Títere o titiritero, ¿qué prefieres?

Por Astrid Perellón

 

Somos personajes inventados por uno mismo. Digan lo digan sobre la influencia del medio, los traumas de la infancia, las imposiciones de adultos y otras autoridades, elegimos a cada instante. Puede ser que la elección suene lógica (obedecer, someterme o recibir golpes o castigos) o puede ser más libre (ser católico como papá o ateo como mamá).

 

Incluso en los casos más extremos, algún niño-personaje podría elegir recibir los golpes con tal de no cuadrarse a lo que esperan de él. <<Yo creo que debe ser así, yo siento que debo hacer esto otro; me atrae probarlo a mi modo>> y eso le acarreará una tunda pero, en algunas historias de vida, no logran someter al héroe.

 

Como todo personaje, cojeamos de algún pie. Los hay que nunca les alcanza el dinero para nada, los hay que siempre se equivocan en el amor, los hay workaholics que nunca visitan a la familia en Navidad. Somos personajes pero la buena noticia es que la trama no está escrita. Hoy podría ser el día en el que el personaje comience a ahorrar, o que haga la llamada a la hermana con la que peleó, o deje de buscar novios y disfrute a los amigos. Todo instante puede ser la vuelta de tuerca, donde las cosas se ponen interesantes porque el personaje toma las riendas.

 

Nuestra existencia entera está en nuestras manos incluso si nuestro personaje es uno que piensa que todos deciden por él o que ya todo está señalado por un destino sobre el que no tiene control. Incluso en esa circunstancia, es una decisión del propio personaje actuar como si así fuera.

 

Es algo curioso observar el universo porque siempre reúne los elementos escénicos que subrayan la actitud que tome el personaje. Aquel que se crea sumido en la miseria recibe de detrás de bambalinas malas noticias, utilería pobre. Quienes están en busca de un cambio, por su lado reciben un cambio abrupto en el reparto. Los que actúan confiando que el final es feliz, reciben aventuras.

 

No hace falta ser actor para ser un personaje que actúa de forma deliberada y no en automático. Es como aquella fábula del aquí y el ahora donde el títere-calcetín cobró vida y miró a su alrededor, sintiendo dentro de él que algo lo movía a actuar. También sentía en su exterior, una voz que le dictaba qué hacer o decir. Primero renegó de esa guía, molesto. Declarando que no deseaba moverse, no obstante, el impulso dentro de él lo conducía a vivir. No se detenía el llamado hasta que el calcetín se rindió pero, al hacerlo, descubrió que no era un puppet que alguien más operara. El títere y el titiritero eran uno mismo, con los mismos intereses grandiosos de lograr una gran obra.

 

 

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