Seda, de Baricco… Un viaje al fin del mundo en el nombre del amor

Por Rivelino Rueda

 

Lavilledieu prospera con larvas y gusanos. La pequeña población francesa, año con año, espera a esos pequeños insectos para confeccionar esa tela que es la nada cuando se sostiene entre las manos.

 

Egipto y Siria, a veces la India, provén los huevecillos del animal viscoso que, luego de salir de su capullo, puede producir con su saliva hasta de un kilómetro de hilo en crudo de ese precioso material.

 

Hervé Joncour es el aventurero que sostiene al pueblo, el que se traslada hasta esas regiones para negociar, discutir y acordar el precio de la cosecha anual, la que hará que Lavilledieu se sostenga un año más. Pero llega la infección, la malaria y la putrefacción de la veta de larvas de Oriente Medio. Todo parece estar perdido.

 

El escritor italiano Alessandro Baricco nos entrega en la novela Seda un patrimonio para la humanidad, en donde el oriente y el occidente chocan culturalmente en una alucinante narración de deseo, de dolor, que en muchas ocasiones se confunde con el sentimiento del amor.

 

“Era 1861. Flaubert estaba escribiendo Salammbo, la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra cuyo final no vería. Hervé Joncour tenía treinta y dos años. Compraba y vendía. Gusanos de seda”.

 

Baldabiou, terrateniente de la región y artífice de la aventura empresarial de la tela exquisita es quien revela los secretos del oficio al prospecto de ejemplar soldado del Ejército Francés, Hervé Joncour. Y es Baldabiou, el jugador manco de villar,  el que mete al juego de este oficio a Hervé con unas simples palabras al padre de éste.

“—Mi hijo Hervé, que dentro de dos días volverá a París, donde le espera una brillante carrera en nuestro ejército, si Dios y Santa Inés lo quieren.

 

–Exacto. Sólo que Dios está ocupado en otra parte y Santa Inés detesta a los militares”

Y Baldabiou tiene la solución a la peste. El muchacho, casado con Héléne, es el indicado para emprender el viaje a la tierra prometida, a Japón, país inexpugnable que está al otro lado del mundo.

 

“—¿Y dónde quedaría, exactamente, ese Japón?”, pregunta un escéptico Joncour.

 

“—Siempre recto, hasta el fin del mundo”, responde Baldabiou.

Y así cuatro viajes, auspiciados por los desesperados criadores de gusanos del pueblo francés. Atraviesa Alemania, Austria y Hungría; penetra en la Rusia zarista hasta Kiev, supera los Urales y baja hacia la estepa siberiana hasta llegar al Lago Baikal; Desciende por el Río Amur, bordea la frontera de China hasta llegar al Océano Pacífico, en el Puerto de Sabrik, para que unos contrabandistas holandeses lo trasladen a Cabo Teraya, en la costa oeste de Japón.

 

Cuatro viajes que emprende los primeros días de octubre y culminan antes del 1 de abril, para asistir puntual, con Héléne, a la misa de Santa Inés. Cuatro viajes al fin del mundo para conseguir el gusano de la seda, pero sobre todo para admirar y desear a la misteriosa “mujer blanca” de un Japón a punto de entrar en guerra civil.

 

Y en medio dos cartas con ideogramas japoneses, con tinta negra de dolor, deseo y esa misteriosa palabra llamada amor: “Amado señor mío. No tengas miedo, no te muevas, permanece en silencio, nadie nos verá”.

 

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