Un amor tóxico

 

Por María del Rosario Basurto Moreno

 

Foto: Eréndira Negrete

 

No sé si sea destino o coincidencia, pero es un amor que no olvidaré.

 

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Recuerdo la primera vez que nos hablamos. Iba llegando al gimnasio, lo vi y lo saludé. Siempre me gusta saludar a gente nueva. Él igual me respondió muy amable. Después de terminar de entrenar, se acercó y me hizo la plática. Nos llevamos tan bien que sin pena le conté cómo era, mis defectos, mi carácter y que soy una mujer muy comelona.

 

Él me escuchó tan atento que hizo que en mi mente siga su sonrisa, sus ojos grandes de color café oscuro brillando y unas pestañotas que toda mujer envidiaría. Estaba rapado (pelón), traía una chamarra azul marino. Aún la recuerdo, la marca era: Pull&Bear, y un pants gris.

 

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Cada vez que nos encontrábamos en el gimnasio me regalaba unos chicles. Yo pensaba ¿acaso tengo mal aliento? Pero cuando le pregunté, respondió que sólo me los regalaba por amabilidad. Cómo olvidar cuando se ponía su toalla para el sudor en la cabeza. Me daba tanta risa, porque parecía pirata.

 

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Tres veces que me invitó a tomar un café, las tres veces las rechace, porque no me sentía segura de salir con él. Pero un día le mandé un mensaje para salir a tomar un café y él respondió que sí, pensé que me iba a decir que no. Desde esa noche seguimos hablando y saliendo. Nos llevamos tan bien que pensé que seríamos buenos amigos.

 

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Recuerdo cuando me pidió ser su novia. Ese día estaba comiendo una rica hamburguesa hawaiana en su carro rojo, donde me gustaba poner música y cantar, feo pero con sentimiento.

 

Respondí (de lo que recuerdo) que no me sentía segura para una relación, que me caía bien como amigo. Tan seguro, a pesar de mi respuesta, llegamos a una conclusión: seguir tratándonos y ver qué pasaba.

 

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Pasó el tiempo, al final fuimos novios. Nos llevábamos tan bien que era una relación “perfecta”. Teníamos confianza, nos reíamos, hablábamos de todo, no teníamos cosas en común, pero creo que eso era lo perfecto porque al final cada uno aprendía algo nuevo.

 

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Hoy eso acabó. Mi desconfianza y mi inseguridad hizo que se fuera acabando el amor que él me tuvo alguna vez. Bien, dicen que a las personas nunca las terminamos de conocer.

 

Diré que dos años van desde que nos conocimos. Tuvimos tantos problemas que al final sabíamos “superar”, pero esta vez no hubo solución. Esta vez él estaba cansado de mí. Una persona que se perdió hace mucho tiempo y no sabía como salir de su laberinto. Sin él, no podía.

 

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Tantas veces regresamos que perdí la cuenta. Esta vez fui fuerte, como él, y digo que como él, porque no detenía sus cosas. En cambio yo me bloqueaba y lloraba por días.

 

Lo enfoqué como mí todo. Qué mal hice, pero creo que al final es un aprendizaje para que a futuro no vuelva a caer. De cada relación se aprende algo nuevo, yo aprendí a ser fuerte y saber que la vida sigue con él o sin él. Es difícil dejarlo ir pero podré y podré con lo que venga, ya que dejar ir a alguien que amas más que tu dignidad es poder con todo.

 

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Agradezco las palabras que algún día me dijo y que me lastimaron el alma, pero sé que no me volverán a doler si algún día me las vuelven a decir. He aprendido a ser fuerte con mi corazón roto.

 

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Complicada a su lado fui, pero al final no supo comprenderme. No pedía siempre la razón, pero quería que entendiera que llorar por él ha sido lo más doloroso que me ha pasado, por ahora.

 

En mi laberinto sigo, donde sólo quería su luz en mi oscuridad. No para que me guiara, pero sí para que me acompañará cuando sola me sintiera.

 

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