M. Coetzee, Desgracia… O cuando el mundo se hace añicos

Por Rivelino Rueda

Foto 1: www.youtube.com

Foto 2: http://www.elblogdeivanrumar.com

 

Tras un siglo de sometimiento y humillación de la minoría blanca en la Sudáfrica de finales de la década de los noventa del siglo pasado, el odio racial ahora se invierte, busca canales de escape y se expresa con toda su magnitud en una realidad brutal, degradante.

 

Cuando J.M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003, escribió Desgracia, el régimen supremacista del apartheid en aquella nación tenía siete años de haber sido abolido (1992), pero las secuelas de la segregación de la mayoría negra se enraízan profundas en la raza vejada.

 

Las heridas no supuran, al contrario, se abren dolorosa y silenciosamente en la medida en que la convivencia, antes prohibida, antes negada, antes castigada, se hace cotidiana.

 

La nitidez del narrador, los detalles de una circunstancia nueva y compleja en una sociedad partida en dos, que se conoce bien, pero que a la vez se empieza a olfatear, hacen de esta novela un manual invaluable para entender uno de los episodios más aberrantes de la historia.

 

En dos o tres horas se pudre el mundo, se hace añicos, da un vuelco que remueve las entrañas.

 

Los dos personajes principales de esta historia, un profesor de Literatura desterrado de Ciudad del Cabo por acosar sexualmente a una de sus alumnas, David Laurie, y su hija Lucy, propietaria de un terreno en la zona rural de aquel país y amante de los perros, que recibe a su padre del exilio voluntario, ambos blancos, son introducidos involuntariamente al infierno en ese lapso.

 

Lucy detalla a su padre el horror con todas sus letras, pero su decisión está por tomarse: ¿Se queda o se va de ese territorio hostil? ¿Se arraiga en ese lugar o emprende la fuga?, con su vientre hinchado y con un niño que todavía no ama, pero “amará”

 

¿Se queda o se va?, es una de las interrogantes que surgen en la novela a partir de ese acontecimiento, el cual cruza lacerantemente la narración.

¿Importa o no importa perder su propiedad, sus perros, su casa? ¿Valen de algo las súplicas de David a su niña, quien es testigo imponente del ataque, y quien le pide vender todo, irse lejos?…Pero de antemano Lucy sabe el camino que tomará, incluso segundos después de pasada la pesadilla.

 

Y le dice a su padre: “Fue algo tan personal…Lo hicieron con tanto odio, de una manera tan personal…Eso fue lo que más me asombró…Lo demás, lo demás casi era de esperar (…) Fue la historia la que habló a través de ellos. Una historia llena de errores”.

 

A David Laurie no le queda más que hacerse a un lado. Su desgracia personal no llegó ese día oprobioso, la fue construyendo día a día, la fue moldeando ladrillo a ladrillo, metro a metro, varilla a varilla…

 

El antiguo profesor de Literatura no busca respuestas. Simplemente no las hay. Se sumerge en su orgullo y ve pasar su decadencia humana en una clínica veterinaria, como matarife de perros moribundos.

 

“Qué humillante –dice él por fin (a Lucy)–.Con tan altas esperanzas, mira que terminar así…Como un perro”.

 

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