Melquiades, el “comentador de noticias” de la Línea 3 del Metro

Por Rivelino Rueda

Foto: Eréndira Negrete

Melquiades, el “comentador de noticias”, hace pequeñas pausas para leer el siguiente texto del periódico matutino. Nadie lo observa. Nadie hace caso de sus poderosos mensajes.

La indiferencia hacia personas en situación de calle, dentro o fuera de un vagón del Metro, es parte del desayuno en el día a día de los capitalinos.

Mientras las luminarias de la conducción en México se disputan los ratingsmañaneros en distintas cadenas radiofónicas, dentro de sus confortables estudios acolchonados, en sus caparazones de “líderes de opinión”, dominando el arte de modular la voz para deleitar a su audiencia, el hombre indigente de la tercera edad –sin patrocinadores, sin cobrar un peso—comenta con gran lucidez la información del momento.

“¡Pero si estos cabrones no sólo se conformaron con privatizar todos los bienes de la nación, sino que lo poco que quedó se lo robaron!”

Así inicia Melquiades su espacio de opinión pública. Es la estación Juárez del Metro de la Línea 3. Son las nueve de la mañana. Allá venden discos compactos con las últimas novedades musicales, con “los clásicos de ayer y de hoy”. Más allá se ofrece un kit escolar a “diez pesitos”.

Por acá, recargado en una de las puertas del vagón, sin micrófonos de última generación, sin millonarias pautas de patrocinadores, sin audífonos afelpados de protagonismo, sin vivir de “trabajos especiales” refriteados, de boletines filtrados o de la fama de viejos reportajes, Melquiades analiza cada línea del diario que yace en sus piernas, medita unos segundos, prepara el dardo noticioso y, certero, dispara el comentario del texto leído.

“¡Pero si estos cabrones no sólo se conformaron con privatizar todos los bienes de la nación, sino que lo poco que quedó se lo robaron!”

Sentado en el piso del tembloroso vagón del Metro. Con las piernas estiradas, como delimitando el espacio donde se confecciona el trabajo editorial, el “comentador de noticias” echa mano de sus mejores argumentos para mantener al día al respetable que, en esas horas soñolientas, son legión en cada recoveco de este sistema de transporte chilango.

Primero aborda el tema de la crisis en Petróleos Mexicanos (Pemex) por el desmantelamiento que padeció la empresa estatal en sexenios anteriores, el combate al robo de hidrocarburos que hace unas semanas emprendió el presidente Andrés Manuel López Obrador y la decisión de la calificadora financiera internacional Fitch Ratings de rebajar la calificación a Pemex para las inversiones extranjeras.

“¡Fue un saqueo y ahora todo se lo quieren endilgar a Andrés Manuel! Los gobiernos de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Peña Nieto se dedicaron a desmantelar la industria petrolera, a quebrarla a toda costa para después privatizarla. ¡Son bienes de la nación! ¡Son bienes de todos los mexicanos! ¡Y como una riqueza de todos los mexicanos, todos debemos defenderla!”

La voz potente de Melquiades agarra mal parado a más de un pasajero. Se voltea a la izquierda, a la derecha, atrás. Nada. El comentario continúa. Implacable. Poderoso. Parece una voz que emerge del centro de la tierra, que avanza con la prisa del tren por llegar puntual, que avanza con la prisa de todos.

Y sí. La voz surge de abajo, del suelo maltratado del vagón. Luego se esparce armónico, harto sonoro, por cada resquicio de un espacio adormilado, enajenado en dispositivos móviles, en audífonos de hipnosis e hipocresía; en mensajes digitales absurdos, empalagosos, agresivos por su simplicidad.

La voz potente de Melquiades agarra mal parado a más de un pasajero. Se voltea a la izquierda, a la derecha, atrás. Nada. El comentario continúa. Implacable. Poderoso.

La voz se cuela por las butacas de un verde anodino. Por tubos brillosos de miles de grasas, de miles de alientos, de miles de perfumes baratos, de miles de enfermedades, historias, afrentas. La voz envuelve cristales heridos con saña. Avanza entre palancas rojas de emergencia, esas que siempre deberían estar activadas en un país de abominables historias. La voz penetra en lámparas hastiadas de tiempo.

El tren llega a Balderas y enfila hacia Niños Héroes. Allá arriba, en 1913, la Ciudad de México vivió uno de sus episodios más abominables en la llamada Decena Trágica, que derivó en la usurpación de “El Chacal” Victoriano Huerta, y el derrocamiento y asesinato de Francisco I. Madero.

Allá arriba, hace 50 años, unos muchachitos de prepa se agarraron a madrazos en una cascarita de futbol y luego unos granaderos agarraron a madrazos a esos muchachitos. Esta secuencia de madrizas en La Ciudadela y calles aledañas marcó el inicio del Movimiento Estudiantil de 1968.

Tal vez eso pasa por la cabeza de Melquiades acá abajo, en el fondo del lecho del Valle. Tal vez por eso hace mención, en su siguiente comentario, a lo que llama “una usurpación moderna”: la de los comicios presidenciales de 2006.

Es un hecho que “el comentador de noticias” ha terminado la lectura de un texto referente a la solicitud de Margarita Zavala y Felipe Calderón al Instituto Nacional Electoral (INE) para conformar un nuevo partido denominado México Libre.

“¿México Libre? ¿Libre de qué? ¡Ojalá que sea libre de ustedes, par de corruptos!”, pronuncia Melquiades en su segundo comentario del trayecto, al menos para los que se subieron al tren en la estación Hidalgo.

De la estación del sombrerito militar que utilizaron los jóvenes cadetes que defendieron el Castillo de Chapultepec, en 1847, de las hordas del general estadounidense Winfield Scott, el convoy enfila hacia uno de los sitios más castigados, más dolorosos, más simbólicos en los terremotos del 19 y 20 de septiembre de 1985, el Hospital General.

“¡Pero si ese señor y su esposa sólo están obsesionados con el poder! ¡No eran nadie hasta que se robaron la Presidencia de la República en 2006! ¡Tan no eran nadie que nunca quisieron medirse con los Cárdenas en Michoacán, ni con Cuauhtémoc ni con ‘Lazarito’, porque sabían que no tenían posibilidades!”

Melquiades respira exaltado. No busca miradas de aprobación o de inconformidad. No busca aplausos ni reflectores. El “comentador de noticias” no quiere likes en Facebook o RT’s en Twitter.

“¿México Libre? ¿Libre de qué? ¡Ojalá que sea libre de ustedes, par de corruptos!”

No busca agradar a nadie ni presumir sus “contactos de peso y de pesos” (no los tiene, ¿como pa’ qué?) para saberse útil en la encarnizada lucha de los protagonistas (o narcisistas) mediáticos.

Melquiades se acomoda la barba enmarañada. Desentume los dedos de los pies dentro de esas lastimeras botas. Acomoda la cobija de lana a cuadros que descansa en los hombros. Alisa el pantalón de mezclilla azul con estampados de tierra perpetua, de aceite viscoso, amarillento, ocre y negruzco. Acaricia meditabundo el papel y la tinta. Prepara la siguiente flecha, el otro arponazo.

Centro Médico. Lugar de cópulas. El verde y el café dan la sensación de asquerosos vértigos. El mal gusto parecía ser la virtud de quienes idearon los colores que identifican las estaciones y Líneas del Metro. El mal gusto arriba y el mal gusto abajo. El mal gusto a los costados, a lo largo y a lo ancho de esta ciudad subterránea, de este laberinto esquizofrénico.

Falta el último tramo de la travesía. Ahora toca el turno de las noticias internacionales. Pasan ya de las nueve y media de la mañana. Acá abajo ya pesa el bochorno, el vaho de los primeros sudores matinales, el espasmo estomacal de la primera comida.

Arriba el inevitable recuerdo. El duelo. El silencio. La manta sobre Eje 3. Ese de la producción de la película Roma, de Alfonso Cuarón, destinada a las autoridades y personal del Centro Médico del IMSS, agradeciendo el apoyo y la cortesía recibidos durante la filmación. El otrora Parque del Seguro Social de béisbol y su función de anfiteatro tras las apocalípticas sacudidas de septiembre del 85. El Multifamiliar Juárez. La fragilidad de la materia. La perpetuidad del miedo. La estancia fugaz.

Venezuela es el tema que aborda Melquiades. El comentario abre con un gancho implacable: “¡Si viera esto Simón Bolívar se moriría de nuevo!”

El trajeado que viaja cerca de las puertas corredizas, frente al “comentador de noticias”, se observa incómodo. Parece que al muchacho del barandal vecino le interesa el tema venezolano. Quita los audífonos de los oídos. Guarda el dispositivo. Observa de reojo a Melquiades y espera el comentario.

“¿Pero qué es lo que quieren estos antipatriotas? ¡¿Una invasión de Estados Unidos!? ¡¿Qué no saben que solamente unidos van a poder enfrentar esa crisis!?”, lanza el viejo indigente cuando la luz de la estación Etiopía impacta de lleno su rostro.

La puerta se cierra con fuerza. Del otro lado, Melquiades continúa la lectura del siguiente texto y en su mente prepara el próximo comentario. El servicio a la comunidad del hombre carcomido por la historia, por el hambre, por el insomnio, por la enfermedad, por la discriminación, tal vez termine en División del Norte, en Zapata, en Coyoacán, en Viveros o hasta Universidad.

Desaparece Melquiades con dirección al sur. El tren en el que viaja es tragado por la oscuridad infernal del túnel, por la caverna de un lago muerto.

En Etiopía siempre llegan los recuerdos de los lectores, de los que aman y abrevan de la historia. En Etiopía se repasa al León Negro del oriente africano, a la Palmera de Addis-Abeba (“La Flor Nueva”), a la antigua Abisinia, al emperador Haile Selassie, al libro sobre ese déspota prometeico escrito por el más grande periodista de todos los tiempos, Ryszard Kapuściński.

“En Addis Abeba los perros ladran durante toda la noche; es una ciudad habitada por perros, los de raza y los que se han vuelto salvajes, desgreñados y comidos por los gusanos y la malaria. Me repiten innecesariamente que tenga cuidado: nada de direcciones, nada de nombres, ni siquiera la descripción de una cara, si alto, si bajo, si flaco, si la frente, que sus manos, que su mirada, que sus pies, las rodillas, ya no hay ante quien… de rodillas”.

En Etiopía parece que un pedazo de Melquiades se metió en las entrañas. Parece que el “comentador de noticias” dejó un profundo legado. Al menos en alguien.

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