Luis Roberto Magalón, otra víctima del “asesino anónimo” de la UNAM

Texto y fotos: Priscila Alvarado

El lente distante de las cámaras de seguridad concentra el registro de los últimos pasos, las últimas miradas y la imagen flotante en el aire de Luis Roberto Malagón.

Los videos recorren un día más de clases, de rutinas. A las dos de la tarde Luis se prepara para salir de la Facultad de Derecho en Ciudad Universitaria y encontrarse con su padre, Roberto Malagón Chagoya, que lo espera en la calle con una franela para trabajar.

En casa, María Victoria de Gaona, su madre, los espera con las preguntas de siempre: “¿Cómo les fue? ¿Qué tal la escuela? ¿Tienen hambre?”

Ese viernes algo cambia, Roberto llega solo y pregunta por su hijo. Durante algunos segundos intentan imaginar en dónde está, qué ha ocurrido. Deciden salir a buscarlo.

Luis no responde.

Luis no regresa.

Nunca vuelve a cruzar la puerta. Su recámara se convierte en un cubo de luto y recuerdos.

En la escuela su cuerpo es encontrado a un costado de la Facultad de Medicina, cerca del estacionamiento de Odontología. Está empapado, tiene frío pero ya no tiembla. Lo ahogaron en un pozo de absorción, una tumba anónima.

Un doctor le toma el pulso, inspecciona sus pupilas con un linterna y dicta: Muerte cerebral.

Victoria no puede escucharlo. No puede cobijarlo. No puede darle consuelo como cuando niño.

Por la noche lo encuentran quieto, callado y ausente en una cama de la clínica 8 del IMSS.

¿Qué te hicieron, Luis?

¿Por qué no despiertas?

¿Quién fue?

¿Estás asustado?

¿Tienes frío?

Las manos tibias de Victoria acarician por última vez el cabello liso y suave de Luis. Su piel está húmeda, fría, ella intenta secarlo, pero ya no importa… está muerto.

Los médicos aseguraron que despertaría. Nadie les dijo que estaba en coma. Todo lo reveló la muerte. 

La necropsia elaborada por el Instituto de Ciencias Forenses de la Ciudad de México señaló que la causa de muerte fue asfixia por inmersión. Su cuerpo tenía agua en los pulmones y en el cerebro. Después se descubrió que tenía golpes en la espalda y quemaduras.

Luis no respira.

Ya no tiene hambre.

Ni frío.

Ni miedo.

El silencio lo sentenció hasta el último aliento. Nunca pudo contar lo que pasó. Lo callaron. Lo siguen callando.

Nadie habla.

¿Y las cámaras? Las “autoridades” de Ciudad Universitaria justifican la omisión asegurando que “ahí no hay”.

¿Alguien vio a Luis? Pareciera que en ese momento, en una de las Universidades más pobladas del país, el camino estaba solitario. Un hoyo negro o el paralelismo de universos se apoderó de la escena y nadie presenció la tortura y el hundimiento del cuerpo delgado de Luis.

La figura sin rostro, con ojos ausentes y sonrisa de dientes afilados, putrefactos y mortales, paseaba acostumbrada en las instalaciones de la escuela, buscando víctimas en espacios yermos. Aulas, oficinas, áreas restringidas, jardineras, bibliotecas, baños y pozos. El 18 de agosto de 2017 se cruzó con Luis.

No hay videos, ni testigos, ni justicia.

Hay impunidad, indiferencia, vicios, podredumbre.

Casi un año después, el miércoles 22 de marzo, Victoria se arrodilla y desliza los dedos secos en la tierra que se tragó a Luis. Con las manos vibrantes entierra una cruz grabada con el nombre completo de su hijo y el lema “por mi raza hablará el espíritu”. Un río infinito y profundo de lágrimas humedece al único testigo de Luis: el polvo.

Tantos meses de lucha, tantas caminatas, tanto hablar… Victoria y Roberto están agotados. Nunca sonríen, caminan con la mirada rendida.  Su voz desgastada raspa incontables megáfonos, recordando con desgarro que: “Luis quería ser abogado, quería trabajar en Barrientos. Hacer justicia.”

¿Quién puede decirle a Luis que tiene una cita en Barrientos?

No hay culpable. Ni pruebas. Sólo silencio.

Su Facultad no habla. Nadie responde. 

Pronto su registro de estudiante será eliminado.

Que le digan que la justicia no existe en México.

Que en su ausencia sólo hay cruces, llanto, suspiros, rezos, veladoras y lucha. 

Cuando el aire extingue el fuego de las velas que te rodean, tu hermana pequeña corre a encenderlas. Ya no pueden jugar, no entiende en dónde estás. 

Cuando la mirada indiferente de alumnos, profesores y personal del campus se clava en tu fotografía la tierra tiembla, la impunidad hiere y el silencio te aplasta.

Cuando tus padres caminan, a veces sin rumbo. Cuando luchan sin resultados. Cuando buscan sin encontrar. La figura aterradora que te encogió la vida, sonríe, mostrando apilados dientes afilados que matan y persiguen tu memoria.

 

 

 

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