Nuestra sonrisita chilanga de imbéciles tras el sismo que no fue

Por Rivelino Rueda  

Otra vez con la sonrisita de idiotas. De esas que pone uno para dar la impresión de que se está tranquilo, de que todo está bajo control.  La alarma sísmica nos desnuda a los capitalinos, nos paraliza, nos recuerda lo frágiles que somos. 

Pero la realidad es que, por alguna extraña razón, a muchos chilangos los músculos de la cara se nos contraen de tal forma desde el primer zumbido cataclísmico que, la histeria disimulada, el colapso del sistema nervioso, derivan en un gesto estúpido parecido a la parálisis facial.  

Una alerta sísmica en la Ciudad de México, con un temblor imperceptible, es una catástrofe bíblica, un pase automático al insomnio, el pánico incontrolable por el simple paso de un camión de carga, el tragadero interminable de uñas y cutículas durante unas semanas, la pesada paranoia por la leyenda del “gran terremoto” que vendrá de las costas de Guerrero.  

Dos alertas sísmicas en el Valle de México, con una diferencia de 12 horas –sobre todo para los que vivieron los terremotos del 19 y 20 de septiembre de 1985, y del 8 y 19 de septiembre de 2017–, para salir despavoridos a calles y avenidas, y encima de todo enseñar nuestras múltiples miserias, y luego enterarse que fue una “falsa alarma”, un “error humano”, un “usted disculpe”, es un empujoncito a engrosar los bolsillos de los cardiólogos, los psiquiatras y los gastroenterólogos.  

Nadie puede presumir que estaba en sus cabales. Todos, de nuevo, mostramos esa mueca de imbéciles pulverizados por el pánico atragantado en la panza. En el sismo real, imperceptible, el de la noche del viernes 19 (otra vez ese número diecinueve que nos persigue en nuestro calendario telúrico), y en de la mañana del 20 de marzo, el de la «falsa alarma», el del encabronamiento colectivo. 

“¡Quién chingados está jugando con esas madres!», grita colérica la vecina que nadie sabe que existía. El vecino cábula comenta que seguramente era el turno de Homero Simpson en el C5. 

Humores etílicos de las ocho de la mañana. Eructos por una noche intranquila. Flatulencias de organismos que asimilan un despertar abrupto y un miedo atravesado en las tripas. Lagañas en lagrimales y pestañas. Baba fresca en cachetes y labios. “¡Puta madre!” “¡Se me hace que este sí va a ser el bueno!» 

Los pijamas de concurso. Las de la sincera simpatía partidista o las de campañas políticas de otros tiempos. La sonrisita de idiotas que busca atragantar la histeria. El eterno esperar de la primera sacudida. “¿Será como el del 85 o como el de 2017?» La sonrisita de imbéciles que espera el cataclismo final. 

“¡Ah caray, ya pasó mucho tiempo y no tiembla!», se anima a decir alguien con la voz aguardentosa que caracteriza a los condenados a muerte. “¿No será este de Juchitán, de 3.7? Es el último que marca la cuenta de Twitter del Sismológico Nacional”, comentan por allá, en un grupito de vecinos que de plano olvidó la sana distancia, el tiempo pandémico que apenas celebró su primer aniversario en México. 

Por acá el que cree sabérselas todas. Igual, con una monumental sonrisita de imbécil: «Hay que recordar que el último fuerte, en junio del año pasado, que tuvo epicentro en Oaxaca, tardó dos minutos en lo que sonó la alerta sísmica y en lo que comenzó a temblar. Mejor esperemos». 

Los vecinos que escuchan eso optan por regresar a sus casas, a sus departamentos. «El Bigotes», el presidente barrial, coludido hasta las manitas con el gobierno panista de la alcaldía Benito Juárez, reprocha a la oposición morenista en el gobierno capitalino: “¡Con una disculpa se nos va a quitar el susto!” “¡Que no pinchen mamen!» 

«¡Mejor que las quiten carajo!» «¡Entre que no sirven, y entre que son falsas alarmas, que mejor las quiten!», lanza envalentonado un incondicional de «El Bigotes». Otros respaldan la ocurrencia del vendedor de fachadas a cambio de propaganda del PAN, a cambio de «una pintadita» al edificio.  

El vecino descalzo, todavía con mendrugos de una concha de chocolate en los labios por el desayuno inconcluso, comenta en corto: «¿A poco este pendejo no sabe cuántas vidas se podrían haber salvado si en el 85 hubiera existido la alerta sísmica?» 

Pasan diez minutos y no llega la primera onda telúrica. No se balancean los postes. No chilla la estructura del enorme espectacular que está sobre Viaducto, a la atura de Doctor Vértiz. No se propaga ese particular sonido de un terremoto, ese que se parece al de un trolebús cuando hace una carga de energía. Los árboles no sacuden sus follajes de equinoccio de primavera. No se escucha al unísono el chirrido de decenas de dentaduras…  

Falsa alarma… “¡Ah qué buena puntada de la Cheinbaum!”  

Nomás faltaba que en ese momento llegara Ricardo Anaya para recetarnos a todos: “¡Me da coraje ver tanta miseria en las calles!” 

Y ahí vamos de vuelta, con nuestra lamentable facha, con nuestros nervios de cristal por el peculiar sonido de la alerta sísmica… Con nuestras sonrisas de imbéciles, haciéndoles creer a todos que no pasó nada, que todo está bajo control.  

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