Microrrelatos

Por Karenina Díaz Menchaca

 “Cuidado y te salgas de casa”, gritó. Me subí a la bicicleta. Mis piernas pedaleaban como las brocas de un taladro. Huir, huir, a donde sea. Llegué a pie de carretera, el autobús era un oasis a lo lejos. Si la montaña no va a ti, tú ve a la montaña. Lo abordé, no había nadie, recosté mi cabeza en la ventanilla, sin más, dormí.

Desperté, seguía ahí, bajé, mi bicicleta deshecha, ni pistas del miserable culpable. Rodeé el autobús. Nada.  La luna. La noche. Bolas de fuego. Susurros. Colmillos. Piquetes. Ardor. El amanecer. Mi madre.  Sus sollozos. Sus manos golpeando el suelo. Sus rezos. Quería tocarla. Algo me jalaba hacia arriba. Pero también seguía junto a ella. No me escuchaba, y seguía elevándome. Comprendí que yo ya estaba dividido.

 

 

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Lo encontré en ese pueblo donde las calles eran nombres de ángeles. Los oriundos hacían anotaciones en cuadernillos. Nunca pronunciaban el nombre de alguna de esas calles. Un día dije: Lucifer y llegó inmediatamente. Le reclamé: eres un idiota, me quitas todo lo que quiero.

 

  • Tú no te mereces nada.

 

  • Yo nunca he matado, ni cometido adulterio, sólo se me hizo fácil robarme una manzana.

 

  • Estúpido, esa manzana no era para ti, era para ella.

 

  • ¿Y entonces? ¿Qué hice mal?

 

  • Pues tendrás que vivir con útero y vagina, así que no me invoques cuando llegue tu primera menstruación.

 

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