¿Por qué creer en el amor?…

 

Por: Armando Martínez Leal

@armandoleal71

Escribe solo lo que te patea…

En la historia de la “cultura emocional” mexicana hay un enorme trazo que va de la música “vernácula”, el mariachi, Jorge Negrete, hasta el punto más álgido de la formación emocional con Juan Gabriel y su: “yo no nací para amar”. Durante siglos la noción del amor se ha modificado diametralmente, del desasosiego amoroso al impulso de muerte del Eros. Thanatos, antigua pulsión de muerte pierde toda significación en el barrido conceptual actual, en la medida que su contrario Eros, se ubica hoy en el mismo espacio. Oscar Wilde había esbozado la estrecha relación entre el amor y la muerte, en la “Balada de la cárcel de Reading” señala: “cada hombre mata lo que ama…” amar, en este sentido es matar al sujeto amoroso, se le mata con la mirada, la palabra, con los besos o con la espada. Se mata al joven, al viejo… con las manos de lujuria, con las manos de oro o con el amable puñal. ¡Se mata!.

Sin embargo, en el momento actual de la civilización, con los cambios generacionales, el proceso de tecnologización donde las relaciones humanas penden en gran medida de las herramientas proporcionadas por el “Gran hermano”, que te proporciona la plataforma de socialización pero a cambio te vigila y determina tu existencia. Ahí, en el Internet se gesta una forma de socialización, de recreación de lo humano, donde éste ha perdido todo sentido. La impostura de la tecnologizada socialización implica crear una treta de la impostura. Las generaciones hoy venden el desamor y la falta de esperanza, la ausencia de fe, como la etiqueta que los caracteriza. Un fenómeno que reifica la contradicción, la anula al extremo de que el individuo pierde la consciencia entre la artimaña y lo real.

En su texto “La agonía del Eros”, Byung-Chul Hanseñala: “el OTRO, que yo deseo y que me fascina, carece de lugar”, en la cultura actual hay un doble proceso, por un lado una exacerbada individualización, al extremo de atomizar al ser. El ser está profundamente debilitado; Elias Canetti había caracterizado al individuo en la modernidad como temeroso, ese miedo se extrapola a una dimensión cuasi patológica, en la medida que al estar en extremo individualizado desconfía absolutamente del OTRO convirtiéndolo en su ENEMIGO. Paralelamente se desarrolla un “nuevo” fenómeno que es la ausencia del Eros, esa fuerza constitutiva del ser que le permite recrearse, ubicarse en el lugar del Otro, dejar de ser, para fusionarse en el Otro. El Uno que deja de serlo, para ser Otro. El Eros ha perdido su fuerza recreativa y afirmativa de la existencia para convertirse en su contrario: la muerte.

La muerte de Eros, se da fundamentalmente por el narcisismo de la cultura actual, lo cual se traduce en un adormecimiento del individuo, verse así mismo, adorarse en la inmutabilidad del existir genera en el ser la incapacidad de verse en el OTRO; cierto hay quien es rebelde, sale a las calles y protesta; en su contracara está el que opta por renunciar a la máxima humana planteada por Albert Camus en: “El mito de Sísifo”, cargar la piedra de la esperanza y andar el camino de la montaña, hasta llegar a la cresta para volver a perder la carga y regresar al punto de inicio, respirar y volver andar. La renuncia a ese volver andar, es producto de esa extraña mismidad que se expresa en la contemporaneidad.

Eros y Thanatos… Sísifo y Narciso… los mitos son la forma en que la humanidad encontró para representar lo SAGRADO, la posibilidad e imposibilidad de lo humano, aquello que estaba más allá de su territorialidad, de su ser mundano; son también, el deseo por llegar a Otro punto de su estar en la tierra. El narcisismo de la cultura actual impide al Ser verse en el Otro, transmutar, para Han, este fenómeno está determinado por las necesidades del consumo, al capitalismo en su fase actual, no le sirve ya la masa homogénea de tiempo atrás, sino una nueva homogeneidad que transmuta en el Target. El individuo no es un humano sino simplemente un consumidor, que se afirma en su capacidad adquisitiva, en sus ingresos, en aquello que gasta por su salario: mercancías, que se vuelven “entretenimiento”. Lo cual plantea un vacío humano, donde lo amoroso se vuelve a todas luces un conflicto, un obstáculo que es necesario, combatir y desechar.

En su opera prima el director holandés Rene Eller: “WIJ” (2018) narra la existencia de un grupo de jóvenes, para los que el consumo es su fin último; así, en una búsqueda hedonista de su existir, inician un proceso de experimentación de los límites: del sexo a la muerte. La juventud es sinónimo de rebeldía y búsqueda; sin embargo, bajo el duro retrato de Eller, los procesos develativos de esta generación, los llevan a experimentar hasta llegar al homicidio. El sexo, aquí, ya no es la búsqueda de la Otredad, la pulsión creativa, sino el medio que les permite tener ingresos para poder consumir (pulsión de muerte). Los jóvenes se venden, se prostituyen a cambio del ingreso que les permite comprar. En un proceso aspiracional, las clases medias bajas, saltan al alto nivel del consumo a partir de la explotación de sus cuerpos.

En la actualidad existir implica consumir, no es el amor por el Otro, el encuentro y desencuentro con OTRO, sino el descubrimiento, orgásmico, de una nueva mercancía. En 1994, el director inglés Paul W. S. Anderson había abordado dicho fenómeno desde otra óptica, con su película “Shopping”, donde a través de la historia de tres jóvenes, desdibuja por completo la experiencia nihilista de los tiempos actuales. A diferencia de Eller, Anderson apuesta por la desacralización de la mercancía como elemento constitutivo de la existencia actual. Sus jóvenes son una banda de ladrones que destrozan centros comerciales, sólo hurtan pequeñas y absurdas mercancías, lo importante de la experiencia de hacer shopping es destruir la mayor cantidad de  mercancías en el menor tiempo posible (la inversión de la racionalidad de muerte). Aquí ya hay síntomas de la perdida del Eros, en la medida que la pulsión erótica en estos jóvenes ingleses se resuelve con experiencias límite: pararse en la raya de una vía rápida y esperar a que los automóviles pasen a toda velocidad al lado de ellos. El sexo ya no es seguro, le dice uno de los personajes a otro —estamos en tiempos del SIDA, ¿qué no sabes?.

El VIH fue un mecanismo que inhabilitó a generaciones a experimentar su sexualidad. Hoy la mercancía ocupa el lugar central de la experiencia erótica; del ejercicio amoroso. Pero el amor, como el sexo, han perdido se capacidad recreativa en el OTRO, para convertirse en un acto de mismidad. El amor fue un acto de negatividad, de rebelión frente al orden establecido; pero fundamentalmente la posibilidad en que el Ser transmuta en el Otro. De ello fueron profundamente conscientes los jóvenes de los años sesenta. Se dice que el poeta Allen Ginsberg aportó al movimiento contracultural estadounidense el legendario lema: “Paz y amor”. En los años sesenta reinaba la “Era de Acuario”, se trata en principio de ese instante en que la Luna entra en la casa siete y Júpiter se alinea con Marte, entonces la Paz guía los planetas y el amor conduce las estrellas.

Acuario significa una apuesta por la paz y el amor (como contrapropuesta al viejo orden de los padres: Primera y Segunda Guerra), así los jóvenes de los años sesenta apostaban por una deconstrucción del discurso dominante, rechazaban el consumismo por una nueva forma de socializar, un habitar el Uno en el Otro, la rebelión sexual. La apuesta amorosa significó una ruptura, que a la postre no tuvo continuidad con los nietos de aquella generación. Los jóvenes de hoy no apuestan por la ruptura.

Apostar al amor implica pues apostar por lo humano, deconstruír el orden existente. El amor es, singularmente, un acto de rebelión. El Romanticismo del siglo XVIII, fue un movimiento contracultural, que signaba su suerte en la calavera, en ese Ser que no era vida sino su contrario: muerte. La apuesta del Romanticismo, nada tiene que ver con la visión de pastel y betunosa del siglo XX… más bien se trata de un elemento crítico, la rebelión romántica.

La muerte signa nuestra contemporaneidad, pero ya no es una apuesta antitética. La contracultura de los años sesenta del siglo pasado, fue absorbida por la mercantilidad técnica… en la era de la reproductibilidad del arte, sus elementos críticos son parte de los Gadgets que ofrece la industria cultural. La vida humana en los hechos ha perdido todo valor, los humanos son desechados como las mercancías que consumen, porque la dinámica actual señala como destino manifiesto del consumista, la muerte a través del desecho. Aquel que se niega a significarse en el Otro se niega así mismo. La era de Acuario —hippie—, es la ensoñación de la Bella Durmiente, ella permanece así, en el sueño utópico de una sociedad distinta. La Bella Durmiente despertará con el beso que estampa el encanto… ¿o el desencanto nihilista?

Amar es pues encantarse, encandilarse del Otro, que el otro se encante en el canto de sí y del Otro, el Otro que es uno y es el Otro. Apostar al amor es apostar por lo humano. Estamos sí en ese momento en que las papas están por quemarse, ese justo instante en que las sociedades están en peligro. La extinción de la naturaleza, la muda naturaleza que vaga en el mundo lamentando su ocaso. Los ídolos han muerto, el dilema nihilista nietzschiano es profundamente vigente, pero no como un mecanismo acrítico, reificante, sino desde una perspectiva profunda donde el ser se reencuentra consigo a través del Otro.

El amor es un acontecimiento, un momento de ruptura que lleva a la verdad, a una nueva forma del Ser, lo cual significa que el Uno deje de ser lo que era, para convertirse en Otro, se habita de forma distinta a lo familiar, a lo establecido. Cuando el Ser ama, sucede algo que en principio no puede darse cuenta, se trata del instante del ACONTECIMEINTO, donde se irrumpe el continuum a favor de otra experiencia. El amor es un acontecimiento en esencia negativo, que inicia una nueva era… Acuario, vivimos el instante en que Plutón está en Capricornio, etapa oscuro, aparentemente sin cambios radicales, el arte está en decadencia. La apuesta imaginativa del mayo francés ha muerto, la imaginación nunca llegó al poder fue solo el alarido de una urgencia, la de la vida y el amor.

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