Operación masacre, la gran lección de cómo ejercer el periodismo

Por Miguel Ángel Sosa Arzate

 

Anticipar el abandono de lo tranquilo, como esa obligación apasionada de lo que te incita a ceder. Tener clara la idea de volver al ajedrez, a las novelas policiales. Quizá porque Rodolfo sabía bien, a detalle, lo que implicaba inmiscuirse en la disección del cuerpo del delito, o debería decir, los cuerpos del delito.

Es probable que la indignación orille al curioso a un interés más cercano. A uno tan próximo como la búsqueda del testimonio vivo, el relato directo. El saber que hubieron sobrevivientes de la llamada por él Operación masacre, que lo acercó de golpe a un cartucho quemado de realidades.

Los estragos de una fuga, las marcas de una vida que se escapó de la muerte en el rostro de Juan Carlos Livraga. Una cara que se caía a pedazos, como la idea misma de pretender seguir con vida, o al menos una igual a antes de haber sido fusilado, y vivir para contarlo.

Se buscan sobrevivientes, se busca quién publique la historia, se buscan más personas que se atrevan “Un hombre que se anima. Temblando y Sudando, porque él tampoco es un héroe de película, sino simplemente un hombre que se anima, y eso es más que un héroe de película”.

Asomos al antes y al después, un constante vaivén de fechas y de acontecimientos, de personas y de lugares que le dan forma al producto final. Un viaje al pasado, la vida de Nicolás Carranza, a quien Rodolfo Walsh acompaña a tocar la puerta de Francisco Garibotti. El recuento de una vida cauta de Horacio di Chiano, quien fuera dueño de la casa donde tuvo lugar el arresto, se conecta la participación de Miguel Ángel Giunta.

También está Rogelio Díaz, o posiblemente el fantasma de su recuerdo. El joven Lizaso, el repentino Marcelo y el sospechoso Norberto Gavino. Están Juan Carlos Torres y Mario Brión. Y se habla también del fusilado que vive. Ese pedazo de hombre cuyas “ideas son enteramente comunes”, quien “ante el peligro se mostrará lúcido y sereno”, pero sobre todo, quien “se atreva a presentarse para reclamar justicia”. Aquí es donde entra Walsh con la pluma desenvainada.

Hacer mención de Vicente Rodríguez, quien lleva el apellido de uno de los involucrados en el crimen, el primero camina hacia la muerte, mientras que el otro se esconderá detrás de la corrupción y el encubrimiento que nubla la realidad.

Walsh hace uso de repeticiones certeras “Viste pantalones charros y chaquetillas cortas, color verde oliva” y deja en claro que “es el uniforme del Ejército Argentino”. Y mientras describe las etapas en las que la Operación Masacre transcurre paralela a un tiempo normal, sus letras reviven aquel 9 de junio de 1956 con nitidez, con esa subjetividad irrevocable de quien quiere hacer buen periodismo, uno diferente.

Como si fuera otro más, Rodolfo Walsh nos traslada a los lugares precisos: la casa de Don Horacio, el tránsito de Florida a San Martín, la mentira de ir a La Plata, y la llegada al descampado. Hace reparo en la entrada de dos personajes más: Julio Troxler y Reinaldo Benavidez.

Con cautela y profesionalidad, Walsh toma las piezas que representan el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, y el jefe de policía Rodolfo Rodríguez Moreno. Los arrastra a su proceso de revelación, a su análisis jurídico periodístico que desbaratará en pruebas y palabras lo contado para dejar terminada una historia. Una que como él mismo dice, no existió, no sirvió, aunque se escribió.

“¿Es estupidez? ¿Es anticipado remordimiento?…” se pregunta el narrador justo antes de que la explosión le alcance y se desmorone el relato en fragmentos de bala perdida, pero todos con algo en común: “A partir de ese instante (el caminar por el amplio baldío) el relato se fragmenta, estalla en doce o trece (número de inocentes en peligro) nódulos de pánico”.

El tiempo pasa, se nota en las páginas que cambian y se detiene por un momento para detallar que “el fúnebre carro de asalto y la camioneta de Rodríguez Moreno se alejan por donde vinieron. La Operación masacre ha concluido”.

Nuevamente Walsh hace que uno se inserte en la trama. Que se pierda entre los pasos ajenos, las causas injustas, los miedos abominables. Te encierran junto con aquellos que creyeron librarse de la pesadilla. Te amenazan por querer enterarte de la verdad, te tachan de rebelde, de revolucionario, y sigues leyendo. Decides seguir, como Livraga, como Giunta, como Walsh.

Un periodista que operó certeramente el organismo viviente del aparato político militar, para extraer tumores cancerígenos propalados en supuestas necesidades. Diálogos que detallan el cinismo, la burla, la ausencia de esencia humana. Alguien que precisa que ya no “existen noches y días para él” y no sabes exactamente a quien se refiere, si a Livraga o a él mismo.

Escribe del hambre. Relata el frío y el miedo. Se escurre en las horas y días, va y viene, como si tuviera permiso, aunque ni siquiera lo haya solicitado. La Operación Masacre resultó un fiasco, una terrible falla que exhibió la maldad porque sí, así nomás, por hacer sin cuestionar, por asesinar cobardemente a un puñado de inocentes.

Un libro que devela el sentir y el pensar de quien se hiciera pasar por primo para poder defender la justicia con el mazo impecable de una buena investigación. Alguien que nos transcribió las declaraciones, que vivió durante un tiempo únicamente para ello.

Un revolucionario de tinta y papel que aunque confiesa sin remordimiento alguno que la Suprema Corte de Justicia permitió el fallo que “dejó para siempre impune la masacre de José León Suárez”, precisó evidenciar la inconsistencia de la escueta defensa de lo indefendible.

Un periodista que dictó sentencia, “quiero que se me diga qué diferencia hay entre esta concepción de justicia y la que produjo las cámaras de gas en el nazismo”.

Desaparecería sin dejar rastro, otro que no fuera el de su periodismo. Ese que se vierte caliente sobre el molde de la pluma que habrá de cortar la maleza y envalentonar las verdades. Porque gracias a él y a su periodismo, tenemos la certeza de que no fue un fusilamiento, sino “un asesinato”.

 

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