Segundos de zozobra en mítines de AMLO; la seguridad del candidato, un permanente “foco rojo”

Por Rivelino Rueda/Enviado

 

GUADALUPE VICTORIA.– Andrés Manuel López Obrador se queda paralizado cuando observa que el policía estatal de Durango se le va encima. Son fracciones de segundo de zozobra, de sorpresa, arriba y abajo del templete.

Marcelo Ebrard, coordinador regional de campaña; Alberto Anaya, dirigente nacional del PT, Alejandro González Yáñez, candidato a senador por Durango, y César Yáñez, jefe de prensa del abanderado presidencial, se quedan paralizados en esos minutos de incertidumbre.

El oficial, con su uniforme de servicio azul marino, se abalanza al político tabasqueño en pleno mitin de campaña cuando hablaba González Yáñez.

Un silencio profundo se posa en ese instante. El oficial está desarmado, pero la actitud resuelta del uniformado paraliza a todos.

El hombre, de casquete corto, con el chaleco antibalas de la corporación, entre nervioso y emocionado, y con el rostro lleno de sudor, se lanza hacia el candidato de la alianza Juntos Haremos Historia (Morena-PES-PT), lo toma del hombro, le estrecha la mano.

López Obrador, todavía destanteado, extiende su mano y la funde con la del policía, pero éste lo estrecha y le da un fuerte abrazo, para luego levantarle la mano en señal de victoria.

“¡Estamos con usted, señor!”, se alcanza a escuchar. El tabasqueño le regresa unas palabras imperceptibles.

Luego, el policía estatal saluda de mano, uno por uno, a todos los que se encuentran en el templete, baja la escalera a trote y se rompe el silencio, la tensión momentánea.

El tres veces candidato presidencial, quien ha insistido que no necesita de seguridad porque “lo cuida el pueblo y el que nada debe, nada teme”, comenta al término del mitin que “están con nosotros los policías”.

“Están con nosotros los policías. Me dio un abrazo y yo le dije que cuando triunfe nuestro movimiento van a mejorar la situación de los policías, de los soldados y de los marinos”.

***

Dos semanas antes, en Compostela, Nayarit, un movimiento extraño se da a unos metros del acto de campaña del político tabasqueño.

El mitin de López Obrador está por terminar. Sus simpatizantes desbordan la Plaza Principal de este municipio.

Como ya se ha vuelto una costumbre, los asistentes se desplazan a las vallas metálicas por donde saldrá el candidato para estrecharle la mano; para decirle unas palabras; para entregarle una carta, algún documento; para regalarle artesanías, sombreros, fotos, comida; para sacarse una selfie con el teléfono móvil o la tableta; para tocarlo, para estar cerca de él.

Pero el verdadero tumulto se forma alrededor de la camioneta en la que se desplaza. Ahí los esperan cientos, le cierran el paso, lo abrazan, le dan palmaditas en la espalda, le dicen palabras de aliento.

No hay seguridad pública a la vista. El candidato presidencial insiste en que no la necesita. Los elementos de logística de Morena de cada estado que visita se ven rebasados.

A un costado de la Catedral de Compostela, llamada Parroquia de Santo Santiago Apóstol, por donde saldrá la camioneta del tabasqueño, un pequeño automóvil compacto color azul se detiene.

Su conductor, un hombre de unos 38 años, extremadamente obeso, de unos 1.80 metros de estatura, casquete corto, barba rala de candado, con cachucha de beisbolista, playera azul marino sin mangas, bermuda negra y tenis, desciende abruptamente, realiza algunas llamadas de su celular y se recarga en la parte posterior del auto.

A los pocos minutos llega otro hombre, con una gorra beige con las siglas de Morena. Saluda. También se recarga en el coche, a un lado del hombre obeso. Intercambian algunas palabras y observan la salida de López Obrador, a unos 20 metros de distancia.

Llama la atención el tatuaje en el brazo derecho del hombre obeso. El dibujo a colores en su piel es una mezcla extraña: fajos de billetes de dólar, una mujer desnuda, rascacielos despuntando al cielo y, coronando el rayón de tinta desgastada, un hombre encapuchado con pasamontañas apunta un arma de alto poder.

A la altura de la frente de la capucha negra, unas siglas: “CJNG”. Son las letras del Cartel Jalisco Nueva Generación, el grupo criminal que opera en la región.

La tensión aumenta cuando el hombre grueso tantea, a la altura de su barriga, una pequeña estuchera de piel color negro. Mete y saca la mano de esa bolsa. La camioneta en la que viaja López Obrador, atiborrada de simpatizantes que buscan una última foto, un último contacto, pasa a un lado de los dos hombres.

Ambos sólo observan el paso del candidato presidencial en silencio. Intercambian unas palabras, luego suben al automóvil.

Ahí permanecen unos 20 minutos, con las ventanas arriba, a pesar de los 32 grados de temperatura, el hombre obeso realizando llamadas desde su celular, el otro hombre, el de la gorra de Morena, permanece tranquilo en el asiento del copiloto.

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