Paloma y su padre en escena

Por Karina Maya

 

Todos están sentados a la espera de que empiece la obra de teatro. Paloma acude con su hermano menor y su mamá, la invitación corrió a cuenta de su padre.

 

Hay poca luz en el lugar. El escenario es una estructura blanca en forma de árbol, sus hojas colgantes están hechas con estopa, también de color blanco. Hay un fondo negro, luces tenues únicamente iluminando el centro del escenario, donde se encuentra el árbol; todo parece indicar que ese árbol es clave en la obra. El momento nos remite a una noche, en algún lugar.

 

Alrededor hay sillas. A la entrada y pasillos muchos hombres vestidos de color azul.

 

Paloma espera en las piernas de su madre, aprovecha de hacerle preguntas al oído.

 

Entra un grupo de personas que vienen por invitación de la compañía de teatro, formadas en una fila, son principalmente jóvenes y adultos, hombres y mujeres, va una pareja gay. Una persona les indica en dónde sentarse, aún no terminan de colocarse, un hombre irrumpe cantando acompañado de una grabadora en el hombro.

 

El hombre que canta con voz fuerte y agresiva, tiene su rostro pintado de blanco con tonos negros, remite a uno de los integrantes del grupo Kiss. A su término dos hombres entran a escena, uno de ellos viste de blanco y el otro de rojo. Inicia el diálgo, esperan a Godot.

 

Paloma atenta, mira a su padre, es uno de los actores. Se observa nerviosa y expectante. También el padre está nervioso, es su debut en el teatro, desea que todo salga bien para que su hija se sienta orgullosa de él.

 

Nuevamente irrumpen, esta vez son dos hombres. Uno de ellos viste todo de negro con un sombrero. Lleva a un hombre encadenado, como si fuera un perro. Este hombre viste un pantalón café con resortes a los hombros y camisa blanca, su rostro da pavor, parece ausente. Babea. El hombre del sombrero, lo azota con un látigo al tiempo que le grita ordenándo le pase sus cosas – mis cosas, rápido cabrón, mi abrigo, apúrate pinche animal-

 

Los gritos obligan a Paloma a cerrar los ojos y esconderse entre los brazos de su madre, su hermano las abraza.

 

El papá, hoy actor, se burla de aquel que se siente rey, poderoso; le cuestiona de tal capacidad. Se ríe de su autoritarismo en medio de la miseria, el olvido, la desesperanza, la corrupción, el narco, los desaparecidos.

 

Vuelve a la escena el hombre de la música, canta. Ya ha pasado una hora. Los cuatro personajes anteriores están colgantes y abrazados al árbol. Luego, lo observan, caminan a su alrededor. El hombre de la música, provocador, se acerca al público, fija la mirada en uno, señala a otra, le grita a uno más. El mensaje incorporado en la canción les ha calado; algunos lloran. El cantante no se conmueve, por el contrario, aprovecha esa debilidad para hacer reclamos por su espera.

 

La obra sigue. Paloma se encierra en sus recuerdos, algunos dolorosos, en especial con su padre. Le duele verlo ahí, por qué. Sabe que hizo daño pero también sabe que si las cosas hubiesen sido distintas, el lado amoroso de su corazón hubiera superado al lado resentido hacia quienes lo hicieron duro y por todo lo que le faltó.

 

Termina la obra. Los cinco actores se despiden, levantan las manos y hacen reverencia. La gente aplaude dando el reconocimiento a lo ahí plasmado. Uno de ellos les da las gracias y los invita a retirarse -vayan, ustedes que pueden, nosotros debemos esperar-

 

A Paloma no le es posible despedirse de su padre más que a la distancia, con una leve sonrisa y un guiño. Todas las visitas deben salir. Caminan en fila rumbo a la salida. Uno de los internos en el pasillo les dice que así se sienten ellos, observados, sin poder decir nada. Las visitas siguen su rumbo.

 

Paloma va cabizbaja, de reojo ve a un niño vestido de hombre araña, su papá le amarra las agujetas de sus tenis, lo hace cariñosamente, le duele el corazón. Quisiera regresar el tiempo para hacerle feliz la vida a su padre, y evitar visitarlo y abrazarlo solamente cuando acude a la cárcel

 

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