El Sha o la desmesura del poder, Ryszard Kapuściński

Por Luz Imelda Ferreira de Loza

Kapuściński relata los sucesos que llevaron al Ayatola Jomeini a la toma del poder en Irán, en 1980, y permite que nos demos cuenta qué es lo que necesita un reportero para llevar a cabo el ejercicio periodístico.

Con su característica manera de ver y narrar los sucesos, describe lo que sucede alrededor del hotel donde se aloja en Teherán y que en ese momento sólo él ocupa, sin embargo, meses antes eso hubiera sido  imposible por la cantidad de huéspedes que no sólo se alojaban ahí, sino en todos los demás hoteles e incluso era muy difícil conseguir habitación. Conseguir alojamiento era como sacarse la lotería, dice el autor.

Describe como quedaban las calles bajo el control de las milicias islámicas o de los comandos independientes cuando comenzaba el toque de queda desde la media noche hasta la madrugada.

Ryszard se apoyó  para escribir este libro de las fotos, periódicos, notas, libros y cassettes que llenaban su habitación desordenada y que contenían toda clase información sobre Irán y que gracias a ellos transmite una idea muy clara de lo que el país en ese tiempo.

Una de las fotografías con las que contaba el autor era la de un soldado y un hombre, el primero sostenía una cadena que estaba atada al cuello del segundo, la fotografía se remonta al año de 1896.

Los personajes de la foto son el abuelo del Sha, Mohammed Reza Pahlevi, quien sostiene la cadena y el hombre herido y encadenado es el asesino del Sha Naser-ed-Din. También tiene una fotografía de un oficial de brigada de los cosacos de Persia, parado junto a una ametralladora, es Reza Khan, que es hijo del soldado de la primera foto.

El Sha Reza Pahlevi llegó al trono después de provocar un baño de sangre el 19 de agosto de 1953 a consciencia de acuerdos oscuros y la manipulación de gente. Dice Kapuściński que la CIA nunca aceptó el papel protagónico que tuvo en estos acontecimientos.

El periodista polaco sigue reconstruyendo la realidad de Irán a partir de cada una de las fotografías que encuentra.

En una foto que encontró en el Comité Revolucionario de Shiraz hay un niño de tres años que estuvo preso. Esta foto no es única, dice que hay muchas otras que también cuenta el terror vivido con cuerpos masacrados y torturados por la SAVAK (servicio de inteligencia y seguridad interior de Irán en el tiempo que reinó el Sha), que compara con la Gestapo.

En otra fotografía se ve al Sha Mohammed Reza rodeado de micrófonos donde está hablando sobre las ganancias de petróleo que en los últimos dos meses se cuadriplicaron y esto haría que Irán se convirtiera en la quinta potencia económica mundial; sin embargo, para hacer negocios y alcanzar niveles de esa magnitud se debía contar con la infraestructura, cosa que el Sha desconocía que su país no tenía.

Por ejemplo, el mandatario no sabía que todos los países a los que había pedido productos no tenían manera de desembarcarlos, porque Irán no contaba con puertos.

El Sha, un hombre arrogante y con delirios de grandeza, creó un ejército no para defender a su pueblo, sino sólo para servirle y así poder mantener sus privilegios y seguirse enriqueciendo.

Sus aliados y quienes tenían puestos importantes robaban y vivían con lujos tan banales como desayunar comida traída de Francia. A los que no le entraban al juego y no robaban, los acusaban de espías y  se alejaban de ellos hasta que abandonaban sus puestos.

Sin embargo, en la opinión de Kapuściński, el declive del imperio del Sha comenzó con los mensajes oficiales, las palabras del Sha con su uniforme y su sello nada reservado lo que provocaron el movimiento social de Irán.

Todo empezó el 8 de enero de 1978, con la publicación en el diario oficial, Etelat, que atacaba a Jomeini, escribe el autor, “destruir el mito de Jomeini significaba destruir la santidad, arruinar la esperanza de los oprimidos y humillados. Y esta había sido la intención del artículo”.

Fue a partir de esta publicación que la gente comenzó a movilizarse en las calles provocando la respuesta violenta de la policía. Esto significó la explosión de la ira contenida del pueblo.

El saldo después de 40 días de disturbios y manifestaciones es de centenares de muertos y de miles de heridos, pero sin importar la represión, las manifestaciones en contra del Sha continúan,  Kapuściński narra periodos de cuarenta días y las matanzas no cesan, se producen una y otra vez, hasta que el Sha decide mostrar su voluntad de restaurar la imagen de un pueblo feliz, pero no fue suficiente su “buena voluntad” ni el tiempo.

Kapuściński relata la noche de año nuevo de 1979, cuando decide salir a caminar  por las calles de Teherán, desde el hotel hasta la Embajada de Estados Unidos, que en otros tiempos era un lugar de bullicio y gritos, como en toda  zona comercial. Hoy la embajada está en ruinas, como el banco y el cine incendiados, y el hotel vacío junto a las oficinas de una aerolínea.

Describe la transmisión en la televisión del aniversario de la caída del Sha, las películas que se transmitieron dedicadas a la revolución, con los mismos escenarios y las mismas situaciones.

Recuerda las manifestaciones ocurridas en esas calles en el otoño e invierno de 1978 y compara al Sha con un director de teatro que quería crear una compañía de máximo nivel internacional, creó el escenario que quiso con el presupuesto que quiso.

“Le gustaba el público y quería gustar. No obstante, le faltó comprender que era el arte, la sabiduría y la imaginación lo que hacían a un director; pensó que bastaba con tener un título y mucho dinero. Tenía a su disposición un escenario enorme en el que podía desarrollarse la acción en muchos lugares al mismo tiempo. En este escenario había decidido montar la obra titulada La Gran Civilización”, cita el periodista.

“El Sha creó un sistema capaz de defenderse y totalmente incapaz de satisfacer las necesidades del pueblo. Esa fue su mayor debilidad y la auténtica causa de su fracaso”, con esa frase de Kapuściński creo que se resume la caída del Sha Mohammad Reza Pahleví.

El relato atestigua que la gran civilización del Sha  se encontraba en escombros. El intento por imponer cierto modelo de vida en una sociedad completamente ligada a costumbres y tradiciones, y a un sistema de valores muy distintos.

Después el autor visita las sedes de los órganos del nuevo poder, habitaciones pequeñas y sucias, donde hombres con barbas largas se sentaban tras de unas mesas. Comparó a estos hombres que apenas y sabían leer con los que antes ocupaban esos puestos de poder.

Esta era la vigésima séptima revolución que atestiguaba en el tercer mundo y en cada una había algo que no cambiaba: el desamparo y que le recordaba lo que pasó en Bolivia, Mozambique, Sudán y en Benín.

Describe la escena de cuando una mujer fue a una oficina de gobierno a solicitar un certificado y lo mucho que tardaron en atenderla. Habla respecto a que la gente tiene una increíble capacidad de espera y de permanecer inmóvil, y que esto seguirá en el mismo desamparo ligado al poder inexistente e ineficiente.

El ambiente es el mismo con o sin el Sha, las personas siguen viviendo en la miseria del campo y siguen huyendo a la ciudad. Cada que hay un golpe de Estado el país comienza de cero, donde quienes ganan tienen que aprender todo desde el principio.

El autor da cuenta de que en las discusiones que se desarrollaban en los comités, siempre tenían en común las ganas de venganza y que eso le gustaba de cierta forma a la gente, así que se publicaba en los periódicos con lujo de detalle lo que el condenado decía antes de morir, su comportamiento, las últimas palabras que escribió.

El significado de la sangre para el pueblo iraní es tal que, cuenta el autor sin saber explicar el porqué, “son capaces de degollar una gallina y embarrarle la sangre a un lujoso auto recién salido de la agencia”.

Hubo disputas en el seno de la revolución, no se podía imponer democracia por la fuerza, ya que había una mayoría que quería lo que exigía Jomeini, es decir, la república islámica, donde la línea dura conservadora iba poco a poco tomando ventaja sobre la línea ilustrada y abierta, lo que era un síntoma de pesimismo para el autor.

Mientras el Sha recorría el mundo, exiliado de Irán, con rostro cada vez más demacrado, esto no significaba que en la dictadura de Irán se había terminado, porque quienes participaron en su derrocamiento continuaron actuando con la manera de pensar.  La misma que los había destruido.

 

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