Mi pequeña jaula de oro vs la realidad de México

Por María Alejandra Yáñez Navarrete

 

Foto: Eréndira Negrete

 

México es un país que se enfrenta en el día a día con la lucha de clases sociales, clase medieros, pobres y ricos ¿Qué pasa cuando dos de estos mundos se empatan?

 

La realidad de este país no es como la pintan en la película “Amarte duele”. No tienes que enamorarte de alguien de Iztapalapa para conocer la pobreza de México, siendo un niño mimado de Las Lomas.

 

Durante mi infancia recorrí muchas colonias, estados y países, pero mi jaula de oro mas grande está en Cuajimalpa.

 

Puebla #118 Casa 7, un pequeño condominio horizontal, ubicado en una cerrada que se llamaba Puebla. El condominio, el cual fue construido en un principio, cuando aquel pequeño cerro estaba despoblado, empezó a ser habitado por pequeñas casas, casas grises. Borrachos en las esquinas, balazos a unas cuadras. Entonces lo que nos separaba de aquel México a los habitantes de aquellas 14 casas de “ricos” era una entrada de metal blanca, en donde apenas se podía ver el exterior por pequeñas rendijas.

 

Un condominio lleno de amas de casa “popis”, niños mimados que iban a escuelas de renombre, padres con puestos importantes se topaba frente a frente con una realidad que muchos mexicanos deciden voltearle la cara.

 

  1. Narcotráfico: México, en la actualidad, es uno de los países con más problemas de narcotráfico, secuestros y enfrentamientos entre carteles, pero ¿qué pasa cuando el problema se da a 12 pasos de tu casa?

 

A tan sólo 12 pasos fuera del condominio había una pequeña tienda. La típica tienda que encuentras a la vuelta de la esquina de tu propia casa. Pero aquella tienda, aparte de ser concurrida por los habitantes de la cuadra para la compra de comida chatarra o faltantes en la cocina, era frecuentada por carros lujosos (Jaguar, Mercedes, Lamborghini).

 

Entonces seis niños se pegaban contra la reja del condominio, extrañados de ver aquellos carros lujosos en una calle desierta, llena de perros callejeros, borrachos y charcos con olor nauseabundo. Tan cerca de la realidad pero siempre separados por aquella barrera.

 

Lo que se podía apreciar era al dueño de la tienda subirse tan solo unos segundos al coche y volver a sus asuntos, como si todo aquel lío fuera algo cotidiano, lío que realmente se convirtió en algo del día a día.

 

Aquello duró por lo menos dos meses, tiempo en el que no paraban de desfilar carros, pero luego empezaron a desfilar mujeres con vestidos diminutos que se bajan de carro por unos minutos y luego regresaban como si nada.

 

Aún recuerdo que después de una insistencia de un mes de preguntarle a mi padre ¿qué era lo que querían esos hombres?, y un mes de no poder ir a la tienda sin que el guardia me vigilara, los coches dejaron de ir. Pero mis dudas no dejaron de bombardear a mi padre, quien luego de varios años me confesó de la venta de droga que se realizaba en el lugar.

 

Era algo simple y rápido. Al principio empezó con el dueño de la tienda subiéndose al carro, inyectándole la droga al comprador y recibiendo el dinero, luego las muchachas se bajaban a recibir su dosis, o las empleadas del dueño de la tienda se acercaban al carro para dar la mercancía.

 

Pero algo que nunca pudo evitar mi padre fueron las épocas de peregrinación y las fiestas navideñas.

 

La peregrinación nunca nos causó un problema más allá de lo molesto que eran los campamentos en la cuadra y los gritos de mi chofer renegando el poco espacio que había, además del basural que quedaba atrás de los feligreses.

 

Las épocas navideñas eran otro cuento.

 

¿Cómo se viven las navidades en un pueblo?

 

Todo consiste en la asistencia de todo el barrio. Cerrar calles, poner lonas y agarrar una papalina de diez días, que terminaba con los tres borrachos del barrio sosteniendo la pared de la entrada a la calle.

 

¿Pero por qué eso nos afectaba?

 

El trato consistía en que si se te ocurría salir al momento en que ellos empezaban a organizar su fiesta, al regresar, el derecho a entrar a la calle tenía un costo. Pocas veces los vecinos trataron de dialogar aquel soborno, en donde si no “te caías con la lana” no podías entrar a el condominio.

 

Todo aquello lo veíamos desde la comodidad de nuestros coches, detrás de la reja del condominio. Tan cerca de los problemas que México vive, pero desde una jaula de oro. Y ahí es cuando dos clases sociales empatan, pero no se ayudan.

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