Tomás, el acróbata de los puentes en Circuito Interior

Por Rivelino Rueda

Foto: Eréndira Negrete

Desde el bajopuente de Manuel Carpio y Circuito Interior, en Santa María la Ribera, Tomás Pastrana parece un acróbata intrépido. Allá arriba, mordiendo el aire en su suerte de equilibrista por necesidad, zumban los automóviles a unos centímetros del cuerpo.

En fin. Dice que en esos resquicios de asfalto y concreto hay “grandes tesoros”. Que son pocos los que se atreven a explorar esos terrenos de humo tóxico y letal esquizofrenia.

En los carriles centrales de esa vía primaria de la Ciudad de México, Tomás ha encontrado relojes, cadenas de oro y plata, anillos de diamantes, carteras y monederos, ropa en buen estado, perros y gatos muertos o con vida, teléfonos celulares, tabletas electrónicas. En este oficio, el azar juega un papel vital.

Viste ligero. Está acostumbrado a las múltiples metadas de madre de conductores dementes (¡Qué-chingados-haces-aquí-pendejo! ¡Como-si-fueras-de-hule-imbécil! ¡Ojalá-te-atropellen-pendejo-de-mierda! ¡No-eres-coche-hijo-de-todas-las-putas!).

Todos los días inicia su caminata del Metro Chapultepec a la Glorieta de La Raza. Y de regreso. Son entre ocho y diez horas de recorrido. Hay días buenos y hay días malos. Como todo.

Tiene el aspecto de un pescador viejo. No carga con redes ni anzuelos, pero sí con un morral de tule, tejido a mano, que cruza el pecho en diagonal. Ahí guarda los hallazgos de cada jornada. También ahí deposita una botella de agua, dos bolsitas de cacahuates o pepitas y una bolsita de alpiste.

Avanza frágil por la estrecha acera que delimita el abismo, el desfiladero hacia la muerte. A veces Tomás Pastrana extiende los brazos, cierra los ojos y camina a ciegas por ese peldaño musgoso de treinta centímetros de ancho.

Abajo las avenidas, los semáforos, las geometrías acebradas pintarrajeadas en el asfalto, el exquisito y provocador vacío, las azoteas desvencijadas en el tiempo, las fauces del vértigo remoto, los remolinos de cieno milenario, el aliento caliente del humo viscoso de motores, formas amortajadas de individuos que esperan su transporte en paradas plomizas.

Nada aprecia más que el hallazgo, hace ya dos años, de un escapulario, un rosario y una imagen de la Virgen de San Juan de Los Lagos, en la cuneta del puente que cruza la Calzada México-Tacuba, a la altura de lo que fuera el Cine Cosmos.

Fue en los primeros días de esta labor de ir y venir sobre cuerdas flojas para llevarse algo al estómago. Lo poco que se pueda en este oficio de acróbata callejero.

***

Tomás sabía que terminaría en algo así. Tiene treintaiocho años. Quince de vivir en la Ciudad de México. De niño, en una ranchería llamada La Chilera, cerca de Irapuato, Guanajuato, trepaba los árboles como ningún otro. Le decían “El Mono” por su singular forma de escalar las cortezas de huizaches, mezquites y palos blancos.

Una vez dominados, desde la cima lanzaba alaridos de felicidad que llegaban nítidos a las chozas de madera podrida y clavos oxidados, donde habitaban todas las niñas y niños que lo observaban desde abajo, con las bocas abiertas, con los pelos enmarañados de barro y piojos, comiéndose los mocos para aliviar un poco el hambre.

A los quince buscó cruzar el Río Bravo por la zona de Matamoros. No tuvo éxito. El racismo encarnado en los agentes de migración de Estados Unidos no lo doblegaron. A los dieciocho buscó la ruta desértica, por San Luis Río Colorado, en Sonora. La pesadilla duró sólo dos días.

Luego vino el cosquilleo por la capital del país, a los veintitrés. Llegó una tarde lluviosa de agosto a la Central del Norte. Dos cambios de ropa, una frazada de lana, trescientos ochenta pesos, dos guayabas, la dirección de “una familiar” de su madre y un miedo punzante. 

Tomás Pastrana durmió las primeras semanas en parques, terrenos baldíos, cajeros automáticos y a las puertas de estaciones del Metro. La dirección de “la pariente” no existía. La situación se fue estabilizando cuando comenzó lavar coches por la zona de Buenavista. Luego limpió parabrisas y vendió dulces en el crucero de Insurgentes Norte y Calzada México-Tacuba.

Todo dio un giro radical cuando vio los ríos de automóviles estáticos, el estacionamiento permanente que se forma en Circuito Interior, a la altura de Reforma, de siete a diez de la mañana y de cinco a ocho de la noche. Todos los días. Ahí fue a parar con nueva mercancía: habas, pepitas, cacahuates, garbanzos, mazapanes y pistaches. Luego le metió cigarros y papas fritas.

Eso fue efímero. Como todo en la historia de Tomás.

En esos recorridos por las cuerdas de equilibrista pintadas de blanco en el asfalto. En esas caminatas sobre un río que yace en el fondo del valle. En esa peregrinación de rodillas sangrantes y manos ampolladas a las orillas del torrente de ondas sonoras petrificadas, los hallazgos se hicieron más frecuentes, cotidianos.

Las ráfagas de viento arrancan todo cuando se viaja en automóvil. Lo impensable. Lo más preciado. Los niños lanzan objetos inverosímiles por las ventanillas. Los lapsos de locura orillan a desprenderse de recuerdos de la forma más brutal, como arrojarlos del coche en marcha, lejos, lejos, que se alejen más y más. Que queden atrás.

Pero “un cáliz bañado en oro. ¿Eso no es normal?” Y a Tomás Pastrana le entró ese nuevo cosquilleo.

***

Luego le dan “ataques de gravedad cero” –así les dice él—y brinca unos centímetros hacia el flujo vehicular, hacia el vendaval de acero.

Disfruta el claxon atronador de la histeria. La estela invisible y cálida de la gasolina vaporizada. El picoso ardor en las fosas nasales del neumático derrapando.

También luego el muro de contención, el barandal de amarillo chocante, se convierte en palco o en gayola. Desde ahí Tomás observa resoplos de historia.

Edificios abandonados que son utilizados como picaderos. Morgues diminutas en azoteas relamidas de olvido. Animales sufriendo los torrentes de abandono. Parejas vaporizadas en cópulas de sudores anárquicos en los últimos pisos del Hotel Jacarandas, en la Calzada Ricardo Flores Magón.

Suicidas silenciosos, abstraídos en recuerdos rotos en los puentes peatonales que se yerguen lastimosos en esta vialidad. Feligreses católicos del templo de “El Laguito”, en la colonia Atlampa, condenándose a ordalías de fuego, semen y jugos vaginales en las cúpulas ocres del santuario…

Tomás Pastrana tiene la piel triturada por los rayos solares. Compensa la calvicie con una barba larga. Conoce la ubicación de los nidos de aves en las cunetas de los puentes. Ahí deposita alpiste todos los días.

Muerde el aire de veneno, de partícula suspendida y de bióxido de carbono. Vive de lo que nos arranca el aire, de lo que nos despoja la locura.

Tomás Pastrana dice entre risas que sí le hubiera gustado ser ave, “no mono”, como le decían de niño.

Y sí. También dice que el trabajo en un circo, de acróbata o de trapecista, era otra de las opciones.

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