Nuestro martes más negro (Segunda parte)

Por Roberto Carmona

Foto: Rivelino Rueda

Las generaciones de los sesenta y los setenta hablaron sobre el terremoto del 85 como una parteaguas en la sociedad mexicana.

“Dividida por desigualdad, por estatus económico, por ideales y por otras cosas, México era un país dividido. Sin embargo, ese día nos unió la catástrofe. El terremoto provocó que todos fuéramos uno sólo”, mencionó un hombre de barba larga, blanca y con una mirada de recuerdo al ver las ruinas en Gabriel Mancera.

Llegamos a los lugares más afectados de esa vialidad primaria en la Colonia del Valle. No hay una ubicación exacta, la ayuda se necesitaba en todos lados. En el lugar ya se encontraba un grupo de voluntarios jóvenes ayudando a sacar escombro, a brindar agua, ofrecían comida, gritaban “Fuerza México”.

Jóvenes que fueron llamados “egoístas” por sus intereses pero, allí estaban, vestidos de azul para identificarse entre ellos,  con guantes puestos, con palas y picos para remover escombros y sacar a la gente de los edificios colapsados. Caras de cansancio, rostros de impacto tras ver una escenografía entre la vida y la muerte. Todos querían ayudar.

Todo un país estaba entre las calles de la ciudad. Personas de todas las edades estaban ayudando. Miguel, un niño de doce años, era quien ofrecía café y pan dulce a los voluntarios. Su madre repartió tortas, cargaba una caja de cartón sobre el hombro. Su esposo repartía agua.

Una familia de bajos recursos, pero allí estaba, ayudando. Mientras nos informábamos para saber con qué ayudar, fui a recorrer la zona para visualizar dónde se necesitaban de manos. El paisaje era desolador, no por ausencia de gente, sino por una presencia de miedo.

En la Colonia del Valle no había luz, todo era obscuro. El camino era alumbrado por una lámpara en el casco. Las banquetas estaban invadidas por residentes de la zona que no querían regresar a sus hogares por miedo a una réplica y que eso terminara por derrumbar su patrimonio. Solo preguntamos si necesitaban algo y con rostros tristes dijeron que no.

La gente en esa zona era demasiada. No había forma de ayudar ya que todos ya tenían una ocupación. Las calles estaban repletas de gente queriendo sensibilizar el momento de emergencia que se vivía en ese momento.

En ese instante, uno de los coordinadores de voluntarios mencionó que se necesitaba de ayuda en la Colonia Obrera. No dudamos en ir. La sensación de tranquilidad se volvió un sentimiento de incertidumbre por estar cerca de las zonas cero. El corazón se acelera con un toque de adrenalina y con el pensamiento de ser fuerte a todo aquello que se llegue a ver.

Para llegar a la Colonia Obrera necesitábamos de un transporte por la distancia tan larga. Estábamos parados sobre una avenida pensando como llegaríamos al lugar. Justo en ese momento una mujer gritó “¿Quién va a la Colonia Obrera?” No tardamos en decirle que nosotros.

Ya éramos un grupo de 20 personas buscando la forma de llegar a la fábrica que había colapsado en la zona centro de la ciudad. La presencia de militares en ese punto ya era notoria. Les preguntamos si ellos podrían llevarnos al lugar de emergencia. Nos lo negaron. Acto seguido, un patrulla de la Ciudad de México circulaba a la distancia.

“Vamos a parar la patrulla y a decirle que nos lleve”, mencionó uno de los voluntarios mientras se tomaba el casco para que no se cayera. Los 20 voluntarios nos detuvimos en la calle para cerrarle el paso a la patrulla. Frenó en seco.

“Poli, vamos a Simón Bolívar y Chimalpopoca, llévenos”. El uniformado no lo pensó y nos trasladó  al lugar. Una Pick-Up, todos en la caja, hablando sobre los hechos que ocurrieron ese día.

Durante el camino, empezaron a salir testimonios de cómo los voluntarios había vivido el terremoto. “Yo estaba en Coapa cuando fue el temblor. Supe de la magnitud de las cosas cuando me enteré que se había caído el Colegio Enrique Rébsamen”, comentó un voluntario mientras se acomodaba en la caja de la camioneta.

La alegría no esperó. Comenzaron las bromas entre los extraños. Las bromas de una situación llena de tensión y de nerviosismo. Jóvenes que estaban dispuestos a todo para ayudar a sus compatriotas. Entre las bromas el camino se volvió más ameno y, dentro de la tragedia, en nuestros rostros se notó un poco de paz y tranquilidad.

Llegamos a la fábrica que había colapsado. Había muchísima gente en las calles, como en la Colonia del Valle. Esperamos nuestro turno de poder relevar a los que ya estaban cansados, sin embargo, era demasiada gente esperando. Un coordinador mencionó que era mejor ayudar en otras labores más precisas que retirar escombros.

Nos retiramos del lugar por exceso de personas. Regresamos a la Colonia del Valle por el auto. Estuvimos recargados en el coche de color blanco pensando de qué forma podíamos ayudar. Era el primer día. Las zonas de catástrofe de la ciudad estaban invadidas por la solidaridad de las personas. Tal vez la forma en la que queríamos ayudar era heroica, una imagen de rescatar gente.

Pero nos dimos cuenta que cualquier forma de ayudar era buena y que todos, hasta el niño del café, era héroe. Nos subimos al auto con uno menos de nosotros, Se fue a ver a su novia. En el camino íbamos escuchando la radio cuando se mencionó que había caído un edificio en Tlalpan. Era el multifamiliar.

Mi acompañante y yo no pensamos en dirigirnos a la nueva zona cero. Durante el camino observamos brigadas de motociclistas con herramienta y víveres. También vimos camionetas llenas de personas con atuendos de rescatistas. Todos en ese momento tenían la necesidad de ayudar, de no dejar solos a nuestros compatriotas.

Pasamos a una gasolinera a cargar el tanque. El despachador estaba preocupado por la situación. No la podía creer. “Estoy bien, han sido un día doloroso para todos los mexicanos”, relató. El coche estaba listo para poder emprender el viaje a los multifamiliares de Tlalpan.

Durante el camino, los autos que pasaban eran brigadas de gente y más gente. Llegamos al lugar y ya era todo un caos. Una imagen de un edifico colapsado. Voltee a ver la magnitud de los otros departamentos y de su inmenso tamaño. La gente que estaba atrapada en los escombros era un número considerable.

En ese mismo lugar, la ayuda era más que suficiente, ya no se necesitaba de más manos. Sin embargo, la impresión de ver un edificio familiar colapsado, encogía el corazón y aumentaba la angustia al saber que había gente atrapada. Decidimos emprender el viaje a nuestras casas buscando el día siguiente.

El silencio se apoderó del momento durante el trayecto. Un 19 de septiembre, como hace 32 años, volvió a sorprender al pueblo mexicano. Otra vez, sentimos el dolor y la impotencia de una situación fuera de nuestras manos hasta el momento que el primer mexicano recogió el primer escombro para ayudar. Hasta ese momento estaba fuera de control.

Una vez más, la vida nos puso a prueba. Tantos testimonios del 85 nos crearon una reacción automática de qué hay que hacer en caso de emergencia. Así termino el 19 de septiembre, el 19S. Nuestro 19 de septiembre.

20 de septiembre. Habían pasado horas de la catástrofe. La ayuda no paró en toda la noche. A las nueve de la mañana recibí el mensaje de un amigo. Quedé de verlo en Perisur. Me vestí con una sudadera amarilla, unos pantalones de mezclilla y tenis. Tomé una pala que mi madre tenía guardada y me dirigí a buscar en dónde ayudar.

En ese momento, mientras subía al camión, comencé a pensar en todas las personas que se fueron, a las que perdieron a un ser queridos y a todos aquellos que se quedaron para volver inmortales a los que se fueron. Pensé en la última vez que ame. La última vez que besé con tanta pasión. Pensé en mi familia. Pensé en las personas que llegaron y que se fueron por motivos que la vida misma solo sabe explicar. Destino le llaman.

Pero en ese momento mi destino era México, ayudar a mi país. Será que el momento nos volvió más sensibles a todos y que de cierta forma dejamos nuestros egoísmos de lado y nos volvimos solidarios. Entre tantos pensamientos, me di cuenta que ya había llegado a mi destino muy rápido.

Llegué a Perisur y me encontré con mi amigo. Nos dirigimos a las brigadas que se concentraron en el Parque España. La misma historia del día anterior, era demasiada gente.

En ese momento se empezó a escuchar que en San Gregorio, un pueblo de Xochimilco, sufrió daños importantes. Decidimos ir al lugar. Tomamos los medios necesarios para llagar. En ese momento un amigo pasó por nosotros en su coche blanco. Su hermana y su madre iban a bordo, todos querían ayudar. Durante el trayecto fuimos planeando la forma en la que íbamos a ayudar.

Ya en Xochimilco, la gente seguía llegando. La ayuda, otra vez, parecía superada. Sin embargo, en San Gregorio no era así. La ayuda parecía insuficiente. Estacionamos el coche blanco cerca del mercado de las flores. Bajamos palas y picos que teníamos en la cajuela y caminamos hacia el pueblo que se encontraba a unos 20 minutos a pie.

En el trayecto nos encontramos con personas que cargaban víveres pero parecía que necesitaba de manos para cargar. Procedimos a ayudarles. Caminamos diez minutos y comenzamos a visualizar la zona cero. Todavía faltaban la mitad del camino y ya había caos entre los habitantes.

La avenida principal era una subida pronunciada mientras que las calles de los lados descendían. Nos metimos a una calle a la izquierda, bajamos y, por un callejón, llegamos a una casa. En el lugar ya se encontraban personas trabajando. Para mi sorpresa, la gente que estaba en labores de rescate era la misma del pueblo, con un número reducido de voluntarios.

La situación no era la misma que se vivió en el centro de la ciudad. En el sur todo era diferente.

Nuestra primera actividad era deshacer una pared que había caído por el sismo. Comenzamos recogiendo los escombros con las palas y las metíamos a cubetas que, después, en una cadena humana, terminaban en un camión de volteo. Seguimos con la ayuda varias horas.

En ese lugar sólo se encontraba una brigada del Instituto Politécnico Nacional. Jóvenes de entre 18 y 20 años eran los que llevaban una secuencia de las cosas. Como conquistadores en tierra nuevas, seguimos su indicaciones. De un momento a otro desaparecieron.

De 30 personas en el lugar sólo quedaron los escombros y los dueños de la casa, sentados con una tristeza que parecía acompañarles por mucho tiempo. Nos agradecieron por ayudarles y nos indicaron la salida. Era el momento de dejarlos en su situación.

Nos retiramos sin decir más. A la hora de retirarnos, las calles estaban llenas de ayuda. Nos dirigimos a otra vivienda. Entre un juego de laberintos, llegamos a donde se necesitaba ayuda. Gente perdió su casa. Pedía que tiráramos el resto de sus casas para reconstruir, como iban a reconstruir  su vida, como se reconstruye todo cuando se destruye. Empezar desde el principio.

Hacemos grandes planes para mañana a pesar de que no conocemos el futuro en lo absoluto…

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