También a los anarcos los regaña su mamá

Por Fernando Villanueva Viayra

Foto: Edgar López

El sol se encontraba en su punto más alto. Los autos habían desaparecido de la escena. El palacio de Bellas Artes se convirtió en un fuerte resguardado por decenas de policías antimotines con escudos para “salvar” el mármol blanco del edificio y las esculturas de color negro, como el ónix. Las vallas azules adornaban las calles, que cambiaban el tono oscuro de las fachadas por uno más vivaz, y los lugares de entretenimiento estaban herméticos para evitar una confrontación con los jóvenes que marcharían ese 2 de octubre.

Una señora vestida con un saco y falda negra, blusa blanca sin ninguna mancha ni arruga, zapatos de un color tan negro al igual que su cabellera larga y lisa, que asemejaba el color azul de un cuervo; sus uñas, las cuales sólo tenían una pequeña línea perfecta de un tono blanco como su vestimenta, presionaban contra su rostro un celular negro de la marca surcoreana. La mujer repetía constantemente “¿Dónde chingados estás?”Parecía que con cada palabra que salía de su boca su enojo aumentaba hasta llegar al punto de quiebre y llorar de la desesperación.

A lo lejos se comenzaban a escuchar consignas de jóvenes, conocidos popularmente como “anarcos”. Por su parte, los policías se comenzaban a notar estresados. Los pies se movían de forma nerviosa. Volteaban a ver a sus compañeros esperando a que uno retrocediera para acompañarlo con la cabeza abajo. Revisaban sus cascos y escudos sin quitárselos. Algunos parecían estar esforzándose para no parpadear y lograr esquivar rocas o palos; sin embargo, la señora no se movía del lugar y parecía que su odio contra la persona con quien hablaba por teléfono le había conferido inmunidad al miedo.

Un joven con el cabello rapado, vestido con una playera negra con manchas blancas en las axilas y el logotipo de la banda Slayer, pantalones de mezclilla un poco rotos en las rodillas y un paliacate rojo asomándose discretamente en el bolsillo derecho.

“¿Qué haces aquí jefa? Aquí se pondrá feo, mejor váyase a la casa” La señora miró a su hijo directamente a los ojos. Sus labios se apretaban uno contra el otro y ocurrió…

Sin siquiera parpadear lo golpeó en su cara con tanta fuerza que los policías voltearon rápidamente temerosos de que uno de sus compañeros hubiera caído.

El joven se tapó la parte izquierda de su rostro y vio a su madre desde abajo. Ella se llenó de autoridad. Sacó el pecho, movió sus hombros hacia atrás, levantó aún más su rostro y con lágrimas en los ojos a punto de bajar sobre sus largas pestañas pronunció “Aún eres muy joven, no sabes que estás haciendo”.

El muchacho se reincorporó y obligó a la mujer a levantar la mirada para no perder el contacto visual. Ambos se quedaron inmóviles por unos minutos, a la espera de que uno de los dos lanzara la siguiente ofensiva primero. Aquello era un espectáculo para los policías, los cuales se habían tranquilizado al ver que aquellos “demonios” que se acercaban por Eje Central hasta sus posiciones en Bellas Artes no eran más que pequeños niños que se habían alejado de la supervisión de sus padres.

Los jóvenes aparecieron y aquellos gritos distantes se personificaron. Los policías comenzaron a unir sus escudos para evitar que Bellas Artes resultara dañada.

Las consignas contra el Estado se habían detenido y en su lugar las rocas comenzaban a caer, apagando el sonido de la pintura en spray que usaban para colocar el símbolo del anarquismo en postes, paredes, banquetas y en las mismas vallas de seguridad.

Aun con todo esto, aquellos dos personajes seguían inmóviles uno frente al otro sin intenciones de declinar. Un policía se acercó a la madre y al hijo pidiéndoles moverse del lugar por su seguridad.

Por fin la señora habló: “Quiero que te vayas directo a la casa en este instante, en la tarde hablamos sobre lo que haces por las tardes”. El joven aún no se movía, tampoco reaccionaba de ninguna manera con su rostro, por lo que la madre volvió a mencionarle lo mismo pero con un tono más agresivo y levantó la voz: “¿Me estás escuchando?”

“Si te escuché”, dijo el joven con determinación. “Pero no dejaré a mis compañeros. Pelearé por lo justo”.

“¿Cuál justicia? Ustedes sólo están destruyendo el Zócalo y haciendo relajo. No sabes un carajo de nada. Esto es sólo un juego para ustedes, pero puede ocurrir algo grave. Por favor hijo, vuelve a la casa”.

Esta vez la señora no logró contenerse y las lágrimas salieron. No dejaba de tratar de convencer al joven. Su tono cambió de agresivo a suplicante. La voz le temblaba así como sus manos y piernas. Estaba desesperada por sacar a su hijo de aquella situación. Su sentido maternal salió a vista de todos.

El joven no se inmutó. Le dio la espalda a su madre y antes de irse corriendo junto a los demás tomó el paliacate rojo del bolsillo, se lo puso lo más rápido que pudo, volteó a ver a la señora. Ya caracterizado y entrecerrando los ojos exclamó: “Ya te dije que te fueras, yo pelearé por mis ideales. Mi corazón lo tengo en la izquierda.”

La madre se secó los ojos mientras veía a su hijo correr y tomar una lata de pintura y caminó lentamente hacia el Monumento a la Revolución para lograr tomar un transporte público.

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