¿Tu felicidad es la de tu hijo?

 

Por Astrid Perellón

 

A pesar de los sistemas todavía algo inflexibles para la época que vivimos, tu hijo se vuelve más inteligente, creativo e intuitivo. Si lo tratas con tu inteligencia produces una lucha de poderes; si usas la creatividad, resuelves situaciones una por una; en cambio, si usas tu intuición, inspiras la suya de por vida.

 

¿Cómo sabes si estás usando la intuición en su crianza, por encima de la inteligencia o la creatividad? Juguemos a calcular qué grado de intuición inspiras en tu hijo. Señala del 0 al 10; donde 10 es Naturalmente Intuitivo y 0 es Distraído de su Intuición.

 

1)    ¿Con qué frecuencia tu hijo conecta alegremente con adultos y niños extraños sin tu intervención (o incluso sin tu presencia)?

2)    ¿Puedes distinguir entre su dolor y su sufrimiento, y este último no lo prolongas ni engrandeces?

3)    Cuando tu hijo respeta a alguien o algo no es por la imposición o autoridad de la figura frente a él sino porque percibe congruencia o siente admiración.

4)    Demuestra aprecio sólo cuando percibe que las palabras de sus mayores corresponden a su emoción, en cambio, se reúsa a demostrar afecto ante la incongruencia o las palabras rutinarias.

5)    NO empatiza fácilmente pues observa que no es útil permitir que el exterior altere su estado de ánimo.

 

Escucho ya tu queja: <<¡Entonces! ¿Qué hago?>> Podrías tomar mi curso Entrenamiento para la Crianza Intuitiva pero mientras te animas, puedo adelantarte que tienes que re-conectar con tu intuición para inspirar la suya. Algunas estrategias pueden ser meditar, en lugar de cualquier otra actividad que haces de mala gana porque estás cansado. O puedes dedicarte una hora al día a hacer algo que amas, en lugar de lamentar que no tienes tiempo de calidad con tus hijos. ¿Suena raro? Es más raro que intentes producir adultos de bien a través de tus consejos hacia tus hijos, en lugar de mostrarles que se puede ser un adulto feliz.

 

Considéralo a través de aquella fábula del aquí y del ahora donde un padre quería que sus hijos fueran felices para lo cual hizo muchos sacrificios a costa de su propia felicidad. <<Su felicidad es la mía>>, justificaba. Finalmente los niños crecieron, tuvieron hijos y sacrificaron su propia felicidad para que los nuevos niños fueran felices. <<Su felicidad es la nuestra>>, repetían. Aquellos niños crecieron, teniendo a sus hijos, sacrificando su propia felicidad para que ellos fueran felices… Etcétera. Ojalá alguien se hubiera detenido a ser feliz, para empezar.

 

 

 

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