Mo Yan, La República del Vino

Por Rivelino Rueda.

Paladear la carne casi viva de un niño es más suculento que cualquiera de los manjares exóticos que uno se pueda imaginar. El planteamiento sin duda provoca e irrita. Da náuseas.

Pero si ese platillo se acompaña con el más delicioso de los licores, el más inverosímil que se haya descubierto, el llamado Licor de Mono, el resultado no es la cumbre de la experimentación culinaria o de la enología, simplemente es la degradación más profunda del hombre.

En La República del Vino, el escritor chino Mo Yan, Premio Nobel de Literatura 2012, crea precisamente eso, un ambiente de provocación, irritabilidad y asco de la aberración humana, pero también de curiosidad, embeleso, apetito insospechado y embriaguez absoluta.

Una frase marca la ruta de esta novela, unas cuantas palabras que remueven las entrañas y, a la vez, atrapan, hipnotizan:

“Una chica de rojo apartó el cactus de en medio de la mesa. Entonces otras dos chicas de rojo entraron con una gran fuente en la que estaba sentado un niño asado que desprendía un aroma irresistible”.

A partir de una encomienda al mejor elemento policiaco de la Procuraduría General de la República Comunista de China, Ding Gou’er, quien tiene la tarea de investigar el supuesto canibalismo de infantes por parte de las cúpulas del poder en la Tierra del Vino y los Licores –y quien no resulta más que un borracho empedernido, que saca todas sus miserias humanas en esa región, e incluso también consume la carne de infantes en una inverosímil ingesta de alcohol–   el novelista va tejiendo alucinantes historias.

De hecho, Mo Yan es un protagonista pasivo en esta narración. El escritor se involucra en un intercambio epistolar con un aspirante a novelista , Li Yidou, estudiante de doctorado en la Universidad de Destilación en la Tierra del Vino y los Licores, quien es realmente el que construye la historia con los trabajos que le envía.

Los textos de Li Yidou calan hondo. Revuelven el estómago y a la vez amplían horizontes. Hablan de enanos ambiciosos, de platillos suculentos, como sopa de nido de golondrina o penes fritos de burro. Del sufrimiento animal, de hombrecillos azules con escamas, de ataques de locura por descubrir el más exquisito de los licores…De la obstinación humana por descubrir sabores nuevos, como una carne más suave que el lechón, la carne humana, la inocente carne humana, la de un niño, que es vendido por sus padres para aligerar el hambre, para calmar la pobreza.

El realismo mágico latinoamericano de las décadas de los cincuenta y sesenta aparecen en la escritura china seis décadas después, en otros ambientes y en otras circunstancias.

“Cogió un trocito de brazo con los palillos, cerró los ojos y se lo metió a la boca. ‘¡Guau, dios mío!’ Sus papilas gustativas dieron saltos de alegría al unísono, los músculos de su mandíbula se torcieron, y una mano salió de su garganta para agarrar el trocito de comida y llevárselo al interior de su estómago”.

 

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