañado como se reprende a un escuincle necio. El berrinche de Erasmo fue bíblico y trasladó la sillita sin respaldo de las dos defensas de auto que lo apretujaban al poste de luz de la esquina. Ahí se dio cuenta que las dosis de sol eran más sanadoras. 

Siempre llega a la misma hora. Siempre ocupa la misma banca del parque. Siempre está solo. Siempre se mece los cabellos con dejos de desesperación profunda. El ceño fruncido. La mandíbula trabada. Las palabras no pronunciadas. El dolor atravesado en la mirada. Don Juan Carlos es un coroto de huesos inservibles a los ojos de una sociedad malagradecida y miserable hacia las personas que dieron todo para que, bien o mal, este país saliera adelante. “No hay trabajo”. “Ya no eres productivo”. “Necesitamos gente joven”. “Los de tu edad no ayudan, estorban”. Las palabras se repiten en la cabeza de Juan Carlos. Taladran. Lapidan. No habla. No dice nada. Sólo mece su cabello canoso y relamido con profunda angustia. 

Parecía sacamuelas. No lo era. Fue hace unos cinco años. El trabajo de limpieza dental más bien se trató de una labor de plomero y matarife. Con la edad se van muchas cosas. Primero, la sensibilidad en las terminales nerviosas del circuito aperlado (o amarillento, o color marrón; todo depende de los vicios y del trato) que se enraíza caprichoso en las encías. Pero antes es el cabello. Mucho cabello ya inservible. En algunos casos órganos importantes, como un treinta por ciento de la funcionalidad del páncreas. Las dolencias aparecen. “Achaques”, les dicen. En las rodillas, en el cuello, en la espalda. Pigmentaciones de piel. Manchas de tiempo. Puntos rojos y venas reventadas de colores alucinantes. Y sí. Las estupideces de veinte o veinticinco años atrás, se cobran implacables. Como haber destapado las caguamas con los dientes. 

*** 

Encorvado. De pocas palabras y de sonrisa fácil. Negociante de bebidas con electrolitos en los últimos años y antes propietario de un grupo musical para fiestas, bodas, XV Años, bautizos, graduaciones, y todo lo que fuera necesario para ponerle sabor a las reuniones. Originario de Guadalajara y vecino de la Colonia Narvarte desde los 25 años. Don Manuel comenzó con complicaciones cardiacas desde hace cuatro años. Ya no se le veía salir a la calle y sólo se enteraba uno que seguía ahí cuando los despiadados abscesos de tos. Domó lo peor de la pandemia por su confinamiento obligatorio. Hilda y Javier, sus hermanos, se hicieron cargo de él hasta el último momento. Javier –dicen—en realidad es su hijo, producto de una aventurilla que tuvo con una muchacha que hacía la limpieza hace ya varios años. Creció con esa idea y todavía la mantiene. Manuel e Hilda son sus hermanos, a pesar de la abismal diferencia de edades. Javier fue el encargado de avisar a sus familiares tapatíos que había fallecido su “hermano”. Hilda no se despegó del cadáver de Manuel en ningún momento. 

La esquina de enfrente fue la mejor opción para las ventiscas de sol reparador. Desde ese vórtice remoto Don Erasmo cuenta las horas. Las de antaño, las de hoy y las que le quedan. Lo hace en silencio, en el más profundo silencio, de vez en vez royendo, con los tres dientecillos frontales que le quedan, la pulpa de la manzana amarilla de todas las mañanas. “Mi desayuno”, le dice a Azucena, la hija que lo cuida desde hace unos dos meses. Azucena le coloca alrededor del cuello, antes de su ritual matutino y desde lo del berrinche del vidrio, un cordón negro –que le llega hasta el ombligo—con dos llaves para entrar al edificio y al departamento. Y así anda Erasmo a lo largo de los días y de las tardes de la pandemia, del banquito sanador a la casa de su hija, dando lata y contabilizando en silencio las horas que faltan. 

Don Juan Carlos desliza los dedos por las cisuras de su cabello engomado. Le ruega a algo, a alguien. Arroja vahos mórbidos y volutas indescifrables en la mañana nublada. Pisa con rabia las hojas que naufragaron en la tormenta de la noche anterior. Busca asideros en la tempestad del olvido, de la vejez, de la pandemia alevosa, inmisericorde. El cielo es gris, plomizo, con trazos melancólicos. No hay distractores para el hombre de sesentaisiete años. Ni el potente alarido del señor de los tamales. Ni el llanto correoso de la nena que implora a su mamá por un dulce. Ni siquiera el trueno desquiciado que viene acompañado de gruesas gotas de lluvia en esta nueva mañana de incertidumbres y frustraciones para Don Juan Carlos. No hay signos de alivio en el semblante cansado del anciano. No hay bóvedas celestes posibles para depositar toda la rabia de sentirse olvidado, segregado, muerto en vida. 

Los síntomas del envejecimiento son diversos. Muchas veces se hace todo lo posible por negarlos, pero están ahí, desafiantes. Observar el comportamiento de los insectos y descifrar su exquisita estructura, por ejemplo, es uno de esos síntomas. Repasar los pasos que llevaron a esta catástrofe es otro de ellos. Contabilizar los excesos sin arrepentirse de nada. La pérdida del treinta por ciento del páncreas en dos hospitalizaciones. Los tirones de músculos implacables en las madrugadas. El café nocturno. Las persecuciones despiadadas entre ardillas, gatos y colibríes por las últimas granadas del árbol de enfrente. El nítido ruido de la chimenea de los trenes de la niñez, quizá imaginarios, quizá reales, en un lugar donde nunca han construido vías férreas. Las muelas, las muelas, las muelas, las lacerantes muelas fracturadas, las teñidas de alquitrán y cafeína… Las que fueron arrancadas y las que faltan por arrancar… Los pedazos de uno que van quedando en el camino. 

*** 

Javier mira desde el portón de la cochera del edificio, a un lado y al otro, para ver si de casualidad su hermano (o su padre) regresa a casa. Si de casualidad fue por algún mandado y se entretuvo en una plática de tiempos remotos u obsequiando alguna de sus características sonrisas radiantes. Hilda parece no asimilar la partida. Va y viene cabizbaja con las sobrinas de Guadalajara. De vez en vez voltea hacia atrás para ver si la acompaña su hermano Manuel. La tormenta nocturna de ese martes, como todos los años, hinchó puntual las puertas de madera de los departamentos. Ya es nítido el sonido que anuncia quién entra y quién sale. Aquella noche de torrente cerrado, hermético, Don Manuel ya no pudo desazolvar el pedazo de patio que está frente a su departamento, el que siempre se desborda en sonoros carraspeos de lodo fecal y cáscaras de insectos. Quizá Manuel escuchó a lo lejos el atronador sonido de las sirenas de ambulancias, o las súplicas de Hilda para reanimarlo, o los balbuceos de Javier tratando de encender el auto. Quizá esa sonrisa que propinó diez minutos antes fue la última. Quizá esas “buenas noches” fueron a conciencia de que se trataban de la despedida, de la noche eterna. Javier e Hilda no paran de voltear. A ver si de casualidad una sonrisa se asoma. 

Hoy no salió Don Erasmo a tomar el sol. El cielo amaneció plomizo. Sólo unas tres o cuatro veces las nubes abrieron, pero las partículas luminosas duraron unos minutos, lo suficiente para alborotar a las aves y para disecar por completo los charcos de agua acumulados por las lluvias recientes. El sábado a Erasmo se le vio cabizbajo. Nunca levantó la vista. La mirada la tenía clavada en el pavimento, con las manos entrelazadas y los codos apoyados en las rodillas. Algo pasó en estos días. Ya no hay berrinches. Ya son pocas las idas y vueltas para ir por agua para beber o por su fruta del día. El viernes dejó en la habitual esquina de retiro el hueso de mango roído. Ahí sigue. Ni los perros, ni los gatos, ni los pájaros le han prestado mayor atención, sólo las moscas de la pandemia y una que otra cucaracha hambrienta. El otoño se acerca. Don Erasmo lo siente en los huesos, en el paladar, en las sienes. Cobija sueños, aunque sea uno solo: el de bañarse de sol en las próximas semanas. 

No hay opciones para un viejo en la pandemia. Ni de empacador de supermercado, ni de corre-ve-y-dile, ni para entregas a domicilio, ni para el comercio informal (eso está criminalizado). Don Juan Carlos se empapa de un líquido color de hierro en esas horas; se impregna de olores a medicina refrigerada por mucho tiempo. Mece sus cabellos de un platinado intenso. Luego frota una y otra vez su rostro empapelado de surcos. Trajina en sus recuerdos. En el dolor. En la desesperación de “no hacer nada”, de “no contribuir en nada”, de “no aportar nada”. La pandemia exacerbó esos odios, esas ignorancias, esos humedales de discriminación invisible. Alrededor no hay nada para paliar el dolor profundo, la rabia contenida. No hay placebos de humo o aguardiente. Ni pastillas ni jeringas. No hay siquiera un sorbo de café o un pan para endulzar el sabor agrio de la desesperación que se acumula en las encías. Don Juan Antonio sólo mece su cabello cano y gime en silencio. 

Hubo una época sin dolor de piernas, sin punzadas en las encías, sin vértigos enrarecidos por las volutas de humo y las pavesas de nicotina, sin la vejiga exaltada luego de horas y horas de travesías carreteras. Hubo una época sin lentes y con dentaduras completas. Hubo una época donde los ruidos numerosos de las noches no eran tan importantes y donde el aroma a libro viejo pasaba desapercibido. Los signos del tiempo se miran de soslayo. El sedimento de aciagos vicios arranca pícaras sonrisas, como las de Don Manuel. El óxido del tiempo dejó intacta la buena memoria y las rabietas bíblicas, como las de Don Erasmo. El traqueteo de los trenes, las vías infinitas, el pitido puntual de las locomotoras, el uniforme blanco mil veces remendado de las rodillas; las preocupaciones y angustias por los otros, no por uno, no cicatrizan en la mente, tal como le pasa hoy a Don Juan Carlos. 

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