Monarca

Por Luz María Aguilar Vallejo

 

Foto: Mónica Loya

 

En la esquina de un lugar anónimo, María veía la lluvia caer pero no le tocaba la piel. Tibios humos de fritanga le abrazaban la nariz sin alojarse dentro de ella. Bailaba el viento a la par del acervo de hojas de aquél septiembre.

 

Pequeñas flores se acumularon en su delgado cabello pero en ningún momento sintió su adorno. Ruido. Ruido. Silencio. Silencio. No escucha. No ve. Ella es mujer, pero no se siente una. Mujer. Mujer. Mujer. La vida pasa y ella no la ve. Esperen… esperen… María está escuchando un recuerdo, mientras coloca su dedo índice detrás de la última muela derecha.

 

En un nuevo lugar anónimo, en un día del lejano pasado, María cumplió diez años. No recibió regalo alguno. No. Obtuvo algo mejor: un pequeño conocimiento, herencia de Monarca, su madre.

 

Para María “hogar” era aquel espacio donde se encontrara Monarca y Ojita, su perra criolla, pero en su décimo cumpleaños Ojita no vivía más. Era el primero que María pasaba sin ella. En su lugar, se encontraba Linda, una pollita de feria que su madre le había comprado tiempo después de que la perra muriera. Entonces, ese día Monarca tomó entre sus manos a la pollita que se encontraba dormida en un viejo zapato y, llenando de besos la cara de María, que fingía estar en el más profundo de los sueños, le deseó feliz cumpleaños.

 

Tuvieron un desayuno lleno de texturas y temperaturas: tocino crujiente, frijoles refritos, pan tostado con natilla, café azucarado, licuado de fresa y mango en un gran vaso transpirante,  huevos duros, affogato de vainilla y de chocolate, pastel de cardamomo, verduras fritas con pimienta, jugo de mandarina, torrejas de pan repletas de canela y plátano. Y para Linda: semillas de girasol recién tostadas. Desayuno. Felicidad. Amor. Hogar. Todo está bien.

 

Casi al final del banquete, cuando el feliz par estaban apunto de reventar, Monarca llenó los vasos casi vacíos de jugo de mandarina y le pidió a María que a partir de ese momento, fuera su reflejo.  Bebieron jugo hasta que se les llenaron los cachetes, jugaron con el como si fuera enjuague bucal. De un lado a otro. De este lado para el otro. Bien agitado. El ritual estaba empezando. Se levantaron de la mesa y con aire infantil se sentaron debajo de esta, sin olvidar a la pequeña pollita que se acomodó apacible en el decénico muslo de la niña. Madre e hija no dejaban de sonreír. Linda parecía también hacerlo.

 

Después de algunas cosquillas detrás de las orejas y chillidos de alegría debajo de un mantel de flores, Monarca le compartió a María el más grande regalo de vida. Mirando con ojo profético a su niña, puso su dedo índice cerca de la nariz de su hija y después de una sonrisa pícara, colocó su dedo detrás de la última muela derecha, la frotó un poco, para enseguida sacar su dedo, ahora, con la punta  viscosa, llena de masillas blancas olorosas.

 

Acercó las masillas a su nariz e hizo un gesto de vergüenza por el fétido olor que desprendían  y en seguida ahondó su dedo en las redondas, pequeñas, virginales… fosas nasales de su hija, que recibió dicho olor con una mueca y piel de gallina. Monarca se echó a reír pero le ordenó a María repetir lo que le había visto hacer. María estaba dubitativa. Confiaba en su madre pero ¡carajo, no quería oler tremendas masillas! Finalmente obedeció. Realizada la tarea ambas asintieron.  

 

—Incluso en las más bellas sonrisas, existen masillas — dijo Monarca— . Quiero que guardes lo siguiente en tu memoria: hoy tuvimos el mejor desayuno de nuestras vidas, cocinamos, comimos con las manos, no usamos servilletas, tostamos semillas. Tenemos  una pollita muy amorosa y orgullosa con nosotras. María, hoy celebramos tu cumpleaños. Tú, Linda y yo, somos familia, nos queremos, nos apoyamos. La vida puede ser benévola pero también maligna o puede ser maligna y volverse benévola.

 

—Ojita ya no está con nosotras. Mamá, ella era muy buena. — interrumpió María—

 

—Ojita fue víctima de un mal momento, mi amor. — respondió Monarca— Eso es algo que quiero que entiendas. Que tengas presente. Una buena vida, en algún momento tendrá malicia y, una mala vida en algún momento tendrá benevolencia. Nada es absoluto, nada es permanente y por eso, debes ser fuerte. Inteligente. Estar presente, ser consciente de dónde estás, por qué, para qué y con quién. Hija, quiero que abraces este momento que pronto será un recuerdo, pero mientras esté vivo abrázalo, disfrútalo, porque tal vez y solo tal vez, en el próximo minuto caduque la benevolencia. Debes estar preparada para todo, en las más bellas sonrisas hay masillas,  en las mejores vidas hay tragedias. Debes abatirlas, para regresar al lado de vida que mereces… que es este, en el que te encuentras hoy. Con Ojita, sin Ojita. Conmigo, sin mí. Lucha por permanecer aquí. ¿De acuerdo?

 

—Sí mamá. Quisiera que Ojita estuviera con nosotras.  

 

—Yo también hija, yo también. — dijo Monarca— Apretando sus ojos, para evitar sin éxito que lágrimas salieran por sus ojos.

 

Monarca, encontró a Ojita en un profundo charco de lodo apunto de ahogarse. La rescató, la llevó a casa, bañó, cepilló, secó y cobijó. Desde entonces, jamás se separaron. Confiaban la una en la otra y, cuando nació María, Ojita fue la mejor perra guardián no certificada del mundo. Le ayudó a dar sus primeros pasos, le limpiaba las lágrimas cada vez que lloraba y le calentaba los pies en el invierno.

 

Ya era una perra vieja. Todos pensaban que los años en cualquier momento la jubilarían de la vida. No fue así. No murió con dignidad pero sí con valentía, protegiendo lo que más amaba.

 

El lugar donde encontró Monarca a Ojita, era un campo lleno de lodo, propiedad de nadie. A simple vista parecía un lugar tenebroso, la vida no existía, era la puritita muerte. Sin embargo, era el sitio favorito de Monarca para pensar, sentada en una gran roca, que la mantenía a salvo del lodazal, dedicaba las horas a meditar, pero con Ojita , todo cambió, la perra lloraba y se congelaba en el momento en que se acercaban en lo que pudo haber sido su lecho de muerte. Entonces, Monarca llegó a la conclusión de hacer un campo, donde Ojita pudiese olvidar aquel día tan triste.

 

Así que todos los días por cuatro años se dedicó a plantar tréboles rojos, hasta crear el campo más grande que jamás existió de esta planta. Ojita ya no tenía miedo.  Se dedicaba mañanas y tardes enteras a correr a través del campo a lado de su mejor amiga, Monarca. Eran extremadamente cuidadosas de nunca lastimar a las frágiles plantas, eran vida igual que ellas. Se había creado un nuevo ecosistema, ya no existían los charcos de lodo que mataran cachorros, ahora, en cierta temporada del año, llegaban mariposas al campo, se alimentaban y descansaban en los tréboles y las más valientes se posaban en el pelaje de Ojita, que se quedaba muy tiesa al sentir el tacto de las monarcas, se sentían seguras, sabían que no les pasaría nada.

 

El último día que Ojita visitó el campo, fue el último día de su vida. Había estado corriendo por horas entre colores rojos y verdes, sintiendo el suave pasto entre sus patas y su lengua de fuera golpeándole la cara en cada carrera. Siendo las nubes los máximos testigos de aquel momento lleno de ventura. De regreso a casa,  Magno el progenitor de María, se encontraba sentado en la sala, era un buen padre, un esposo ordinario, correcto, bastante aburrido, entregado a su trabajo. Un sujeto aparentemente normal, sin embargo, por alguna razón que nunca se conoció, llevaba dos meses comunicándose a base de monosílabos, nadie sabía el por qué de su comportamiento. Pero, ese día todo cambio.

 

María besó a su padre en la mejilla. Monarca la ceja izquierda. Luego, María y Ojita emprendieron una carrera al baño, era hora de limpiar el cuerpo. Monarca las vio subir las escaleras, para después sentarse en las piernas de su pareja. Lo llenó de besos y palabras empalagosas. Magno, no reaccionó. Sin previo aviso se levantó del sillón, haciendo caer abruptamente a Monarca. La miraba con rabia. Monarca no entendía lo que pasaba. Después de una larga pausa Magno habló:

 

—Te voy a matar.

 

Tomó a Monarca del cuello.Comenzó a golpearla. Monarca gritaba con desesperación con cada golpe que le brindaba Magno, la tenía sometida. En eso, Ojita bajó las escaleras y en defensa de su dueña, vorazmente mordió el brazo del hombre. Magno soltó a Monarca y está inmediatamente fue a buscar el teléfono para pedir ayuda. Magno seguía en batalla con Ojita, pero era una perra ya muy vieja, al poco tiempo Magno la dominó.

 

La tomó del cuello, tal como lo había hecho con Monarca unos minutos antes, se dirigió al porche, agarró una cuerda que utilizaba su hija para saltar y la ató al cuello de la perra, dejándola como péndulo en el techo. Ojita seguía rabiosa a pesar de que los bruscos movimientos le minimizaran la vida con mayor velocidad. Magno, miró burlón al animal y se acercó a su hocico en son de victoria, pero no calculó bien la distancia y Ojita alcanzó a desgarrarle la nariz con sus colmillos amarillos.

 

La bestia aulló de dolor y le dio un puñetazo a la perra que por unos instantes quedó inmóvil. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio.

 

—Papi, papi, suelta a Ojita, la estás lastimando, déjala —gritó María con lágrimas en los ojos— ¡Es mi amiga!

 

Ojita empezó a retorcerse y a chillar, lo cual colerizó aún más a Magno de lo que ya estaba, entonces, después de un monstruoso grito Magno sacó una pequeña pistola de su bolsillo; apuntó con ella la cabeza de María y después a la  de la perra.  Monarca apareció en la escena tomó a María en sus brazos y giró para que no viera lo que estaba por suceder. Magno disparó, reventándole el hocico a Ojita. Pausa. Escucha. Vino otro disparo, ahora en el ojo izquierdo de la perra. Sangre. Silencio. Silencio. Regresa. Empiezan los gritos.

 

—¡La mató, la mató, la mató mamá! — chillaba María— mientras la sangre de lo que alguna vez fue un ser vivo, le recorría la espalda a Monarca, que tenía los ojos bien abiertos.

 

Sirenas se acercaban y con su acercamiento se pintaba la noche de luces rojo azul.

 

—¿Llamaste a la policía, estúpida? ¿Los llamaste? —gritó colérico Magno, mientras tomaba del brazo a Monarca.

 

La iba a matar. Le apuntó con la pequeña pistola, pero esta no disparó. Magno explotó en una carcajada. Maldito loco. Le aventó el arma a la cara a Monarca y segundos después llegó la policía. Lo esposaron y Magno le dirigió unas últimas palabras a Monarca.

 

—Eres una perra y como una perra te vas a morir, ¿oíste?— Apuntando con la nariz  a los restos de Ojita.

 

Al día siguiente, aparecieron los vecinos que se encontraron ausentes la noche anterior. Daban gracias a Dios de que las dos mujeres estuvieran vivas.

Monarca no escuchó nada de lo que aquellos cobardes hipócritas le decían.  Tenía otros planes. Debía desaparecer. Detuvieron a Magno, pero sabía que no estaría en la cárcel mucho tiempo, no las había matado. Los “sustitos” de asesinato, no son castigados, menos la muerte de un animal. Magno estaría encerrado poco tiempo, tal vez algunos meses. Regresaría.

 

Con manos temblorosas y llena de dolor, empacó sus cosas y las de María. Borrón y cuenta nueva. Nadie las encontraría…se irían a vivir al campo. Muy cerca de los tréboles rojos. En poco tiempo, llegarían las mariposas y con ellas, vendría el olvido. Al menos eso deseaba con todo su corazón.

 

Por tiempo incontable Monarca no durmió, sólo se dedicaba a colocar su dedo índice en la última muela mientras la mirada se le perdía a través de la ventana. Monarca no se atrevía a ver las masillas. Le tomó tiempo completar el ritual.

 

La vida se había apagado, después de  aquel día tortuoso. Hasta que María desde la gran roca, miró a una diminuta mujer con una caja casi de su tamaño acercarse al campo.

 

—Buenos días chamacas— saludó la mujercita.

 

—Buenos días— contestaron las dos.

 

—Oiga, damita, ya se acabó la feria del pueblo, me faltaron dos pollas por vender, ¿gusta comprar alguna para la niña? — dijo la anciana, dirigiéndose a Monarca, suplicando la compra.

 

María, se acercó a la caja que traía la señora. Había dos bolitas de plumas rosadas dentro de ella. Una yacía inerte y la otra levantó el piquito tímidamente para mirar los ojillos que la observaban. La niña tomó ambas bolitas con las manos.

 

—Queremos las dos— dijo María. Sin consultar a su madre.

 

—Deja a la otra, ya está muerta. —Replicó Monarca, mientras sacaba unas monedas de su bolsillo.

 

—Está muerta, pero merece un buen entierro.

 

Monarca le pagó a la señora el precio de las dos pollitas, sin reparar en que una ya estaba más dura que un pedazo de carbón. La señora siguió su camino.

María hizo un pequeño pero profundo agujero en el campo rojo y enterró a la pollita, ya helada de muerta.

 

—Adiós pollita — dijo en voz muy bajita María.

 

Monarca observaba la escena, pero tuvo que darle la espalda al entierro para cubrirse la boca, para que su hija no se percatara de su llanto.

 

—Te vas a llamar Linda, porque eres muy bonita. —dijo María mientras con un trapito húmedo trataba de quitarle el colorante de las plumas a la pollita. Monarca la miraba ejecutando la tarea pacientemente. Luego, miró a la ventana para colocar su dedo índice en la última muela. Uno, dos, tres…la frotó un poco, apretó los ojos para mirar las masillas blancas de su dedo y las olió. Terminó el ritual.

 

—Hija, trae a Linda. Hoy vendrán las mariposas.

 

La pequeña familia, salió al campo nuevamente, se sentaron entre los tréboles que cubrían sus frentes. Esperaron y volvieron a esperar. Nada.  No llegó ninguna mariposa. Era la primera vez en veinte años que las mariposas no hacían su aparición, Monarca las conocía bien. ¿Por qué no estaban ahí?

 

—Hoy deberían haber llegado.—pensó Monarca—, mientras un nervioso escalofrío le recorría los huesos.

 

—Mamá, ¿dónde están las mariposas? No las veo — preguntó desesperada María.

 

—Están esperando el momento oportuno para aparecer, pronto estarán aquí. No tardarán.

 

Las mariposas no llegaron ese año. Junto con su ausencia el olvido que tanto esperaba Monarca, tampoco se presentó.

 

—Cuando te diga que vengas al campo, ven al campo. No importa la hora, el día o en el lugar en el que te encuentres. Debes hacer todo lo posible por llegar hasta aquí, justo en el centro. ¿Entiendes? 

 

—Entiendo mamá. —respondió María.

 

Mientras una suave brisa soplaba elevando algunos pétalos de trébol por el cielo. El sol se estaba ocultando.

 

Monarca, se despertó una mañana oscura. En cada exhalación empañaba  un pedacito de ventana que se encontraba frente a ella, recogiendo con su inhalación posterior el paño que había provocado segundos antes. Era un jueguito que la entretenía bastante. Estuvo así unos minutos hasta que los primeros rayos de sol aparecieron. Era el cumpleaños de su hija. Le enseñaría un ritual que la acompañaría a lo largo de los años y ese día coincidiría con el inicio del olvido.

 

Buscó masillas detrás de sus muelas, sus dedos estaban limpios. Miró su reflejo en la ventana y se dirigió al cuarto de María. Feliz cumpleaños hija. Besos. Muchos besos. No olvides correr al campo.

 

Monarca empezaría a olvidar. Magno no regresaría. Estaba en el lugar correcto, no le faltaba nada. María, Linda y Monarca. Ni más ni menos. Ese día todo fue felicidad, comieron hasta reventar, tostaron semillas, se sentaron en el fresco pasto, vieron el atardecer, intentaron enseñarle a Linda a volar. No lo lograron.

 

De regreso a casa hicieron un pequeño refugio a base de almohadas, sábanas, colchas calientitas, prendieron velas con aroma manzana- canela y contaron historias heroicas de Ojita, una perra milenaria que había enfrentado el peor de los monstruos y de una pequeña pollita rosada que había sido creada por flores y mariposas invisibles. Estuvieron despiertas hasta que la última vela se apagó y el arrullo de un fuerte abrazo las durmió.

 

A la media noche, un silencio profundo despertó a Monarca, María estaba dormida. Alguien se acercaba, lo sabía. Entonces, tomó a María entre sus brazos, la besó, la besó y la cobijó en su sábana favorita, después la llevó al campo que por las altas horas de la noche permanecía dormido, casi muerto. Descalza, Monarca regresó a la casa, ya la estaban esperando.

 

María sintió como su cuerpo se iba enfriando en la intemperie, eso fue lo que la despertó. Abrió los ojos y lo único que encontró fue la noche, Linda estaba a su lado.

 

—¿Mamá? — dijo en voz queda la niña— tomando con ambas manos a Linda, mientras se acercaba a la puerta trasera de la casa. Cuando estaba apunto de abrir la perilla, Linda saltó de las manos de su dueña y se plantó frente la puerta, María se inclinó para volver a colocarla cerca de ella, pero escuchó un golpe detrás de la vieja puerta, acercó su cara un poco más a ella…gritos. Rabia. Era su madre, siendo ahogada en la sombra de su padre. 

Miró a través de la ventana y pudo ver los ojos de su madre, viéndola directamente. Entendió la señal. El campo. Debía correr. Magno se percató de la mirada de Monarca. María, fue rápida en pocos segundos ya estaba entrando al campo, así que cuando la mirada de su padre estaba a punto de cruzarse con la imagen de su hija, miles de mariposas, empezaron a desprenderse como pétalos en un fuerte viento del aquel simbólico campo que había plantado Monarca. Dándole protección a dos indefensos seres.

 

Las mariposas siempre habían estado en el campo, pero se habían acumulado, bien escondidas, esperando el momento  adecuado para aparecerse. Los seres  se volvieron infinitos, volando y borrando la imagen de la niña, hasta que el día nació, después nada.  No había nada. La casa había desaparecido.

 

Monarca había muerto.  María corrió con Linda al lugar donde, un día antes había celebrado su cumpleaños.

 

—¡Mamá! ¡Mamaaaaaaaaaaaaa……! ¿Dónde estás?— gritó María— su cara se tornaba de un color rojo fuego y el corazón se le hacía carbón, mientras con sus pequeños puños buscaba entre el lodo que se había formado a sus pies, restos de lo que un día había sido su hogar.

 

No encontró a Monarca.

 

Por años, María mantuvo su dedo índice detrás de la última muela, sin ver las masillas. Pero ese día, el día que la lluvia no tocó su piel, el día que no sintió el adorno de las flores en su cabello y que los tibios humos de comida no entraron a su nariz.

 

Con mucho dolor miró su dedo llenó de putrefacción, se limpió las masillas en su pantalón para después mirar un ave blanca a sus pies. Se actualiza la cólera. Se despierta la rabia. Ambas se miraron. Sabía lo que significaba completar el ritual. Caminaron a través de la lluvia, María mantenía su dedo índice apuntando al cielo, mientras otras mujeres se le unían en el camino y miles de mariposas comenzaban a emerger en el cielo.

 

Monarcas, son aquéllas que no están, pero aquí siguen a través de nosotras que llevamos el dedo índice limpio después de deshacernos de las masillas. Monarcas son aquellas que ya no están pero gritan a través de silencio de las mariposas. Las escuchamos. Aquí están, y sus alas retumbarán en el cielo hasta ser encontradas. Todas somos monarcas y todas volamos al campo. Cargadas de muerte para lograr prolongar la vida. Emerger campos a pesar del lodo y proteger a las presentes. Mujer. Monarca. Presente, pasado, futuro. Somos todas. Pronunciaba María mientras subía al campo.

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