Relato de una ciclista: “El chofer dijo que era la culpable y se peló”

Por Paola Reyes

Foto: Eréndira Negrete

Era miércoles. Ombligo de semana. Al salir del trabajo junto a Ari, mi mejor amiga, miré mi reloj para verificar si habíamos hecho un récord al tardar menos que otros días en bañarnos y cambiarnos después de dar la clase de natación. Sin embargo, salimos 10 minutos más tarde que ayer.

Ari llevaba su bicicleta para ir a su casa y ahorrar lo del transporte. Comenzó a llover y nos apresurábamos a donde yo tomo la micro y ella parte a su casa. La Avenida División del Norte es muy transitada por camiones grandes y micros que van desde Chapultepec hasta Ciudad Universitaria. También incluye el paso del trolebús.

Mientras esperábamos a que pasara la micro en la que me voy, le decía que estaba en contra de usar la bicicleta en días lluviosos y más por esta avenida, que era muy peligrosa. Después de quince minutos llegó el transporte. Nos despedimos de prisa. Por las ventanas de la micro veía como Ari se alejaba en su bici.

Al llegar a mi casa tenía un mensaje de ella diciéndome que era urgente que lo leyera. Inmediatamente le llamé. El mensaje decía que “había sufrido  un accidente en la bicicleta y que mañana no iba poder ir a trabajar”, y quería  pedirme que mañana la cubriera.

Más tarde me llamó mi jefa y me dijo que era necesario que fuera el jueves   por el  incidente que había a tenido Ari. Normalmente los jueves no voy, pero sabía que  hacían falta maestras ese día, que había más niños de lo habitual.

Esa noche volví a marcarle para saber cómo seguía. Estaba muy asustada. Me contestó con voz temblorosa. Apenas habían pasado dos horas de lo sucedido.

“Fue justo enfrente del Parque de los Venados. Traía puestos los audífonos, el volumen estaba alto. De reojo alcancé a ver que un autobús grande color morado, de los que van hasta Chapultepec, venía muy cerca de mí. Seguía en mi carril, pegada casi a la banqueta de lado derecho. Esperaba que el camión se alejara de mis pies. Tenía el otro lado de la avenida totalmente vacía. De pronto, el lado lateral del autobús golpeó el manubrio de la bicicleta y todo ocurrió instantáneamente. Salí disparada de la bici. Todo parecía borroso.

“Sentí un golpe muy fuerte, primero en las piernas, cadera y brazos, y al último en la cabeza. Por suerte ésta cayó encima de mi mochila, que no sé cómo llegó a quedar justo para proteger mi cara. Antes de reaccionar veía cómo caía la llanta de atrás y el asiento de la bici encima de mí. Tal vez sólo fue mi imaginación, porque cuando volví en sí, la bicicleta estaba tirada a unos metros de mi”.

Le pregunté si el chofer se había bajado a verla.

“Se bajó, pero sólo a reclamarme. Me decía enfadado que él me había prevenido tocándome el claxon, que yo no había oído porque traía los audífonos y que esa no era su culpa. Venía acompañado de alguien más, supongo que era quien gritaba para que los pasajeros subieran. Sólo me ayudó un poco a levantarme y regresó a su asiento, luego se fue lo más rápido que pudo”.

Todo lo que me contaba se retrataba en mi mente como algo aparatoso. Sólo esperaba que se recuperara pronto, que el chofer pagara los daños y aceptara su culpa, aunque así como están las leyes eso no era de esperarse.

Me continuó relatando lo que pasó: Cuando me puse de pie estaba temblando. Había gente a mi alrededor, la mayoría me veía, pero nadie me decía que si necesitaba ayuda. Sabía que no podía tomar un taxi para llegar a casa. Nadie se querría llevar la bicicleta. Era imposible, no cabría en ninguno y no podría dejarla. Mis leggins estabas rotos de la rodilla. Tenía sangre y sentía un raspón en la cadera. Me ardían también los nudillos de la mano izquierda y me dolía el cuerpo.

Ya estaba oscureciendo. Trataba de ir a prisa atravesando el Parque de los Venados, caminando con la bici. Llamé a mi novio, pero no fue buena idea. Lo asusté. En seguida le llamé a mi madre y ella me encontró en el camino. Me ayudó a llegar a casa, ya que Fidel estaba lejos y tardaría más en llegar. Lo único que quería era llegar y tomar o hacer algo para dejar de sentir este malestar. Cuando vi a mi mamá estaba muy tranquila. Aún faltaban cuatro cuadras para llegar y ella estaba muy tranquila. Eso me ayudó a no sentirme más alterada. Mi mamá no sabía qué decir, sólo me pregunto qué había pasado, pero yo no quería hablar de ese momento.

En cuanto entré a mi casa revisé mis heridas y eran grandes, profundas y con mucha sangre. Metí a bañar pero fue lo peor que pude hacer. Parecía que había activado nuevamente el dolor, como el instante en que pasó. Al revisarme bien tenía varios moretones en las piernas arriba de las rodillas, en la espalda y brazos. Tres profundos raspones en la rodilla que precia que me hubieran quitado un centímetro de piel y en la cadera un raspón grande que estaba al rojo vivo, como los demás.

La bicicleta quedó intacta. No pienso usarla en mucho tiempo. He estado pensando que tal vez pude haber muerto, que ni siquiera me pude despedir bien de ti por las prisas que tenía de llegar a casa y alistarme por ir al fashion week a cumplir con mi trabajo, a terminar mi tarea y llegar a escribir un artículo que tenía que entregar para la escuela. Todo pasó en un instante que tal vez duró menos de un minuto, pero en ese tiempo pasó toda mi vida por mi mente.

Ari no fue a trabajar al día siguiente. No le había contado a ninguna de las maestras lo que le pasó. Ya no quería que nadie le preguntara de eso. Sólo lo sabíamos la jefa y yo. Estuvo cuatro días sin entrar al agua, con dificultades para bañarse, ya que en la alberca se humedecían las heridas y atrasaba la recuperación.

Cuando al fin fue a trabajar ya habían pasado cinco días. Los moretones apenas estaban desapareciendo. El calor no ayudaba a que sanara rápidamente. Sabía que no debía entrar aún a la alberca. Sin embargo, tampoco podía faltar, ya que los días por incapacitación en el trabajo no los pagan.

Kim, mi jefa, y las demás compañeras, la vieron al entrar ya lista con el traje de baño. Se asustaron al ver la gravedad de las heridas. A pesar del tiempo que había pasado estaban frescas. Aun así no tuvo la opción de faltar.

Así asistió al trabajo. En dos semanas, el agua que es tratada con químicos, en vez de ayudarla retrasaba la curación. Pasamos una hora dentro de la alberca. Cuando salíamos las costras volvían a caerse. Ari me decía que era difícil usar pantalón. Le rozaba y le dolía la rodilla al igual que la cadera y si usaba vestido todos preguntaban con morbo que qué le había pasado. Era incomodo caminar porque al doblar la rodilla sentía cómo se volvía a abrir el tejido de la piel que ya se había alcanzado a cerrar.

Después  de dos semanas del accidente le pregunté si nunca denunció al chofer del autobús. Me dijo que no, que todo pasó tan rápido y el chofer huyó, que no pudo ni siquiera anotar las placas del camión.

Ari evita subir a esos camiones desde lo ocurrido. Sabe que el conductor seguro la reconoce, pero ella a él no. Dice que le tomará tiempo volver a usar la bicicleta y cuando lo llegue a hacer usará casco rodilleras y las protecciones adecuadas.

Ha pasado casi un mes y apenas cerraron sus heridas, los moretones y los golpes ya han desaparecido completamente. La Avenida División del Norte es de las más peligrosas en la Ciudad de México. Hay señales en el piso donde indican el espacio de las ciclovías pero los camiones no las respetan. Ocurren accidentes continuamente, no sólo de bicis, incluso de motocicletas y autos particulares.

En los últimos cinco años se han registrado en la Ciudad de México 636 muertes de ciclistas por accidentes viales. Nueve de cada diez han sido hombres adultos mayores de 60 años. 37 mil 121 bicicletas se vieron involucradas en accidentes vehiculares y se registraron 14 mil 274 heridos graves de bicicleta.

Pero no solo eso. Siete de cada 10 heridos son niños y adolescentes que permanecen entre uno y tres días en el hospital. El 35.8 por ciento de las lesiones son en brazos, 24.8 en la cabeza y 22.7 en piernas.

Artículos relacionados

Deja un comentario