Pantanos reflexivos de la feminidad

Por Priscila Alvarado

Hay que actuar como si fuera posible

 transformar radicalmente el mundo.

Y tienes que hacerlo todo el tiempo.

Angela Davis

La filosofía podría definirse como un proceso de conceptualización del mundo a través del análisis y la comprensión de los fragmentos que configuran las realidades sociales. O simplemente, en palabras de Gilles Deleuze y Félix Guattari, como la disciplina que crea conceptos.

El ánimo creador e innovador de dicha disciplina, por antonomasia, permitió el afortunado nacimiento del feminismo y su identidad conceptual. Feministas contemporáneas del siglo XX, como Betty Friedan, han definido el movimiento social de las mujeres como una organización que lleva a cabo acciones concertadas con objetivos políticos específicos; es decir, acciones sociales con pautas y procesos reflexivos que carece de espontaneidad.

Dicha voluntad en el proceso de organización y movilización del feminismo ha generado una relación de codependencia (sin apelar a la configuración del amor romántico) entre filosofía-feminismo. Tanto, que resulta prácticamente imposible separar los conceptos en la teoría e, incluso, en la práctica.

Sin embargo, obtener la dicotomía que dio origen al pensamiento crítico de las mujeres, no fue tarea fácil. La filosofía occidental (que mucho va del desarrollo de la teoría feminista desde la época de los 60) está formada por una larga tradición patriarcal que, en líneas generales, se mantuvo homogénea -hombres blancos y burgueses- hasta llegar a la Ilustración.

Esta heteronormalidad patriarcal en el desarrollo filosófico, provocó que muchos de los esbozos que dieron inicio a la teoría filosófica feminista, hundieran los pies, o al menos los humedecieran, en los pantanos de la “masculinidad”.

Por ejemplo, en el libro colectivoFeminismo y filosofía, de escritoras como Celia Ainorós, María Xosé Agrá y Neus Campillo, se habla del feminismo radical americano como una construcción teórica inestable, porque propone la panerotización de la vida (1) como ideal utópico y el triunfo de las virtualidades subversivas del principio del placer “sobre un principio de realidad en el que destiñe el principio capitalista del logro”.

En este contexto, aseguran las autoras, es posible distinguir la dicotomía de un feminismo “masculinizado”, ya que en la modalidad estética, se vislumbra el principio femenino, y en el escalón tecnológico, el alma es propia del principio masculino.

Sin embargo, la apertura conceptual de la diversidad sexual provocó una ola kilométrica en el debate de la corporalidad y la identidad masculina, construidos con bloques de poder corrosivos y la opresión femenina.

Ante esto, mujeres como Mary Wollstonecraft, Simone de Beauvoir, Angela Davis, Julia Kristeva, Patricia Hill Collins, Christina Hoff Sommers, entre otras, iniciaron la teorización y la praxis del mundo “femenino” y su necesaria reconceptualización, desde el siglo XVIII hasta la fecha, para colocar a través de libros, conferencias, medios de comunicación, el debate de la cotidianidad filosófica en el marco de las problemáticas “femeninas” y la construcción identitaria de los géneros heteropatriarcales.

En resumen, la labor histórica de la filosofía feminista ha sido ardua, pero a pesar de todo continúa invisibilizada. Por ejemplo, en los espacios (que cada día son menos) para la reflexión y el debate filosófico: pódiums, micrófonos, estanterías y escenarios, la planeación está pensada o edificada para la apropiación masculina de los discursos y las discusiones.

Incluso en muchos de los eventos públicos de filósofos, y algunas filósofas, internacionales o nacionales, la mesa-stand dedicada a la reflexión feminista es segregada o ridiculizada con ánimos destructivos.

Pero gracias a ello y a la violencia sistémica que sufren las mujeres dedicadas al pensamiento (aunque resulte atroz mencionarlo), es posible mantener que la filosofía, pese a ser una “cosa de hombres”, no nos es ajena.

Uno de los conceptos obtenidos, o más bien resignificados, por la filosofía feminista, es el de la “de-construcción”, esgrimido por Jacques Derrida. En su origen el término, de tapices post- estructuralista, cuestionó la racionalidad occidental binaria y etnocéntrica. Algo que, posteriormente, el feminismo resignificó y trabajó para la “de-construcción” de las categorías binarias: mujer y hombre.

Dicha “de-construcción” del sexo y el género, ha incorporado (renovado) líneas teóricas en relación con la el objeto de estudio del feminismo y su posicionamiento político en lo contemporáneo.

Por lo tanto, aseguran las autoras deFeminismo y filosofía, a pesar de la susceptibilidad del feminismo a ser tematizado filosóficamente, en las entrañas el movimiento tiene exigencias y tempus propios que difícilmente se dispersarían.

Claro ejemplo es uno de los aportes más significativos de la filosofía feminista al mundo contemporáneo: el replanteamiento conceptual de los esquemas teóricos, que han sido trazados en todas las disciplinas u oficios como si las mujeres no existieran.

Para lograrlo muchas feministas impugnan las adjudicaciones (cuando existen) de roles, funciones o “deber ser” femenino, hechas por el espectro masculino.

O bien. Extraen del olvido o la evasión las relaciones de poder que surgen en lo privado y lo público. Algo común cuando uno o varios varones atienden a la presunción de la inexistencia de dichas relaciones y sus contrastes argumentativos de tinte moral.

“Así pues, si el feminismo es, en su entraña misma, político en cuanto puesta en cuestión del poder más ancestral de cuantos han existido sobre la Tierra: el de los varones sobre las mujeres es, en la entraña de esa entraña, filosófico”, Feminismo y filosofía, autoras varias.

Es entonces la filosofía feminista un frente de lucha puro y genuino en contra de las relaciones inquebrantable que, de acuerdo con Marvin Harris, resultan entre la guerra y misoginia. Contra el yugo del poder masculino que masacra, divide y atormenta la vida de la población femenina o no binaria.

Fue la filosofía política la primera en acusar los efectos reflexivos del feminismo como movimiento social y como forma de pensamiento. Fueron mujeres las primeras en acoger el movimiento desde la reflexión filosófica. Y fueron varones los primeros en denostar la causa y a sus integrantes.

La reflexión, la duda, el contraste teórico y la apropiación de la filosofía para la reconstrucción femenina, ha permitido abandonar supuestos que se señalaban como naturales en la identidad de las individuas y los individuos.

El mundo de la filosofía feminista ha captado la semántica social, la ha divido, analizado, teorizado y renovado para leer e interpretar los cuerpos desde otra cara de la cultura. Es aquí donde surgen nuevas interrogantes acerca de la identidad y el género.

Con ello, la sociedad comienza a preguntarse si es posible pensar en un sujeto auto-construido o si, por el contrario, somos determinados por la estructura social; o bien, si ambos procesos existen de forma recíproca.

El golpe del pensamiento feminista fragmentó, y continúa haciéndolo, el cristal grueso de la heteronormalidad patriarcal, que desde hace siglos parece haber abandonado su verdadera utilidad para enroscarse en una espiral de absurdas necedades. La filosofía feminista es necesaria para la creación de una nueva configuración social que nos beneficie a todas y todos.

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  1. La panerotización o pansexualidad hace referencia a una construcción sexogenérica cimentada en la atracción que un individuo siente hacia lo heterosexual, homosexual, bisexual y cualquier variedad de género.

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