Recuerdo y gloria del campeón Salvador Sánchez

Por Melissa Romero

Escribo esta nota en las vísperas de Día de Muertos. Escucho la bulla del público en la grabación de Salvador Sánchez contra el “Coloradito” López. Veo el rostro boxísticamente modificado de aquel hombre: nariz quebrada, pómulos inflamados y mirada de fiera.

¿Cómo pudo perder su último enfrentamiento? Un pensamiento retumba en mi mente: nadie le puede vencer a la muerte. Ni el mejor gancho al hígado puede ganarle la pelea, pues en la última campanada regresaremos con ella. No discrimina, le llega a cualquiera.

Pero los mexicanos la celebramos, gustosos recibimos a los que descendieron al Xibalbá.  Este Día de Muertos, en Santiago Tianguistenco, regresará Salvador Sánchez con su gente, a la tierra que lo vio convertirse en el ídolo boxístico de México en los pesos pluma.

Salvador Sánchez era oriundo de aquel municipio del Estado de México. Nació el 26 de enero de 1959 y desde muy temprana edad mostró un gran interés en el deporte de los puños.

Fue un joven con un talento inexplicable, explosivo, certero e inteligente. Su ardua disciplina fue fundamental en el desarrollo de su potencial boxístico. Su récord fue de 44 peleas ganadas, 32 knockeados y una sola pelea perdida. Debutó a la edad de 16 años y a los 21 ya era el monarca de los plumas, título que jamás fue arrebatado de sus manos.

Entre sus mejores peleas están la que enfrento a Wilfredo Gómez. El pronóstico de la pelea era reservado, pues ambos deportistas tenían un nivel excepcional. No obstante, Chava sacó a relucir su poder de puños y derrotó al boricua con unknock out impresionante.

El 13 de agosto de 1982, tras un trágico accidente automovilístico, Salvador Sánchez murió. Santiago Tianguistenco y todo México estaba paralizado, pues perdió la vida en el mejor momento de su carrera. Aún se sentía en el aire la emoción de los aficionados, el aroma al cuero de los guantes y la vaselina aún no secaba del rostro de Azumah Nelson, a quien pocas semanas antes había derrotado.

Le dio una verdadera lección de boxeo calculado, certero y elegante: entrar a la defensa, golpear al rival y salir elegantemente mientras el jab del campeón marcaba el ritmo del combate.  Y así la huesuda tomó los 57 kilos de Sánchez y se los llevó con ella. Nos quitó el deleite que era ver sus puños en los cuadriláteros y también la posibilidad de un enfrentamiento con el otro ídolo del momento, el número uno libra por libra en México: el gran Julio César Chávez.

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