#Metoo y las niñas


Por Mara Montes Margalli

 

Cuando surgió el #MeToo y las denuncias de actrices estadounidenses, la mayoría de mi burbuja urbana progre aplaudió. Han pasado ya semanas desde la aparición del #MeTooMx.

Conforme se fue acercando la lupa a nuestros espacios y afectos, vicómo poco a poco hemos ido tomando distintas posturas hacia las denuncias, hacia el movimiento, y hacia el feminismo. Y de pronto, terrible, un golpe duro a toda nuestra generación: nos enteramos, casi en tiempo real, del suicidio de Armando Vega Gil. Fue un ser admirado y querido en muchos de nuestros espacios.

Llegó a las redes una tormenta de opiniones y de ideas; me imaginé teclados golpeados intensamente por los dedos de mis amigas y amigos, pero sobre todo ellas, tratando de acomodarse una explicación que diera cause a su pérdida, a su desconcierto, a su dolor.  Tengo clara mi postura y sé que hay muchas aristas y muchos matices para algo tan complejo como el fenómeno del

 Yo no había logrado articular del todolo que sentí, no había logrado escribir nada al respecto, excepto un muy viceral párrafo que me arriesgo a compartir a continuación. Lo hago ahora precisamente por algo que sucedió después en el espacio de mi maternidad. Ya verán:

Hoy, con mucha fuerza, recuerdo el alivio que sentí el día que mi tío se murió. Nunca dije nada en mi casa, nunca tuve claro lo que había pasado y me apenaba la posibilidad de haberme inventado una historia. Sólo sabía que un día, de la nada, el esposo de mi tía, cuyas visitas a la ciudad me daban tanta alegría, (el tío de los chicles, lo llamábamos, pues en nuestra casa estaba prohibidomascar chicle), me tocó entre las piernas cuando nos quedamos solos en su recámara, y me hizo sentir terriblemente incómoda. Recuerdo que me quité, que simulé que nada había pasado, probablemente por más de 30 años. No le dije nunca a nadie, hasta el 2016, cuando el hashtagMiPrimerAcoso me armó de un valor colectivo y escribí algo al respecto. Hoy que un hombre se quitó la vida, recuerdo el alivio de saber muerto a aquél que invadió mi cuerpo, rompió mi confianza, trasgredió la intimidad que mi familia le compartía.

Me avergoncé un poco de esa alegría, porque no eratal. Era alivio, nada más, pero también nada menos. Y luego, a procesar, acompañar, entender, discutir, respetar y tratar de tender puentes, porque poco nos dura la paz cuando el sistema sigue perpetuando el derecho a violentar a las mujeres, a las niñas.

..

2 de abril, 2019. Mi hija de 9 años salió con una amiguita de la escuela. Terminando su clase de arte, me contaron que con su maestra tuvieron unaconversación sobre el tema del Metoo. “¿Sabías que un señor, un escritor, músico creo, se suicidó porque una mujer de treinta o cuarenta años dijo que cuando ella era adolescente, o sea, hace años, él la miró de manera incómoda? ¿Y que él se había quedado ya sin tres trabajos, porque ella dijo que había pasado eso, pero lo dijo apenas hace unas semanas? ¿Sabías que ahora un niño de nuestra edad se quedó sin papá por eso?” Sí, pobre chiquito.

No sólo la pérdida del padre, sino en medio de tanta opinión, tanta exposición, atiné a responder mientras me cuidaba de recoger discretamente mimandíbula de mi regazo.

Manejaba y pude compartirles que yo pienso que decidir quitarte la vida tiene razones mucho más profundas que sentirte acusado injustamente. Traté de que me contaran lo que había sucedido en su salón de clases.

Resulta que la maestra, como mucha gente de nuestro entorno, fue amiga de Armando Vega Gil. Esta mañana hablé con ella, y me pareció un tono mucho más sensato que el que percibí por la crónica de las niñas.

Están revisando noticias actuales y el tema estaba sobre la mesa. Sin embargo, ayer estas dos pequeñas y otros amiguitos suyos de 4º de primaria que admiran a su profesora, parecían ya haber decidido acomodar a la denunciante en el lugar de la irresponsabilidad y la venganza. Pasamos el resto de la tarde hablando de la importancia de creerle a las víctimas.

De la posibilidad de la falsedad en las denuncias, pero también de la estadística que comprueba que es unmuy pequeño porcentaje. Del valor que se requiere para hablar de algo que sucedió hace muchos años, talvez antes de que supieras que estaba mal lo que te pasó.

Vi los ojitos brillantes de estas niñas ansiosas de aprendizaje, de vida, de respuestas, y tuve que medir qué tanto quiero hablar con ellas de la posibilidad de que vivan algún tipo de violencia por ser mujeres, por ser niñas.

Pensé en unos segundos que la evidencia y los números van contra mis esperanzas de que nada les pase jamás. Hablamos de quiénes tienen más acceso al poder, a las redes, la voz más alta en esta sociedad. Qué tanto valor requiere una voz de niña para decir lo que le pasó. Qué tiempo puede tomar atrevernos a decir algo que nos da pena, que no entendemos, o que nos avergüenza.

No pude más que concluir diciéndoles que si ellas un día sentían la necesidad de contar algo que les hubiera sucedido, sin importar el tiempo transcurrido, yo les iba a creer. Y las iba a acompañar. Y eso es lo que merece cualquier víctima. Aún si el agresor es familia, amigo, ser querido.

No estoy sentenciando a la culpabilidad ni a Armando Vega Gil, ni a ninguno de los acusados; si no conozco el caso de cerca, poco puedo opinar.

Sé que la historia y lo que puedo observar me ayudan a tener una postura que se va aclarando.

Estoy convencida de que hay muchas más, tan variadas como la forma en que recibimos la información.

Y sé, sobre todo, que la forma en que acomodamos los afectos nos permite percibir y digerir una realidad cada vez más compleja de manera muy personal. Responsable también, espero.

Related posts