Racismo, clasismo los límites de la gaicidad mexicana

Por Armando Martínez Leal

@armandoleal71

¡véjame pero cógeme!

…eso le ha negado al homosexual

el lugar que le corresponde en la sociedad,

amordazándolo, humillándolo, violentándolo

o aprovechándose de la fantasía que parte de la comunidad

tiene de acostarse con un auténtico hombre.

Alejandro Varderi

 

En julio del 2012 se reinauguró la Alameda Central de la Ciudad de México, ese jardín virreinal (1592) que lo mismo fue espacio de la Santa Inquisición, el parque de la “aristocracia” porfirista, el espacio de esparcimiento de las trabajadoras domésticas; pero también el sitio por excelencia, donde los homosexuales varones, tenían sexo entre sus matorrales, y también comerciaban con la pobreza y el color de los más pobres que por unas cuantas monedas se prostituían y prostituyen en ese histórico espacio.

La historia de la Alameda Central concentra como mónada nuestra conciencia racista y clasista. El dictador, Porfirio Díaz la mandó emparrillar, para que sólo tuviera acceso la élite. En las décadas de los sesenta del siglo pasado se convirtió en el espacio solaz de los más pobres entre los pobres, indígenas emigrantes que venían a la capital a trabajar como empleadas domésticas. La piel y la pobreza se apoderaron del plaza.

Así los gais chilangos en esa histórica tradición de tomar los espacios públicos para relacionarse, sexar y comprar a los jóvenes morenos y pobres que emigran a la ciudad en busca de oportunidades y acaban vendiendo su cuerpo a las ávidas maricas, que desean tener a un auténtico hombre: un chacal.

La figura del chacal, es la representación del racismo, el clasismo y la homofobia de la comunidad de varones homosexuales en México. Se trata del ejercicio de poder, de ese aguijón que se saca, insertándolo en otro, que se considera más débil e inferior (Canetti). El chacal es el varón que además de su pobreza y color de piel, curte su cuerpo trabajando afanosamente como cargador de la Merced, Central de Abastos o bien como obrero de la construcción, ellos son los auténticos hombres, que son “dominados” por sus iguales (pobres, miserables y morenos), pero que pueden comprarlos.

En la centenaria y accidentada historia de la homosexualidad masculina en México, el baile de los 41, se convierte en un momento cuasi fundacional. “Aristócratas” conviviendo con pobres; varones travestidos coexistiendo con varones “masculinos”; ese es el signo de la identidad homosexual mexicana que marca la manera en que se deconstruye el amplio espacio de aquello que no debía ser nombrado, pero que existía, aquello que debería permanecer en la penumbra, debajo de las sábanas y a puerta cerrada, o bien, en bares oscuros y de mala muerte, en callejones y recovecos de la ciudad donde lo imposible existía.

El centenario baile de los 41, también debe ser entendido en su sentido clasista y machista, la relación que los maricas establecen entre sí, depende del ingreso y del color de la piel, entre más moreno eres más macho serás, por ende más deseado, pero también se sufre. La periferia y lo sórdido son el imán por excelencia para experimentar el lado más oscuro de la homosexualidad. Los chacales, como los travestis están en la base de la clasista pirámide gay mexicana. Los chacales son varones morenos, fuertes, rudos y pobres, los chacales dan compañía por caguamas y o bien, placer por 300 pesos.

La homosexualidad en México durante décadas fue perseguida, estigmatizada, odiada, rechazada… condenada. El homosexual era penado con la letra escarlata: puto, mujercita, puñal, joto… el homosexual transformó el estigma, se trata de un acto de rebelión. Pero sin embargo esta rebelión heteronormada, le dura poco a las mariconas mexicanas, que transforman la letra escarlata en una bandera… se trata de una trinchera, lo exagerado como elemento de la visibilización, entre más jotita más disruptiva, entre más jotita, más mujercita… entre más jotita más rechazada. Porque soy “hombre” y me gustan los “hombres”, cero jotitas.

La rebelión homosexual mexicana llegó a los límites del consumo y a su absorción como parte de la industria cultural. La homosexualidad tiene precio, igual que la tolerancia. Eso el dueño de Faceboock lo sabe perfectamente. La rebelión homosexual muestra su verdadera cara en el machismo que la caracteriza, rechaza profundamente la femineidad, varones homosexuales despreciando a las mujeres, varones homosexuales despreciando su femineidad.

Pero también los varones homosexuales mexicanos, se niegan sistemáticamente a reelaborar su identidad, como el espacio de lo posible, de la imaginación, rompiendo esquemas, como conjeturaba la marica mayor Michel Foucault, ese Otro que hace posible la reelaboración del sujeto desde otros referentes de poder. Sin embargo la dominación homosexual es profundamente machista, clasista, misógina. Odia a las jotas, odia a las vestidas, a los transexuales… odia lo femenino. ¡Vivan los barbones!

Pero en ese maremagno de la identidad gay también confluye el racismo que determina a una cultura mestiza que no acaba de parirse. Sí, somos mestizos, morenos… negros, sin embargo tratamos mal a las personas “más oscuras”, como si el mestizaje no hubiera existido… zapoteca, mixteco, otomí, maya… tzotzil, tojolobal… ¡Viva la madre patria!

De acuerdo a la Encuesta Nacional de Derechos Humanos, Discriminación y Grupos Vulnerables (UNAM/INE 2014), casi el 23 por ciento de la población mexicana considera que a las personas de piel oscura se les trata peor que a los demás, la pregunta que la encuesta nacional hizo resulta cómica, “personas de piel oscura”, como si la encuesta fuera en Finlandia. Personas de piel oscura, los conquistadores españoles lo entendieron a cabalidad cuando inventaron una virgen MORENA. Sin embargo los especialista de la UNAM y del INE, ¡No!

En la misma encuesta se les pregunto a los habitantes de la Finlandia del INE y la UNAM, si: ¿alguna vez han sentido que sus derechos no han sido respetados, por? No tener dinero, su apariencia física… su color de piel, ese mismo 23 por ciento respondió que sí, que se les han violado sus derechos por su piel oscura. ¡Viva la Finlandia latinoamericana!

Los homosexuales han reproducido el esquema clasista de la sociedad dominante, se trata pues de repetir las formas de dominación. Foucault, la maricona de la filosofía, señala en su Microfísica del poder, que el primer ejercicio de dominación, que el sujeto ejerce es sobre su cuerpo, al cual domina, cada ser constriñe su cuerpo, ejerce su poder contra sí mismo. La posibilidad que los maricas tienen es reelaborar esa relación o tipo de poder que se ejerce, reelaborar al ser. Los homosexuales están fuera de la norma; de a cuerdo a la misma Encuesta Nacional de Derechos Humanos, Discriminación y Grupos Vulnerables, un cuarto de la población mexicana ve con malos ojos las manifestaciones homosexuales en público ¡que se existan pero que se guarden! ¡Que regresen al clóset!

Esta intolerancia machista no la han sabido reelaborar los homosexuales mexicanos, ni los comunes, ni los activistas… históricos-histéricas, ni las carnavaleras, ellas compran chacales, o recogen jóvenes de la calle, los bañan y listo… ellos son los auténticos hombres… zapotecas, mixtecos, otomís, mayas… tzotziles, tojolobales… ¡Viva la madre patria!… chacal, chacal… ¡Viva la pobreza! ¡porque yo vivo del presupuesto! ¡porque soy luchona… activista!

Mientras la sociedad machista y homofóbica sigue su decurso… un 20 por ciento de la población jamás conviviría en su casa, con: “Un enfermo de sida, un homosexual, un moreno…” ¡Viva la madre patria!… chacal, chacal… chacal Ese 20 por ciento de la sociedad mexicana también toca el mundo homosexual, no cojo con sidosos… pero cojo a pelo, soy gay, pero odio a las jotitas… Nací en Iztapalapa, migre a la Condesa y odio a los morenos. ¡Viva el clasismo mexicano de las mariconas! ¡Viva el pride! ¡viva el carnaval! ¡viva Cristo Rey! ¡viva la historia!

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