A pesar de sus inquilinos, edificio de la SEP huele a historia viva

Por Mariana Cerda Madrid

Ubicado entre República de Argentina y República de Brasil, con fachada e interiores mayormente de estilo barroco, combinados con estilo neoclásico, la sede central de la Secretaría de Educación Pública, no sólo es un conjunto de dos edificios a donde los maestros van a manifestarse cada que se aplica una nueva norma que los inconforma.

Detrás de esas paredes existen historias dignas de contarse.

Dividido en dos secciones. Una parte, una antigua aduana, que se terminó de construir en 1731, y que hasta los años 1950 pasó a formar parte de la Secretaría. La otra parte del edificio, con un poco más de historia. Primero un convento de monjas adineradas, terminado de construir en la década de 1640. Ahí, las monjas ya tenían salones donde impartían educación religiosa, en especial, a hijos de familias de poder.

Más tarde, con las inconformidades, dejaría de pertenecer a las religiosas y se convertiría en escuelas para la enseñanza. Después de esto, el edificio tuvo una larga lista de espera antes de poder conocerlo como hoy, y antes de poder llamarlo como sede de la Secretaría de Educación Pública.

En 1861 el edificio pasa a convertirse en la sede de la recién fundada Secretaria de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública, que permaneció con este nombre hasta 1891, hasta que la religión se tomó totalmente aparte de la educación.

Es entonces, cuando en 1891 cambia, el nombre a Secretaría de Justicia e Instrucción Pública, pero el gusto del nombre sólo duraría hasta 1905. Aún durante el mandato de Porfirio Díaz, esto pasa a ser la Secretaría de Instrucción Pública, teniendo a figuras como Justo Sierra y José Vasconcelos al frente.

Finalmente, es en 1921 cuando la Secretaría de Educación Pública abre sus puertas, poniendo nuevamente a José Vasconcelos al frente para liderar esta nueva etapa.

“No muchas personas saben que hay recorridos en este edificio, creo que es algo que la Secretaría debería promover de alguna manera. Hay mucha cosa que ver y poca gente que lo aprecie”, es lo que expresa Raúl, el guía oficial del edificio.

Raúl es un hombre alto, con el pelo canoso y la mirada llena de entusiasmo cuando alguien va a su oficina para pedir un recorrido, y claro, tiene tanta información del antiguo edificio que saca datos hasta por los codos.

“A veces me resulta increíble que lleguen más gringos a pedir recorridos que los propios paisanos. No entiendo cómo se enteran, y también, siempre son los más amables e interesados.”

En el patio de la antigua aduana hay una escaleras que se adornan con un mural de Siqueiros, Patricios y Patricidas. Pero debido a la muerte del artista, el mural no fue terminado, así que si uno ve detenidamente la obra, se dará cuenta de que no todos los personajes tienen rostro.

En el otro lado de la Secretaría, Diego se roba el escenario. Dividido en dos secciones, el patio de las fiestas y el patio de los trabajos, designados así por el mismo artista.

“Diego pintó los muros en dos partes. Los de la planta de abajo, entre 1923 y 1924, bueno, con ayuda. Solo jamás hubiera terminado. Después se fue a Europa, a aprender más de arte y pintura. En ese viaje conoció a Trotsky. Cuando regresa, pinta el tercer nivel de la Secretaría y plasma las ideas revolucionarias y marxistas en los muros. Esto lo termina hasta 1928, y claro, con mucha ayuda también”, comenta Raúl, después de explicar que él se considera un marxista de corazón, pero que sólo en la teoría, porque “el marxismo en la práctica es donde falla y no tiene como vivir”.

En 1911, después del temblor que sacude la Ciudad de México, se caen algunas partes del edificio, y sería hasta principios de 1920 que el presidente Álvaro Obregón, reinaugurara el edificio y le diera el nombre con el que se conoce hoy la Secretaría.

Después de esto, y con el nombre que se le estaba formando, es cuando el gobierno le pide a Rivera pintar los muros. Diego acepta, hace los diseños y los lleva para que sean aprobados, y a pesar de las polémicas, le permiten pintar todo.

En el tercer nivel, del lado del patio de los trabajos, se pueden encontrar pinturas de los diferentes oficios de la época, eso sí, los oficios que realizaban las clases bajas. Desde mineros hasta indígenas vendiendo en los mercados.

“Si uno se fija, se puede dar cuenta que en cada parte de arriba de las puertas hay mujeres pintadas. Y es que Diego quiso ponerlas en la parte de arriba y con vestimenta típica, para enaltecer a la mujer mexicana y su belleza. Ya sabemos que a ese Rivera de por sí le encantaban en exceso las mujeres”, se ríe Raúl mientras dice esto, haciendo referencia a las múltiples amantes que “El Panzón” tenía.

Al pasar al patio de las fiestas del tercer nivel, se ubican pinturas que apoyan la Revolución y las ideas marxistas, seguidas de pinturas que se burlan del capitalismo y de la caída de éste en Wall Street en 1929.

“Por este lado tenemos la oficina del secretario (Aurelio Nuño). La verdad es que este sí me cae bien, parece que trae ideas nuevas y frescas, que es lo que necesitamos. Pero luego se le van las cosas y resulta que quiere ‘ler’, en vez de ‘leer’, pero si te lo encuentras en el pasillo, te saluda muy amable, aunque ni tu nombre sepa” 

Raúl hace una pausa y toma agua de su botella. Pide disculpas por no poder hablar bien porque acaba de estar enfermo de la garganta.

En la planta baja un pequeño jardín, con una estatua en el centro de Benito Juárez junto a un niño. En los murales de esta parte se retratan, principalmente, las celebraciones y fiestas mexicanas. Las cosas típicas de nuestro país.

De repente, si uno no se fija, se puede seguir de largo y perderse de una de las mejores partes, “Salón Iberoamericano”, dice la entrada. Una puerta grande, pero que entre tantos accesos, oficinas y gente pasando, pasa desapercibida.

“Me encanta este salón, es tan grande, callado, bueno, parece que uno no está en el agitado centro de la ciudad”, cuenta el guía mientras un policía nos da el acceso, porque al parecer, es restringido.

“Después de que dejara de ser convento, esta parte quedó casi intacta. El atrio con 33 metros de largo y alto, exacto, como la supuesta edad a la que murió Cristo. Y vean qué belleza de mural”, mientras señala la pintura que está en el altar.

Una pintura realizada por Roberto Montenegro. Con un mapa de América, y en la parte de abajo, algunos libertadores de estas tierras, como Hidalgo y Bolívar. Del otro lado, lo contrario, los conquistadores, como Hernán Cortés. En la parte central izquierda, una rosa de los vientos con la cara de Medusa en medio, representando las influencias que estos países han tenido. Y en la parte de hasta arriba, justo en medio, una Estrella de David, aunque con ésta no se sabe aún, con exactitud, que quiso expresar el artista. Quizá el origen de Jesús o quizá que aquí se refugiaron varios judíos.

En el salón anterior pinturas con los rostros de todos los que han pasado por el cargo de secretario. Pero los que más destacan son Justo Sierra, José Vasconcelos y Narciso Bassols.

“Ese Bassols tuvo muy buenas ideas, fue él uno de los primeros que dijo que los jóvenes debían tener educación sexual, pero por la época, no progresó su idea. Fíjense, lo dijo mucho antes de que varios países europeos implantaran esto, por ahí de los 1930. Qué adelantados pudimos haber estado y cómo pudimos prevenir la sobrepoblación que existe hoy en México, pero no lo dejaron”.

Raúl toca el cuadro y luego voltea como recordando algo. “Que rara la vida, que uno de los nietos de Bassols iba conmigo en la primaria”.

Casi hasta el final de los retratos, el único óleo de una mujer que ha ocupado el cargo, Josefina Vázquez Mota. 

Raúl se le queda viendo un momento y expresa: “Parecía buena al principio, pero creo que sus aspiraciones llegaron muy lejos, y ni la Presidencia ni el Estado de México se le hicieron”. Y claro, no se puede dejar de mencionar a Ernesto Zedillo, que es el único de los secretarios que ha ocupado la Presidencia.

Sin duda, uno de los mejores lugares del edifico, que ahora se usa como salón de usos múltiples, cuando hay eventos importantes donde la SEP tiene que quedar bien.

Es muy triste que, la mayoría de las personas que laboran ahí, no sepan nada del significado de estos murales, ni de la historia que engloban. Porque a pesar de que varios empleados pasaban y saludaban a Raúl, “nadie de aquí se me ha acercado para que le explique un poco de toda esta belleza”.

Al final, con su botella de agua casi vacía, Raúl explica que su servicio es gratuito, pero que pide dos favores. El primero es “correr la voz” de que el edificio se puede visitar y que vale la pena, y el segundo, que se le escriba un pequeño comentario con algo que se le quiera decir, y a juzgar por los demás comentarios (varios en inglés), siempre es una persona amable y carismática.

“Agradezco mucho que vengan, y más jóvenes de la ciudad. A veces parece que a los jóvenes casi no les importa la historia. Yo los dejo aquí, pero pueden seguir viendo, y con suerte se encuentran a Nuño para un saludito”.

Así, agarra su libreta llena de recuerdos y firmas, y con su apariencia cansada, pero con la mirada alegre, comienza a bajar los grandes escalones.

 

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