Sentir mucho es del siglo XIX… todo lo sólido se desvanece

Por: Armando Leal

@armandoleal71

Esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan

potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al

mago que ya no es capaz de dominar las potencias

infernales que ha desencadenado con sus conjuros

Manifiesto Comunista

Las reflexiones teórico-filosóficas de gran parte de las últimas dos centurias establecieron los dilemas que enfrenta la humanidad en la contemporaneidad. Nietzsche, Marx Freud elaboraron el diagnóstico del Ser en todas sus dimensiones; sus miedos, represiones, incapacidad, alienación, su condición aherrojada. Los tres cavilaron sobre el devenir de la humanidad en la Modernidad entreviendo el nihilismo.

Marshall Berman apostilló ese devenir con su libro “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, la caída de los grandes relatos, de los antiguos asideros. El primer macilento en ese embate de construcción de un “nuevo orden civilizatorio” fue Dios, esa totalidad que gobernó las voluntades humanas durante siglos. Hoy solo los mayores creen en la existencia de ese Dios, ese que yace en la cruz. Se experimenta una sui generis religiosidad donde la ratio instrumental domina la relación.

Se cree en una “fuerza poderosa” por encima de lo humano, pero este dogma está obligado a cumplir ciertos fines. Aquel que cree en algo, espera de ese algo una compensación. La acción racional con arreglo a fines weberiana permea todas las relaciones humanas, las determina y rige. La relación originaria con lo Sagrado, donde el arriba y el abajo no existía, ha desaparecido… parece que lo simbólico poco a poco ha perdido terreno. El arte ya no dialoga con lo imaginario, se pierde en el maremágnum de la forma desechando el fondo. No hay drama en el arte, porque el artista actual se niega a sentir.

El segundo caído en el relato civilizatorio actual es el conocimiento. Estamos ante un proceso de relativización de los saberes. El conocimiento se ha vuelto información, un dato descontextualizado que da respuesta a una ingente necesidad por opinar. Se ha entrado en un proceso de equivalencias donde opinar y saber son unicidad. Hoy todos defienden su derecho a creer, para dar sustento a su juicio está el Internet y sus millones de sitios y videos que en menos de ocho minutos apaciguan el ansia por opinar.

El neoliberalismo, esa posible fase del capitalismo, generó un proceso de empobrecimiento de los saberes, el conocimiento se elitizó, ya no se apuesta más por su universalización. Ahora unos cuantos tienen acceso a esos saberes prohibidos, mientras la gran mayoría degluta las migajas para poder opinar. El conocimiento se ha vuelto una mercancía, las masas mayoritariamente consumen información que pretenden pasar por conocimiento; se producen millones de páginas para dar respuesta a ese ansioso consumidor. En las escuelas se enseñan saberes “significativos” y competencias como herramientas para el individuo del siglo XXI, en detrimento de ello, la filosofía, la ética, la historia, la literatura y demás saberes son desechados y reducidos a su carácter anecdótico.

El siglo XX experimentó la crisis del conocimiento como ese relato que nos permitiría ser fraternos, solidarios e igualitarios. La Primera Guerra Mundial como señaló Eric Hobsbawm implica el inicio de la centuria, donde los grandes ideales planteados en el s. XVIII aparentemente colapsaron. La alternativa al capitalismo, el Socialismo realmente existente develó su cara autoritaria y siniestra. Pareciera que con la Caída del Muro de Berlín (1989) no solo concluyó la centuria pasada, sino que ahí murieron los grandes asideros que dieron sentido a la existencia a la humanidad.

¡Pareciera! aparentemente triunfó la libertad. El individuo contemporáneo, habitante del siglo XXI se desarraigó de sus ancestrales ataduras para pervivir en el reino de la libertad. Pareciera que ya no hay grandes relatos, ni asideros. Se vive en el reino de la libertad total, donde la posibilidad de CREER en la astrología, el veganismo, la anarquía trendy, la sabiduría yoga, la insensata lucha contra el PODER (como entelequia ABSTRACTA), alguna secta —escisión del catolicismo—, es equiparable a la importancia que tienen las vacunas.

En “Experiencia y pobreza” (1933), Walter Benjamin señala que uno de los síntomas de la Modernidad es el empobrecimiento de la experiencia, la pauperización del ser hasta su extremo: el individuo, uno que existe y consume la inmediatez; trascender es a todas luces una aspiración pasada; así como, amar, comprometerse, o bien: SENTIR.

Recientemente un joven teórico de la inmediatez, esos del reino del desencanto de cara bonita, señalaba que sentir era abrumador, como una pesada lápida. Su creencia es del todo válida en el reino de la libertad absoluta… la pregunta que subyace ante su acto de fe es: ¿realmente dejar de sentir es propio de una época?, ¿dejar de sentir lo hace libre, sin las antiguas ataduras, las del XIX o bien de la época de la caverna?

El acto de fe, donde el teórico de la inmediatez afirma su LIBERTAD, devela el empobrecimiento de la experiencia, la renuncia a su condición ontológica. En estos nuevos tiempos parece que el individuo está más ocupado en lo que aparentemente siente un gato, un perro o una vaca, que responsabilizarse por su devenir en el mundo; todo en favor de lo que CREE y en el inalienable ejercicio de su LIBERTAD.

Frente al discurso ideológico de la EMPATÍA, la experiencia solo alcanza para dejar de consumir carne… mientras millones de habitantes en el mundo se mueren de hambre. Frente al discurso ideológico de la EMPATÍA la lucha solo alcanza para que los blancos y privilegiados hablen del racismo mientras millones de pueblos originarios fenecen en la pobreza y en la omisión de su lengua. Frente a la batalla frenética contra el machismo, a las radicales feministas solo les alcanza para embestir monumentos y edificaciones… mientras decenas de mujeres siguen muriendo al día, mientras el macho sigue asesinando a la mujer en la periferia miserable del lugar que habita el BLOQUE NEGRO.

Sentir va más allá de la sensación, ese estímulo ante el peligro o el placer. Sentir va más allá de la empatía y su ideología nihilista. Sentir implica necesariamente reconocerse como humano y ser responsable con lo que ello conlleva: habitar la tierra, implica crear una forma de existir donde la naturaleza no sea eliminada, donde miles de mujeres no sean asesinadas, donde millones de habitantes no mueran de inanición. Sentir implica pensar. Probablemente la experiencia del sentir del siglo XIX esté caduca, probablemente nadie esté dispuesto a morir por amor. Porque amar implica sentir.

Nietzsche identificaba un nihilismo positivo y uno negativo; el primero era un estadío necesario para la reelaboración del SER, el segundo implicaba una llegada, se trata de un momento civilizatorio donde ese individuo desabrigado de toda creencia se hundiría en la posmodernidad donde el reino del vacío sería el regodeo del INDIVIDUO. Se está en ese vacío donde la consigna es no sentir por el Otro…

En el correlato de las batallas en el desierto, la humanidad confronta la batalla por el amor, por sentir, por la posibilidad de perderse en el OTRO y cargar la lápida que aparentemente implica. Sentir va más allá del oscuro cliché que los mass media generaron, que la ideología actual pretende vender al libertario individuo. Parece que el resto de las batallas se han perdido: ¡Dios ha muerto!, el conocimiento fenece frente a su estratificación y el consumo masivo de la información… pasamos del santo patrono de las causas perdidas a San Google… el santo patrono del imbécil.

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