Mercado de Sonora, entre lo exótico, lo ilegal y lo místico

Por Lucy Ferreira

¡Pásele! ¿Qué necesita güerita? ¿Un amarre? ¿Una limpia? ¿Que regrese o deshacerse del ingrato?

“Un amarre de boca para bajar de peso”,  le responde mi acompañante a la marchanta que nos ofrece sus servicios de hechicería mientras extiende la mano para regalarnos una tarjeta de presentación.

El ambiente viciado, con fuertes perfumes de coloridos inciensos, mirra, copal, el aroma de la parafina y el sebo de las veladoras; los gritos de los vendedores, la prisa de los que llevan mercancía en los diablos y los colores de los santos y las botellas con líquidos raros, jaulas con animales quietos con miradas desesperadas por el encierro. Todo en un pasillo que parece interminable, con apenas un metro de ancho.

Un laberinto de puestos atendidos por gente amable que grita para llamar la atención de los visitantes. Ese es el Mercado de Sonora.

El lugar donde cada uno de los sentidos del cuerpo se activa al mismo tiempo con la misma intensidad, la sinestesia es inevitable en este lugar mágico y caótico.

Monstruo de mil cabezas

Desde hace 60 años los marchantes comercian entre el vaivén de los carros que circulan por la avenida Fray Servando y Circunvalación, en la colonia Merced Balbuena. Este mercado fue establecido en el gobierno del presidente Adolfo Ruiz Cortines cuando Ernesto P. Uruchurtu regenteaba la Ciudad de México.

En sus inicios comenzó como todo centro de comercio, con raíces prehispánicas de los tianguis o mercados ambulantes, y fue hasta 1957 que crearon este “monstruo de mil cabezas”, donde se erigió con dos naves de diez mil metros cuadrados, distribuidos en 404 locales divididos en nueve estrechos pasillos.

Un gigante que nunca duerme con sus 20 mil locatarios y trabajadores, así como más de 10 mil visitantes a diario, según cita el diario El Universal, porque la cifra de visitas varía de acuerdo a la época del año, como en octubre y noviembre, que aumentan las ventas por la gran variedad de diseños y precios de  los disfraces de Halloween.

Desde un salero para la fiesta de la boda hasta un animal exótico se puede comprar ahí. Sombreros, huaraches, ropa casual, adornos, piñatas, películas piratas, muñecos y todo lo que se busque para las “pachangas” lo encuentran desde los puestos de afuera hasta en los pasillos laterales.

Secreto a voces

¿Y para el mal de amores?  También lo hay aquí. Hierbas que se confunden con la magia de la hechicería, donde mujeres y hombres con apariencia nada extraña, sin capas ni sombreros ni varitas mágicas, ofrecen curarlo todo del cuerpo y del alma.  Con amuletos colgando en sus cuerpos y con palabras que convencen hasta el más escéptico prometen cambiar la suerte de quien busca sus servicios.

Desde hace unos años que no se permitían los abortos en el Distrito Federal y fue hasta 2007 cuando la Asamblea Legislativa despenalizó la interrupción del embarazo. Los hierberos han aprovechado este hecho para ofrecer más abiertamente los famosos “tés fuertes” a base de cohosh negro, ruda y angélica, que provocan dolores y la expulsión del feto y, según aseguran, “sin consecuencias”.

Y para los que buscan darse un “pasón”, pero de manera natural, experimentando las distintas sensaciones que la marihuana provoca,  “preguntando se llega al nirvana” o sea, al lophophora williamsii, mejor conocido como peyote o botón de mezcal, que a discreción se vende hasta en 2 mil pesos el kilo. Y no es para todos.

El famoso toloache no puede faltar. Tampoco lo venden tan descaradamente, pero es muy comercial. La planta que enamora o “apendeja”, como dicen los hierberos, que hasta se ríen cuando preguntan directamente por él. El “mal de amores”, “el ojo” o “el aire” son sólo algunos de los “trabajitos” que pueden realizar con sus místicos remedios y sus rezos a los santos que no faltan en estos puestos.

Dioses de la santería o imágenes de santos católicos están ahí presentes, pero quien protagoniza el escenario es la Santa Muerte.

De lo prohibido a lo exótico

No sólo las hierbas se usan para los rituales de los curanderos, también los animales son un medio por el cual se cargan o desechan las energías del cuerpo.  Los gallos invaden los pasillos finales en la nave principal de este mercado. Huevos de gallinas negras para limpiar de los “malos espíritus” y “mala vibra” o, incluso, patas de conejo colgando de locales para el “mal de ojo”.

Uno de los atractivos que tiene el Mercado de Sonora para los compradores de animales es que en este lugar pueden encontrarse desde un perro de raza pequeña hasta una víbora pitón de selvas de Sudamérica.

Aunque la venta de animales debe ser regulada por la Ley de Producción a los Animales del Distrito Federal y la Ley Federal de Sanidad Animal, los locatarios hacen caso omiso, y “por debajo del agua”, ofrecen animales exóticos e incluso en peligro de extinción.

–Te la entrego aquí. Me das la mitad para la guacamaya y te la traigo. Sólo me pagas aparte la jaula para que te la lleves.

Así es la forma en que comercian animales que no se venden legalmente. Por ejemplo, la guacamaya verde está en la lista de “prohibidos”, y en este lugar la ofrecen en 3 mil pesos, con la garantía de que venga en “buenas condiciones”.

–¿Y no hay peligro que me detenga la policía y me metan a la cárcel?

– No señorita, el precio incluye la discreción, pero por eso te la entrego aquí.

La condición de los animales es precaria y el olor fétido invade esta zona del mercado, sin embargo, es todo un espectáculo ver pequeños cocodrilos o tortugas raras en peceras gigantes. La insalubridad y el maltrato quedan olvidados para los compradores que buscan precios más baratos y animales difíciles de conseguir en otros sitios.

Marín Cruz es “diablero” de este mercado desde hace más de 30 años. Comenzó a los 12, cuando su papá lo llevaba a trabajar ahí como él también  lo hacía para mantener a su familia. Ahora, a sus 42 años, Martín dice que el mercado se ha ido transformando y ha perdido lo “tradicional” y “se ha convertido en charlatanería”.

Ya no es lo de antes, ya no hay verdaderos curanderos o los buenos que te echaban la mano, ahora sólo queda doña Esperancita del pasillo 7, que es la que más tiempo tiene con sus hierbas y esas cosas. Ella sí que sabe curar, ya los otros han sido hijos o sobrinos que han aprendido, pero que sólo por vender y ganar hacen lo que quieren y hasta engañan a la gente.

 

La seguridad y confianza

El 2 de mayo de este año tres hombres perdieron la vida en una balacera en la avenida Fray Servando, frente al Mercado de Sonora, al intentar robar una camioneta que circulaba por ahí, quienes murieron fueron los asaltantes, así informó la Procuraduría capitalina.

Sobre el tema de la seguridad, “Martinillo”, como le dicen sus cuates, cree que la violencia se ha desatado más con los asaltos a los marchantes y a los que vienen a comprar, y que ya los famosos “chineros” han dejado de usar su llave y ahora hasta pistola traen.

— Antes venía gente de todo el país. A mí me tocó llevar hace como tres o cuatro años tres viajes con mercancía a un autobús que venía desde Tabasco, y cargaban mucho, y en la última cargada de mi diablo, venía atrás de mí el señor, y cuando llegamos al autobús me di cuenta que no estaba, y lo esperé más de una hora, luego, empecé a escuchar que le habían disparado a alguien a la vuelta y encargué el diablo y fui a ver. Pues era el don, que lo quisieron asaltar y le pegaron un tiro. Creo que por eso muchos han dejado también de venir.

Según datos de la Secretaría de Seguridad, en lo que va del año los delitos de  robo y homicidio en la delegación Venustiano Carranza han aumentado 3.1 por ciento, y uno de los puntos de mayor índice de estos se ubica en la zona Merced-Sonora, en específico, el callejón de San Nicolás, en la parte posterior de este mercado.

Es el Mercado de Sonora un lugar donde no se necesita ser un cazador de ofertas para comprar barato, porque bonito y bueno depende del gusto y la exigencia de cada quien.

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