Rosario

Por Karina Maya

 

A veces me pregunto por qué cuando nos enojamos nuestro rostro se pone rojo al grado que damos miedo, eran las palabras de Rosario cuando tuvo que conversar con Fernanda.

 

Si están discutiendo, no solo se ponen así, además las manos se ponen tiesas, a veces se empuñan, creo que es el aviso de que se preparan para golpear. La mandíbula la aprietan, las venas de los ojos se les llenan de sangre, la respiración se agita. Cuando en una discusión, alguno se altera y otro simplemente escucha, creo, es porque hay diferencias en el nivel de fuerzas y temor.

 

Un día revisé en mi diccionario el significado de la palabra discusión, entendí se trata de una forma en la que las personas hablan sobre algún tema, no decía nada sobre gritos, golpes o la transformación de las personas.

 

El relato de Rosario continuaba. Rosario es una niña de piel morena, un largo cabello largo, delgada y muy inteligente. A sus 10 años, padece desnutrición severa.

Sentada en un sillón con los pies doblados y con Fernanda sentada frente a ella, escuchándola atenta y tomando algunas notas, continuaba.

 

Entonces, pensé que mis padres no discutían, era otra cosa. No puedo comprenderlo de esa manera. Cuando era más pequeña, yo veía que mis padres eran amorosos conmigo, mi papá era mucho de abrazarnos, a mi mamá siempre le daba un beso en la frente, ella lo aceptaba bien. Qué pasó, por qué mi papá se transformó.

 

Se volvió frecuente que él le gritara, alcoholizado, siempre cuando llegaba en la noche. Esos momentos eran terribles para mí, apenas le oía abrir la puerta y gritar, ya llegué, sabía que las cosas no estarían bien. En el último tiempo me escondía en mi recamara, no quería verlo.

 

En esos días, le exigía a mi mamá que le sirviera de cenar, mientras él servía su cerveza. A veces preguntaba por mí, cuando lo escuchaba decir, dónde está mi flaca, mi estómago se hacía chiquito.

 

Un día llegó muy borracho, golpeó desesperadamente la puerta para que le abriéramos, estábamos cenando, mi madre me pidió ir a mi recamara, – será mejor que ya vayas a dormir-, subí corriendo. A lo lejos escuché que la empezó a insultar, no recuerdo el motivo. Mi mamá intentó defenderse, gritándole y diciendo que mejor se fuera a dormir, que estaba muy borracho. Él se enfureció, entonces oí algo parecido a un golpe y una botella quebrarse.

 

Con la luz apagada, en mi cuarto, con la puerta entre abierta, oía. Después, escuché que mi mamá gritó, como si la hubiera lastimado, entonces ella  le dijo que se largara de la casa, que no volviera más. No sé de dónde sacó fuerzas. Mi papá cerró la puerta. Se fue  gritando en la calle, todos los vecinos se enteraron del pleito.

 

Pasando algunos minutos, decidí bajar, temerosa de no saber con qué me iba a encontrar, en cada escalón con voz bajita empecé a llamar a mi mamá -mamá, ¿estás bien?- No respondía, sentí miedo. Cuando llegué a la cocina, ella estaba sentada en una silla llorando, tenía un trapo en la mejilla lleno de sangre, mi papá la había herido con la botella. Grite, me puse nerviosa y lloré desesperadamente. Mi mamá me abrazo para tranquilizarme.

 

Por qué Fernanda, por qué dos personas que demostraban amarse, terminan haciéndose daño. Por qué tengo que vivir así. En las noches tengo pesadillas, sueño con mi papá, él llega por mí para hacerme daño, a veces despierto, porque he mojado la cama.

 

Datos:

 

En 2015, 6 de cada 10 niñas y niños recibieron agresión psicológica (Encuesta Nacional de Niños,  Niñas y mujeres, 2015 )

En México, cuatro de cada diez mujeres sufren violencia sufren violencia .

 

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