Madero, la favorita de los chilangos

Por Jessica Ivette Calderón Martínez

 

Fotos: Mónica Loya R.

 

Todos los días y a todas horas está llena de gente que, al mirarla de lejos, parece simplemente un montón de hormigas salvajes tratando de entrar a su nido, yendo de un lado para otro, de aquí para allá sin parar ni un momento.

Siempre iluminada, inundada de personas y comercios, comercios de todo tipo, nacionales, internacionales… Algunos de estos son muy conocidos desde hace décadas por sus servicios, su cultura, su arquitectura y, sobre todo, por las historias que guardan dentro cada uno de ellos, historias que se han vivido, que se viven y se vivirán dentro de ella.

Atiborrada de ruido, risas, gritos, chiflidos, el canto de ese indigente sentado en el suelo, y el sonido de las monedas que han arrojado en su vaso. La música que sale de la caja del organillero, Comerciantes que te gritan al oído “pásele, sin compromiso”. Los pájaros cantando alegremente –o al menos eso parece. El silbato del policía de tránsito que intenta poner orden. Esos señores platicando sobre su auto. El chasquido del encendedor que hay un el puesto de periódico, en donde un anciano está por fumarse el cigarro que acaba de comprar… y otros miles de ruidos más que se escuchan, tantos, que no te das cuenta exactamente de todos los que hay.

Se ubica desde Monte de Piedad hasta topar con el Eje Central Lázaro Cárdenas. Sin duda es una de las vías más largas, sobre todo majestuosa, y tal vez la más transitada de todo el Centro Histórico de la Ciudad de México durante siglos.

Tal vez muchos no lo sepan, pero esta emblemática calle tuvo otros nombres antes del actual. El primero de ellos fue: “1ª. Calle de San Francisco”, debido a  uno de los  conventos más grandes de toda la historia de la Nueva España, que pertenecía a la Orden Franciscana encabezada por Fray Martín de Valencia, en 1524, durante el siglo XVI. Este es el convento de “San Francisco”, que para el siglo XIX llegó a abarcar 32 metros cuadrados. Hoy solamente puede apreciarse su imperturbable iglesia.

Este no es el único templo religioso dentro de nuestra añeja calle, ya que exactamente en la esquina de ésta e Isabel la Católica, se encuentra la iglesia de “La Profesa”, que fue construida por jesuitas en 1592. Tres años más tarde fue edificada al estilo barroco por el destacado arquitecto Pedro de Arrieta. Para 1977 se convirtió en una pinacoteca que contiene más de 355 pinturas al óleo que se siguen conservando.

“Plateros” fue el segundo nombre que recibe nuestra transitada vía, porque en 1638 el virrey de la Nueva España, Don Lope Díaz de Armendáriz, decretó: “… que todos los plateros se congreguen en la Calle de San Francisco y fuera de ella no puedan tener sus tiendas con penas”. Observar tantas joyerías en un gran tramo del pasaje cobra sentido ahora.

Un papel muy importante lo juega el edificio “La Esmeralda”, que a finales del siglo XIX fue cuna de una de las joyerías más elegantes de todo el país. Se le conocía como “La Esmeralda Hauser-Zivy y Compañía”, especializada en obras de arte, cajas de música, relojes y joyas. Con el tiempo se transformó en oficina de gobierno, banco, discoteca y ahora en el “Museo del Estanquillo”, en donde se exhiben las colecciones del escritor Carlos Monsiváis, pero también es una tienda de discos.

Por las mismas fechas – a finales del siglo XIX– apareció el café de “La Concordia”, el punto de reunión favorito de políticos, empresarios, escritores, artistas y religiosos más afamados de la época. Actualmente sólo queda una placa de Talavera que dice: “Aquí estuvo el Café de La Concordia”. El edificio es un local más de la reconocida marca de ropa “Zara”.

Como se sabe, nuestra amada calle es cuna de muchas de las casonas más famosas de México, y un ejemplo muy claro es “La Casa de los Azulejos”, que comenzó a construirse como un palacio en 1793 para los Condes de Orizaba, y se le otorga el nombre debido a que toda su fachada fue recubierta por cientos de azulejos de talavera.

Pero no siempre fue un palacio, pues en 1881 se convirtió en un elegante Jockey Club en donde se reunía la élite porfiriana. En 1919 pasó a las manos de los hermanos Frank y Walter Sanborns, quienes lo convirtieron en un restaurante, fuente de sodas, farmacia, tienda de regalos, revistas, tabaquería y todo lo que ya conocemos de este histórico lugar que se ha convertido en una de las cadenas comerciales más grandes en nuestro país, propiedad, por cierto, del hombre más rico de México, Carlos Slim.

Como un plus, este bello palacio tiene un mural hecho por José Clemente Orozco.

Hablando ya de Palacios y las simbólicas casonas, aquí mismo está el “Palacio Iturbide”, que cobra ese nombre cuando se convierte en residencia de Agustín de Iturbide, desde 1821 hasta 1823. Más tarde este palacio de convierte en hotel con billar, bar y cafetería; en oficinas; en sede de la Compañía Mexicana de Aviación, y hasta en la Casa de Modas María Pavignani.  En 2004 se le nombra como “Palacio Cultural Banamex”.

El “Hotel Majestic”, un majestuoso edificio que forma parte de la historia desde 1521, y que cuenta con un famoso y elegante restaurante que hasta nuestros tiempos sigue prestado sus servicios. Incluso dentro de este hotel se han hospedado muchos personajes representativos de la historia mexicana y también se han grabado varias películas. Este hermoso edificio tiene una increíble vista hacia la Plaza de la Constitución. Cientos de personas saturan la terraza de el hotel para apreciar algunos desfiles y conciertos que se realizan aquí mismo.

Para rematar, en este enorme callejón lleno de mexicanos y turistas, se encuentra el que fue el rascacielos más alto de México desde su construcción, en 1956, y hasta 1972. Se trata de la Torre Latinoamericana, que a pesar de no ser en la actualidad el edificio más grande, sus 44 pisos provocan vértigo.

Hay que hacer menciones honoríficas a muchos lugares que le dieron y le dan vida a este corredor peatonal, lugares como el “Cine Rex”, “Museo Mexicano del Diseño”, “Café del Cazador”, “Café Madero”, “Restaurante Gambrinus”, “Los Especiales”, y una lista interminable de anecdóticos espacios.

Además, desde hace pocos años, en la época navideña se puede disfrutar de una nevada artificial que le da un ambiente muy cálido con luces de colores, sonrisas, miles flashes de cámaras a la vista y golosinas para amenizar el rato con la familia.

Ahora sí, el tercer y actual nombre que lleva nuestro histórico lugar fue otorgado en 1914 “por las pistolas” de Francisco Villa y su División del Norte que, cuenta la leyenda, llegaron con una escalera y colocaron en una de las esquinas un letrero que decía: “Calle Francisco I. Madero”; en honor al presidente que había asesinado “El Chacal” Victoriano Huerta un año antes.

Sin duda, quien ha visitado todos estos bellos edificios, calles y comercios se transporta en el tiempo y revive los momentos como si hubiera estado presente en cada uno de ellos.

Si hay alguien que no conoce esta maravillosa calle (peatonal desde el 18 de octubre de 2010), lamentablemente se está perdiendo de la elegancia, los colores, los olores, los sonidos, las miradas, los recuerdos y las historias que visten a la arteria más grande y fluida que nos arrastra directo al corazón de México, la favorita de los chilangos, la transitada, distinguida e inolvidable calle “Madero” de la que todos tenemos algo que contar.

 

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