“Rockdrigo”, el Metro Balderas y sus universos paralelos

Por Mayra Ortiz

 

Foto: Mónica Loya Ramírez

 

Detrás de ese embotellamiento humano que se desplaza diariamente por el acalorado y a veces mal oliente pasillo que conecta a la línea más antigua del Metro con la más extensa, se encuentra la estación Balderas.

 

Son dos universos paralelos, uno pintado de verde y otro de rosa, que corren y sudan para llegar con puntualidad a la cita, abriéndose paso en una batalla épica, digna de alguna película medieval.

 

A escasos centímetros de recargarse en la pared de mármol rosado se encuentra una escultura de bronce muy peculiar.

 
Es una figura que vive ahí desde 2011 y que no sólo representa un punto de referencia en el Metro para encontrarte con alguien, “nos vemos en Balderas, por donde está la estatua”, sino el sentimiento de un cantautor tampiqueño que contagió a toda una generación con su música: Rodrigo González, “Rockdrigo”, compositor del conocido tema “Estación del Metro Balderas”.

 
Qué contradicción tan compleja el hecho de que la efigie del rocanrolero (que dicen que se murió de “un pasón de cemento”, al quedar sepultado en el terremoto de 1985) esté empotrada en este lugar tocando su guitarra, pues la letra de la canción advierte:

 

“Llévame hacia Hidalgo o hacia donde quieras, pero no me lleves, no, a la estación de Balderas.

“Hace cuatro años que a mi novia perdí, en esas muchedumbres que se forman aquí, la busqué en andenes y en salas de espera, pero ella se perdió en la estación de Balderas; una ola de gente se la llevó, ahí fue donde yo perdí a mi amor, vida mía, te busqué de convoy en convoy”.


Rockdrigo, como era conocido por músicos y amigos, era originario de Tampico, Tamaulipas, y llegó a la capital mexicana en la década de los setenta, tras haber dejado sus estudios de psicología para seguir su vocación por la música.

Así que pronto comenzó a rodearse de músicos del rock como Jaime López (autor de la canción Chilanga banda) y el guitarrista Javier Bátiz, maestro del maestro Carlos Santana.


Sus canciones de inmediato fueron adoptadas por el público “urbano”, pues sus letras estaban inspiradas en calles y lugares emblemáticos de la Ciudad de México.

Al escenario Rockdrigo subía acompañado sólo de su guitarra y una armónica, con ese peculiar sonido acústico y un tanto desafinado, característica que él mismo bautizó como Rupestre, una manera básica y poco estética de componer y tocar.

Su inspiración podía venir de lugares tan raros como el rock de Bob Dylan, el Huapango, o las historietas de la Familia Burrón, que retrataban con humor el día a día de nuestra sociedad con un toque humorístico.


Solo logró editar un disco en 1983, Hurbanistorias, sin embargo, tiene varias composiciones que se hicieron famosas editadas de manera póstuma como Estación del Metro Balderas, No tengo tiempo de cambiar mi vida, Tiempo de híbridos, Aventuras en el Distrito Federal, entre otras.


Desafortunadamente Rockdrigo, o “El Profeta del Nopal”, como se hacía llamar, perdió la vida en el sismo que sacudió a la Cuidad de México el 19 de septiembre de 1985. El edificio en el que vivía, ubicado en el número ocho de la calle Bruselas, en el Centro Histórico, se derrumbó durante las primeras horas de la mañana.


El diseño de esta escultura de 1.70 metros de altura y 200 kilos de peso que, desde hace seis años vigila el Metro Balderas, corrió a cargo del artista plástico Alfredo López Casanova.


Para su fabricación, los músicos Roberto González y Francisco Barrios, este último integrante del grupo de rock Botellita de Jerez, se dieron a la tarea de realizar una colecta de llaves para dar vida y forma a un Rockdrigo de bronce.

Quizá con un poco de suerte y su canto permanente en el Metro Balderas, por fin Rockdrigo, inmortalizado en esta figura, recupere a la novia, su amor, su vida, que un día la muchedumbre le arrebató.

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