“Nunca le perdimos el miedo al gobierno”. A 11 años del golpe a Luz y Fuerza del Centro

Por Argel Jiménez

La invitación es hecha físicamente con carteles rojos que están pegados en varios puntos de la Ciudad de México. Es para un documental  que plasma la lucha que vivieron los trabajadores de la extinta Luz y Fuerza del Centro.

Una enorme carpa que abarca la explanada más grande del Monumento a la Revolución es el lugar donde se llevará acabo la proyección del documental La luz y la fuerza, de Alejandra Islas, que contó con el financiamiento del IMCIME y FOPROCINE.

La noche ha caído y dentro de la carpa hileras de sillas y una enorme pantalla están acomodadas para los espectadores. En los dos costados de la carpa están acomodadas dos hileras grandes de mesas que sirven como una pequeña fuente de sodas. Ahí se ofrecen hot dogs, palomitas hechas al instante, chicharrones, botellas de agua y boings.

Son las 18:10 y poca gente se acerca a ellos. Los electricistas, que ahora fungen como cocineros para la ocasión, se apuran para tener todo listo en la mesa que tienen asignada.

Trabajadores, familiares, ciudadanos aglutinados en la Asociación Nacional de Usuarios de Energía Eléctrica (ANUEE), y público en general se empiezan a hacer presentes.

En una hilera, tres electricistas esperan pacientemente el inicio del documental  mientras platican las peripecias familiares que todo núcleo tiene: hijos a los que no les gusta les gusta hacer la tarea, los talentos deportivos en el futbol y básquet.

Son interrumpidos cuando las sillas que hay a su alrededor se llenan de espectadores recién llegados. Los invitan para que vayan  por lo que se ofrece en las  mesas de comida. “Con confianza, lo que quieran de comer es gratis”. La mayoría accede al ofrecimiento.

La fila que más gente tiene es la de los hot dogs. Los trabajadores se ordenan de tal manera que unos ponen la salchicha en el pan, otros ponen la mostaza, mayonesa y cátsup, para después poner la cebolla, jitomate y chiles picados. Todo se hace al gusto del solicitante para quedar un hot dog bien servido. La ración toca de a dos por persona.

El gesto de ofrecer algo de comer es significativo y simbólico a las personas que acompañaron su causa por más de nueve años, aquellas jornadas que pasaron los electricistas en la incertidumbre  laboral, siendo víctimas en uno de los mayores vilipendios mediáticos que se recuerda en el país (desprestigios equiparados a los pobladores de Atenco, y el movimiento magisterial, entre otros movimientos sociales).

Los barrenderos asignados para la limpieza del Monumento a la Revolución pertenecen a una empresa privada que brinda el servicio al Gobierno de la Ciudad de México. Son invitados por los electricistas a pasar a comer  la ración de hot dogs. Reciben su dotación y preguntan que si pueden agarrar chicharrones y un boing.

El trabajo lo dejan por un momento y salen a paso apresurado de la carpa para avisarle a sus otros compañeros de la comida gratis.

Poco a poco van llegando,  vestidos con sus distintivos monos de color amarillo y rosa mexicano, cargando cada uno su mochila en los hombros, una escoba y un recogedor de última generación (hecho con un palo grueso de madera y la mitad de un garrafón blanco). Sus caras quemadas por la constante exposición al sol  denotan cierta satisfacción. Hoy la cena no se paga.

Los trabajadores protagonistas del documental se distinguen porque traen alguna insignia de su Sindicato o de la extinta Luz y Fuerza en sus chamarras, playeras o camisolas de trabajo.

Tres minutos antes de la hora pactada para iniciar la proyección, los asistentes se desesperan y los chiflidos retumban en la carpa. Con una presentación  hecha por un hombre y una mujer empieza el evento en donde comentan los avatares que se pasó al hacer el documental, la infinidad de información que tenían y que se quedó fuera.

La también mención de los golpes al sector eléctrico en los sexenios de Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto hace que se escuchen sonoras mentadas de madre al pronunciar sus nombres.

Empieza el documental. Con el pasar de los minutos los electricistas ahí presentes se empiezan a identificar en los momentos clave de los que fueron partícipes, como la toma de las instalaciones, la represión, los golpes jurídicos que les asestaron durante los nueve años de lucha.

A muchos de ellos, el revivir esos momentos, les hace brotar lágrimas que limpian con sus manos.

El documental toma testimonio de algunos de sus compañeros que ya fallecieron, lo cual provoca que les ofrenden aplausos espontáneos.

Los momentos que causan risa son los protagonizados por tres electricistas que hacen guardia afuera de su lugar de trabajo en el estado de Puebla. Juegan baraja. “Así yo aguanté  mis guardias”, grita alguien en la oscuridad.

Otro reconocimiento se lo lleva una de sus compañeras que cocinaba para ellos, combinando esta labor con el tejido de prendas de vestir para mantener a sus familias.

El testimonio dado por una electricista resulta clave para entender el documental, pero sobre todo para aprender mucho mejor este movimiento. “No nos hicimos víctimas, sino activistas”. Ante una andanada de desprestigio mediático en todos los medios de comunicación, se hicieron dueños de su destino como organización.

Dicen que se reinventaron como personas, ya que “no tenían planes para la resistencia, aprendimos en el camino”. Les quedó claro que con “luchas aisladas sería más fácil derrotarlos”, por lo que buscaron una alianza con la Asociación Nacional de Usuarios de Energía Eléctrica, que junta a 3.5 millones de usuarios con cobros excesivos de luz.

“Tuvimos que cambiar la correlación de fuerzas, si no íbamos a perder”.

Muchos trabajadores en resistencia a raíz del golpe dado a su fuente de trabajo fueron diagnosticados con cáncer, o se suicidaron. Otros casos que no dice el documental son los trabajadores que fueron diagnosticados con diabetes e hipertensión, y muchos que otros que cayeron en alcoholismo o drogadicción al ver truncada su vida laboral.

La vida a veces da segundas oportunidades. Los 16 mil 599 trabajadores que no se liquidaron volverán a sus fuentes de empleo. El buen trato al usuario deberá ser una de sus prioridades a mejorar, algo de lo que carecían, ya que  cualquiera que fuera a pagar su recibo o pidiera una aclaración en la antigua LyFC sufría sus actos prepotentes.

Al terminar la proyección, la electricista Elizabeth (que tiene un hijo que no aguantó la depresión de perder su trabajo y cayó en la drogadicción)  comenta que “esta es una victoria al sistema”. Hace memoria y no recuerda algún otro movimiento social que haya conjuntado a trabajadores y parte de la población y que hayan salido victoriosos.

Unos para recuperar su fuente de empleo y los otros para el borrón y cuenta en los cobros excesivos de los recibos de la luz.

“Los trabajadores y los usuarios le perdimos el miedo al gobierno. Les ganamos jurídicamente y volvimos a nuestros puestos laborales, y los usuarios enfrentaron pacíficamente a los trabajadores de CFE que iban a cortarles la luz injustamente y a los policías que los iban a intimidar. Nuestra lucha siempre fue justa”.

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