Día 73: El abuelo Cayetano mejor prefiere contagiarse

Por Rivelino Rueda Aunque soy un enfermo experimentado y, durante toda mi vida, he tenido que vivir con mis enfermedades más o menos graves y gravísimas y, en definitiva, siempre con las llamadas enfermedades incurables, una y otra vez he caído en el diletanismo en materia de enfermedad, y he cometido tonterías, imperdonables. Thomas Bernhard/El sobrino de Wittgenstein El lastimero andar de Don Cayetano se percibe como el abrir de una puerta remotamente oxidada, o como lámina de zinc sin atornillar en un violento ventarrón de finales de mayo. Ni…

Día 60: Una bocanada de aire fresco en medio de la tragedia

Por Rivelino Rueda Todo me pareció encantador en aquella tierra lluviosa: las franjas de bruma en el flanco de las colinas, los lagos consagrados a ninfas aun más fantásticas que las nuestras, la melancólica raza de ojos grises. Marguerite Yourcenar/Memorias de Adriano Son tres. Caminan a mitad de la calle. Carcajean. Hacen bromas. Están uniformados con una camisa amarilla, pantalón caqui y botas industriales color negro. El más bajo de estatura rompe la monotonía agria de la cotidianidad pandémica… –¡Pero todo va a estar mejor en unas semanas! ¿Verdad?—lanza con…

Día 59: A Fede, el fontanero de guantes rojos, sus nenas lo cuidan de la peste

Por Rivelino Rueda No soy un hombre débil. No he sido nunca ni un castrado ni una rata; he luchado siempre. No seré el más duro de los malnacidos que corren por ahí, pero siempre he dado la cara y contado entre los hombres. Norman Mailer/La canción del verdugo Parte de la indumentaria de Federico Zamora se debe a la angustia de sus dos pequeñas. No es que tenga la fiebre escarlatina ni que en sus tuétanos habite el hielo. No. Los guantes tejidos con estambre rojo, el suéter de…

Día 58: Pandemia supera los decesos de todas las tragedias del México contemporáneo

Por Rivelino Rueda Tengo el derecho a no llevar la cuenta y de olvidarlos.  ¡No! –repuso otra voz dentro de él–. «No tienes derecho de olvidar nada, ni de cerrar los ojos ante nada, ni de hacerlo más agradable, ni de cambiar nada.  Ni siquiera tienes el derecho de engañarte a ti mismo  acerca de ello». Ernest Hemingway/¿Por quién doblas las campanas? Alguien llegó gritando sobre lo horrorosa que era la escena, creo que fue Jerónimo, el amigo guerejo que vivía en la fábrica que tenía como giro la venta…

Día 57: Ticho, el cosmonauta que aplasta el virus con las manos

Por Rivelino Rueda ¡Ahí están! ¿De dónde vienen? Cuelgan del techo como racimos de uvas negras, y son ellas las que oscurecen las paredes; se deslizan entre las luces y mis ojos, y son sus sombras las que me hurtan tu rostro. Jean-Paul Sartre/Las moscas Ticho Uribe aplasta el aire con las palmas de sus gruesas manos. A veces tiene suerte y tritura moscas y palomillas de temporada. A veces sólo es un choque de extremidades a la nada. Doña Nora le dijo que así podía aplastar a varios bichos…