Paul Auster, el método para reinventarse

Por Rivelino Rueda

 

Nueva York se reinventa y se reinventa. Paul Auster, el escritor del azar, reinventa y reinventa a esa compleja, esquizofrénica e indescifrable metrópoli. La paladea, la seduce, la desnuda y la ama; de noche y de día, de primavera a otoño, de Manhattan a Brooklyn, del Bronx a Queens, de Harlem a Nueva Jersey.

 

En La noche del oráculo (2004), el escritor estadounidense afianza los pies en la tierra y echa mano de una narración de lo cotidiano, pero fundamentalmente del poder humano que da el solo hecho de estar vivo, de tener una nueva oportunidad.

 

La vida de una pareja neoyorkina de clase media –Sidney Orr, escritor que se encuentra en un difícil proceso de recuperación tras un desvanecimiento que lo puso el borde de la muerte, y Grace Tebbetts, diseñadora gráfica en una editorial de renombre, que publica los libros de su esposo– se bifurca en cuando menos cuatro historias, dos en las páginas de un cuaderno portugués de forro azul y dos más a ras de piso.

 

Sid es una brizna enferma que se reincorpora a la paranoia y al vértigo de “La Gran Manzana”. Avanza lento y sofocado por el concreto, el asfalto, el hierro y el ladrillo de la bulliciosa ciudad. Se topa con “El Palacio del Papel”, con el chino M.R. Chang, dueño de ese negocio, con el cuaderno azul, con la necesidad de escribir de nuevo, con la soledad y el terror de enfrentarse a una hoja en blanco.

Transcurren diez días desde el inicio al final de la novela. Diez días que marcan un antes y un después en la vida del escritor y de su esposa Grace, quien enfrenta una encrucijada en su vida en esas horas definitorias, en las que tendrá que tomar decisiones cruciales, incluso la de tener a su primer hijo o abortar.

 

Las dudas y los temores de pareja buscan un escape en momentos críticos. Grace se esfuma y no llega a dormir en una noche. Sid se sumerge en espasmos de locura. La espera despierto, la escucha al llegar, la cuestiona. Grace tiene respuestas.

 

Pero la historia madre y las historias afluentes en La noche del oráculo no tienen sustento sin la omnipresencia del respetado escritor John Trause, amigo entrañable del padre de Grace; postrado a los 55 años por un coágulo en la pierna; admirado por Sidney e incluso acogido como hijo y colega; anfitrión y protector de Grace años atrás en Portugal, con quien vive tres meses en ese país, luego de que la diseñadora gráfica termina sus estudios y hace un viaje de seis meses a Europa.

 

Trause es la espina clavada en la historia; el colega admirado; el consejero incisivo; el benefactor silencioso; el padre, esposo y amante; el que mantiene un secreto inexpugnable en su vida; el que habla y vaticina:

 

“Los pensamientos son reales –sentenció–. Las palabras son reales. Todo lo humano es real, y a veces conocemos las cosas antes de que ocurran, aun cuando no seamos conscientes de ello. Vivimos en el presente, pero el futuro está siempre en nosotros. Puede que el escribir se reduzca a eso, Sid. No a consignar los hechos del pasado, sino a hacer que ocurran cosas en el futuro”.

 

Related posts