Pepe: Tres esperanzas para vivir

Por Yesenia Orozco Balladares

 

Foto: Eréndira Negrete

 

El atardecer nunca se había visto mejor. El cálido aire entraba por la ventana y golpeaba fuerte en el rostro a medida que aceleraba más el auto. Tarde atípica, sin tráfico, lo cual me hizo llegar rápido a casa. Quitarte los zapatos, tumbarte en la cama y revisar todas la redes sociales millennials. Ese era el plan hasta antes de las siete de la noche. Una llamada cambió el rumbo de la tarde, de la semana, del mes, del año, de toda una vida.

 

La primera llamada llegó de una mamá desesperada y preocupada. Mi abuela llevaba unas cuantas horas marcando al departamento de Pepe sin respuesta alguna. Después llegó la de la familia entera pensando en el peor escenario posible, deseando que todo fuera un sueño guajiro y cada uno estuviera descansando el cuerpo a sus anchas. Era un 28 de octubre de 2015, lo recuerdo perfectamente.

 

Los minutos se empezaron a hacer cada vez más y más largos. La espera mataba cada vena y nervio de mi sistema. Antes de que eso acabara con nosotros, decidimos ir a verificar que toda sospecha fuera falsa y simplemente fuera un adulto que se había quedado dormido viendo el partido Chivas-Cruz Azul.

 

José Orozco, alias Pepe, el galán rebelde de la familia. Padece esclerosis múltiple desde hace más de 25 años. A eso le podemos agregar la diabetes y hasta ahora hipertensión. Su fiel y leal compañera es una andadera que ya rechina al dar el primer paso firme por él. Es una 4 por 4 contra todo y todos. Una vida que suena desde el principio dura.

 

A las 19:25 la fría noche llegó de pronto, enfriando tanto nuestro rostro como el corazón. Diez llamadas, 20 golpes a la puerta, el coche aún estacionado, las luces prendidas y más gritos de los que nunca habíamos dado después de una final del Tri. La preocupación empezó a transformarse en miedo. Las llaves no sirvieron en absoluto pero no fueron impedimento para adentrarnos. La puerta no fue obstáculo. Una ventana fue la clave. Una vez adentro, el cuadro era totalmente desgarrador.

 

El cuerpo inerte frente a nosotros estaba tirado en el suelo convulsionándose, vomitado encima. Simplemente llevaba la parte de arriba de la ropa y una mirada desorientada. La impotencia de no poder hacer nada ni saber cómo ayudarlo mataba por dentro. Tardamos poco más de dos minutos en reaccionar desde la puerta del cuarto para llamar a la ambulancia, ésta se tardó casi media hora. Treinta minutos de movimientos de aquí para allá tratando de vestir el cuerpo, limpiar el piso y avisar a toda la familia que nuestro rumbo tenía como parada final el hospital.

 

Quince días internado en el hospital, entre terapia intensiva con inducción, a un coma para no dañar tanto el cerebro a causa de las convulsiones. No podían despertarlo ya que las convulsiones llegaban una tras otra y era preferente tenerlo en el coma. Familiares y amigos se hacían presentes uno tras otro como filia india. Visitas no le faltaron nunca. Hasta hubo contrabando de gafetes para el acceso. Solo nunca estuvo y nunca estará.

 

“No saldrá de esta. Vayan despidiéndose”… Tres veces dijeron los “especialistas”, pero Pepe nos dejó con la boca cerrada a todos. Tres veces lo dijeron, tres veces salió victorioso. Las malas noticias volaban y las segundas oportunidades de vida se hicieron presentes.

 

Sin embargo, sus habilidades motrices resultaron más afectadas de lo que ya estaban por la esclerosis. Todos pensábamos que lo peor había pasado, pero los problemas saliendo del hospital fueron surgiendo poco a poco, pasando de la insuficiencia renal a la atrofia cerebral.

 

Pepe pasó de ser un ser independiente que se ganaba la vida vendiendo ropa en su tienda en Mixcalco, donde para él estar ahí le llenaba de vitalidad el cuerpo y se olvidaba un poco de sus carencias motoras, a un individuo dependiente de la vida y lo que trajera consigo.

 

Familia y amigos velaron cada noche a su lado para cuidar de él, bañarlo, darle de comer, practicarle la terapia necesaria para su rehabilitación. No tenía fuerza, no podía hacer uso de su andadera, no podía estar de pie. Poco a poco fue volviendo a su rutina diaria, al negocio, a los amigos, a la vida.

 

Un año después del gran giro que dio su vida, recayó. Esta vez entró a urgencias por neumonía. Ahora la batalla duró tres meses. Sergio, Braulio, Javier, Silverio, Laura, Raquel, Josefina, Elsa y Amada, son algunos de las personas que de todo corazón hacían guardia noche tras noche para acompañar a Pepe en esta ardua lucha. Trasnochar sentados en una silla en una habitación para  seis huéspedes, cada uno con su camilla, una cortina y un metro de separación entre cada uno.

 

Veintitrés horas al día en cama, media hora para la ducha y otra media para ir al baño en total. El ambiente era tenso y desolador, problema tras problema. Las ganas de vivir poco a poco se iban desvaneciendo. “Estaba hasta la madre”.

 

Una vez más, los médicos daban por hecho que la esperanza de vida de Pepe no llegaría más allá de un mes. Tenía que preparar a toda la familia para lo que estaba por ocurrir. Otra despedida en vano.

 

Un cuerpo sin grasa y sin músculo alguno se transportaba en silla de ruedas, una silla que poco a poco dejó de requerir gracias al apoyo de cada uno y el tratamiento adecuado. Esas rehabilitaciones hasta el cansancio fueron surgiendo efecto.

 

Casi dos años después ya camina de nuevo con andadera. Se mantiene firme por sí mismo y ha vuelto a su rutina de trabajo. Su semblante, aunque sea ojeroso y bajo de peso, se ve vitalizado.

 

Hay una luz que regresó para ya no irse. Ha vuelto el Pepe cariñoso, trabajador, carismático y chistoso, encontrándole el lado bueno y alegre a todo, en especial a la vida. Esa misma que no lo dejó ir, por tercera vez.

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