El niño de la quinta fila, el que enfrenta la muerte con sonrisas

Por Alejandra Rojas

15 de diciembre, 2014.

Su mirada es profunda. Tiene ojos pequeños con un resplandor que está por apagarse. Su sonrisa es sincera. Tiene una dentadura perfectamente cuadrada y esa sonrisa sobresale del quinto lugar de la fila. Casi al final. Escondido detrás de la espalda de su compañero y los treinta restantes que lo cubren desde el escritorio.

Su timidez es notoria, pero en su silencio lleva ocultas las ganas de estudiar. No ha llegado a clase desde hace dos semanas. Su piel es morena y aquellos cabellos necios azabache que se paraban en su cabeza. Verlos  era como decir ¡Presente! ¡Aquí estoy!

18 de diciembre de 2014

“Mi mamá está muy enferma. Está desde hace dos semanas en el hospital. Yo la vi muy mal”. Lo dice y la sonrisa tierna, inocente, segura, no se borra de su boca. Se ríe como burlándose de la enfermedad, paralizando a la muerte.

Mis hermanos y yo nos turnamos para cuidarla –recuerda. Como yo soy menor de edad no puedo entrar a verla, pero ayudo en la casa, por eso no he venido. Mi mamá está muy mal. Lo repite y el dolor lo borra con una sonrisa. Aunque la muerte no está conforme, el muchacho de 14 años la enfrenta con una sonrisa.

“Vine porque ya falté mucho a la escuela y a mi mamá no le gusta que falte, por eso vine, porque no quiero perder el año”. Sus ojos reflejan lo que ya dijo. Su mamá está grave en el hospital y la muerte se para a su lado.

Es diciembre. Épocas supuestamente de amor, felicidad, fiestas, fuegos artificiales, música, gente, estruendo, carcajadas, abrazos. El año nuevo, la vida, la esperanza y ni siquiera él sospecha que el año empezará con la muerte de por medio.

7 de enero de 2015

El día es frío, gris, denso, parcialmente nublado. Al cielo le cuesta salir entre las nubes, pero esos débiles rayos confirman que es de día.

Está sentado, con la mirada perdida entre sus hojas. Se está acomodando y cruza su mirada, sonríe y el murmullo de los otros se pierde en  la conversación, para escucharlo letra a letra: “Estuvo entubada muchos días, ya sufría demasiado”.

Las palabras que le digo no llenan su vacío. Vale de poco escribirlas. Sonríe y dice: “Sigo aquí porque no pasa nada. Mi mamá está conmigo”. Sus ojos no se apagan, siguen brillando. Sus cabellos necios me dicen ¡Presente! ¡Aquí estoy! Su sonrisa sigue combatiendo a la muerte.

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